Actualizado: 01/07/2020 19:56
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Testimonio

Memorias de un disidente de izquierda

Condenado por ser marxista, Ariel Hidalgo recorrió un largo camino hasta la oposición.

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A principio de los años sesenta, decenas de jóvenes nos habíamos reunido en mi apartamento de Marianao para constituir un sindicato de rockeros. Pero fue la primera y última reunión, pues nos percatarnos de que estábamos pisando terreno minado. Se anatematizaba a los llamados "elvispreslianos" en discursos públicos; y en caricaturas se representaba al rockero con guitarra en mano. "¡A trabajar, vago!", se gritaba mientras se le alcanzaba un azadón. El único sindicato permitido, la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), estaba ya bajo control del liderato revolucionario en el poder.

Pocos meses después, cuando una junta de militares me entrevistó al promulgarse la Ley del Servicio Militar Obligatorio, me declaré en discrepancia con aquella obligatoriedad y me proclamé un decidido oponente del militarismo. Tal actitud valdría para que dos años después, siendo ya una especie de "Pedro Pan" a la inversa —toda mi familia había salido de Cuba y sólo yo permanecía en la Isla—, fuera enviado a lo que se conoció como las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), campamentos de trabajo militarizado en las plantaciones cañeras.

Meses después era un fugitivo. Capturado nuevamente, fui sentenciado a cinco años de cárcel y sufrí prisión hasta que un decreto de indulto a favor de todos los reclutas condenados me devolvió al hogar, después de dos años de ausencia. Supuestamente, las UMAP habían sido un error gubernamental. Cuando años después saqué mis antecedentes penales, no aparecería nada sobre aquella etapa de mi vida. Aquellos dos años habían sido borrados totalmente. Nunca habían transcurrido.

Me había tocado en suerte, durante el período carcelario, ser destinado a prisiones políticas. Y fue allí, paradójicamente, en mis relaciones con otros prisioneros de elevado nivel cultural, que entré en contacto con la literatura marxista, y del adolescente que había entrado siendo —sin saberlo— un socialista democrático intuitivo, salió un convencido militante de izquierda con cierta base teórica.

Polea de transmisión

Según la interpretación oficial, los medios de producción confiscados por el Estado en los años sesenta a los antiguos propietarios privados —tierras, fábricas, comercios, bancos, etcétera— pertenecían a todos los trabajadores. Pero cuando en 1970 comencé como profesor en escuelas de educación para adultos, supe que, en casi todos los casos, mis alumnos, pertenecientes a la diversidad de organismos y empresas del país, enfrentaban conflictos y desacuerdos con las administraciones, nombradas desde arriba por designaciones ministeriales.

Los propios maestros no constituíamos la excepción, agobiados por un excesivo trabajo burocrático impuesto por las altas instancias. Era paradójico aceptar la idea de que en medio de una generalizada situación de estrechez económica, se gozaba de la condición de dueños de empresas en la que se sufría imposiciones indeseadas por parte de administraciones no elegidas por los supuestos propietarios.

Cuando fui elegido representante sindical de los maestros en un municipio habanero, y traté de cumplir con el compromiso de defender los intereses de mis electores ante mis superiores de la CTC, encontré que los sindicatos se habían convertido en meros enlaces entre el Partido Comunista y la masa trabajadora, sólo para implementar sus actividades políticas. O como se decía entonces: una "polea de transmisión del destacamento de vanguardia".


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