Actualizado: 26/11/2022 10:59
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El barroco carcelario

Lezama Lima y la revolución, 40 años después de 'Paradiso'.

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Vitier, incluso, ha afirmado que no fue Lezama quien se apartó de la revolución, sino al revés. Sólo quiero recordar que su parigual, Virgilio Piñera, murió en similares circunstancias que Lezama, ¡en 1979!, sin que ninguna autoridad lo rehabilitara.

Por cierto, valdría la pena contrastar con aquellos textos de innegable entusiasmo, pasajes como el siguiente, de una carta a Carlos M. Luis, fechada en 1963: "Nuestro ambiente intelectual está más pobre que nunca. Se ha puesto de moda el Virtuosismo, libritos, cositas, yo confesional, intento de himnos babosos, todo acompañado de trompetas propagandísticas. La gentuza piensa en publicar, no en hacer; cuando lo hacen, no crean. Si crean es un homúnculo de algodón". O este otro, al mismo destinatario, en 1964: "¿A qué divinidad tenemos que hacer tantos sacrificios de tristeza y desolación? ¿Por qué desembocamos en este terrible callejón sin salida, sin vislumbres, rodeados de muerte?".

La mayor aporía creada por Lezama

Quizás sea conveniente recordar aquel famoso pasaje de "A partir de la poesía" donde Lezama enuncia su tesis de la pobreza irradiante, sin duda la mayor aporía creada por Lezama, aporía incluso a la luz de su posterior y trágica historia personal en la revolución. Escribe allí Lezama:

"La última era imaginaria, a la cual voy a aludir en esta ocasión, es la posibilidad infinita, que entre nosotros la acompaña José Martí. Entre las mejores cosas de la Revolución cubana, reaccionando contra la era de la locura que fue la etapa de la disipación, de la falsa riqueza, está el haber traído de nuevo el espíritu de la pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu. El siglo XIX, el nuestro, fue creador desde su pobreza. Desde los espejuelos modestos de Varela, hasta la levita de las oraciones solemnes de Martí, todos nuestros hombres esenciales fueron hombres pobres. Claro que hubo hombres ricos en el siglo XIX, que participaron del proceso ascencional de la nación. Pero comenzaron por quemar su riqueza, por morirse en el destierro, por dar en toda la extensión de sus campiñas un campanazo que volvía a la pobreza más esencial, a perderse en el bosque, a lo errante, a la lejanía, a comenzar de nuevo en una forma primigenia y desnuda. Sentirse más pobre es penetrar en lo desconocido, donde la certeza consejera se extinguió, donde el hallazgo de una luz o de una vacilante intuición se paga con la muerte y la desolación primera. Ser más pobre es estar más rodeado por el milagro, es precisar el animismo de cada forma; es la espera, hasta que se hace creadora, de la distancia entre las cosas".

Más adelante, expresa:

"La Revolución cubana significa que todos los conjuros negativos han sido decapitados (…) Mostramos la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo sobre la tierra (…) Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros".

Pero colegir de este hermoso texto (que no podemos siquiera intentar dilucidar aquí y ahora en sus vastas y complejas implicaciones cosmovisivas), fechado en 1960, y en donde se explaya su legítima utopía de la revolución, que el propio Lezama, luego de su inicial y comprensible júbilo, o incluso, como se aprecia en sus cartas, de su alegría por la aparición de Paradiso, y por su posterior repercusión internacional, o su alegría por las publicaciones y reconocimientos de 1970, continuara siempre al lado de la revolución, es tener de la historia, de su historia, una idea cuando menos ingenua o infantil.

Una intelección detenida de Fragmentos a su imán, a la luz de la evolución de la propia poética lezamiana, ya iniciada en Dador, arrojaría una luz oscura sobre sus últimos años, lo que trataré de esclarecer en un ensayo.

En los poemas referidos, ya no hay alba, sino infierno:

"Dentro de la botella, / un tercio de año en la humedad de la cueva, / un esqueleto, un molino, las bodas: / el barroco carcelario".


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