Actualizado: 26/11/2022 10:59
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El barroco carcelario

Lezama Lima y la revolución, 40 años después de 'Paradiso'.

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Años después, en su Mala memoria, Padilla realiza una conmovedora evocación de Lezama, reconciliándose para siempre con su obra y con su actitud ética incluso. Pero acaso la crítica ha pasado por alto que al menos tres poemas, fechados en mayo de 1971, y recogidos póstumamente en Fragmentos a su imán, aluden a o son consecuencia del trágico acto de autoinculpación del autor de Fuera del juego, orquestado para su eterno oprobio (de esta) por la Seguridad del Estado, en la UNEAC.

Ya se conoce que Padilla aludió en su retractación del 27 de abril de 1971 a las posiciones para nada revolucionarias del Maestro, con lo que concluía, acaso a su pesar, y con absoluto éxito, por cierto, con aquella campaña iniciada en 1959, pues a partir de ese momento, 1971, y hasta su muerte, 1976, Lezama vivió confinado en su casa y sin publicar una línea más en su propia patria. Esos poemas son, para el curioso lector, los siguientes: "Sorprendido", "No pregunta" y "Oigo hablar".

Como una derivación de todo ello, y anticipando ya el efecto de los rigores a que fue sometido hasta su muerte en 1976: muerte civil, no viajes, no publicación, no comparecencias públicas, Lezama escribe también "El cuello", fechado en junio de 1971, donde de alguna manera nombra la poética de buena parte del libro: el barroco carcelario. Este texto y los conocidos "Esperar la ausencia", "¿Y mi cuerpo?", "La caja", "Poner el dedo", son los poemas más desoladores que escribió Lezama. Son el testimonio eterno del poeta devastado por la Historia, su historia, la de la revolución cubana.

Recuperando al Maestro

Uno de los escritores más grandes que dio, ya no Cuba, sino el siglo XX, murió en su patria como una suerte de loco excéntrico, temor que él mismo había anticipado en un texto publicado en Orígenes, en 1956, "Oppiano Licario", y que luego formó parte del último capítulo de Paradiso. La historia posterior a su muerte es conocida. Se publican Fragmentos a su imán y Oppiano Licario en 1977, y comienza la recuperación de su figura, y con ella la manipulación ideológica del Maestro.

No quiero decir con esto que no considere legítima la recuperación de su obra por parte, por cierto, de las promociones más jóvenes de ensayistas y poetas cubanos, los que, de hecho, al hacerlo, se oponían a todo el período oscuro anterior. Su obra, ya hacia fines de la década de los ochenta y sobre todo en los noventa, había sido profusamente elogiada y estudiada en todo el mundo.

Ante esa incontrovertible realidad, la política cultural de la revolución ha tratado de blanquear el oneroso trato a que fue sometido uno de los cubanos más universales del siglo XX. Para ello, ha recurrido incluso al propio Lezama, quien a principios de la revolución escribió varios textos que no dejan lugar a dudas sobre el entusiasmo con que saludó la nueva época, a saber: "A partir de la poesía" (enero, 1960), de La cantidad hechizada, y los recogidos en Imagen y posibilidad (1981): "El 26 de Julio: imagen y posibilidad" (1968) y "Ernesto Che Guevara, comandante nuestro" (1968).

Paralelo a ello, Cintio Vitier, a partir del texto de Lezama publicado en Orígenes, "Secularidad de José Martí" (1953), y de algunos editoriales de la revista, donde Lezama enuncia su tesis de la profecía y de la futura encarnación de la poesía en la historia, amén de su tesis de la pobreza irradiante, ha forzado el carácter cosmovisivo y trascendente de las tesis lezamianas y ha concluido con su conocida interpretación teleológica de Orígenes, donde ve a la revolución como la Historia donde ha encarnado la Poesía, es decir, Orígenes.

El propio Vitier ha contribuido a atenuar la imagen devastadora de los últimos años lezamianos, arguyendo que poco tiempo antes de su muerte las autoridades más altas del país estaban decididas a "descongelar" a Lezama, como si ese mismo acto no resultara ya oprobioso, por su mera posibilidad de existir, como poder demiúrgico que rige las vidas de sus víctimas.