Actualizado: 08/05/2021 4:49
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Cine-Fotografía

«Debido a la política, me quedé sin amigos»

El fotógrafo Germán Puig, fundador de la Cinemateca de Cuba, habla de su obra y de su labor como gestor cultural en La Habana de los cincuenta.

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Sin embargo, nunca he visto a nadie manejar la cámara en mano con la destreza de Orlando Jiménez Leal. Era capaz de subir una escalera, de correr, y hacer parecer que la cámara tenía alas. Y su mayor proeza consistía en seguir la música con movimientos de cámara.

¿Cómo ha sido reflejada su gestión fundadora de la primera Cinemateca de Cuba en la historia del cine cubano?

No hubo una primera Cinemateca, ni una segunda, como se pretende ahora. Ha habido una, la que yo bauticé. Porque si tienes un hijo y le das nombre y apellidos, tuyo es el hijo. Se llamó Cinemateca porque fue el fruto de la gestión hecha por Henri Langlois en el Congreso de la Federación de Archivos Fílmicos en Cambrigde (1951), donde participé como observador, con la idea de transformar el Cine Club en Cinemateca.

Formaban entonces parte del Cine Club: Néstor Almendros, Rine Leal, Guillermo Cabrera Infante y Tomás Gutiérrez Alea, entre otros más. La historia del cine cubano, según quien la escriba, dice cosas distintas. En estos momentos, no estoy dispuesto a reivindicar nada, pero considero muy importante lo que se hizo al fundar la Cinemateca. Se sentaron las bases para que se continuara esa obra. No se contó conmigo después. Se hubiera conseguido el doble, pues en ese momento yo tenía todo el apoyo del gobierno francés para la fundación de un Centro Audiovisual en Cuba, como lo hice saber en un memorándum cursado a Cuba a través de la UNESCO, del cual nunca tuve respuesta.

De nuevo, la política se interpuso en mi gestión cultural pero, de alguna manera, le abrí el camino a los que siguieron. Eso es indiscutible. Admiro que se haya podido continuar trabajando a favor del cine y hacer un archivo fílmico importante como el que deben tener en Cuba.

¿En qué circunstancias abandona Cuba?

Salí de Cuba en 1957, después de la fragmentación de la Cinemateca, debido a las actitudes políticas de algunos de mis amigos, miembros de ella. Mi gestión ha sido siempre solo cultural. Entonces, debido a la política, me quedé sin amigos y sin Cinemateca. Me sentí solo cultural y humanamente. No estoy dispuesto a que la política consiga eso de nuevo.

Mi vida estaba estancada: era un padre de familia con una mujer, yendo a trabajar a una agencia de publicidad, Siboney, donde era creativo, pero no era lo que quería ni lo que podía dar, porque siempre he vivido una dimensión artística y cultural de la vida. No he podido vivir ninguna relación de forma sencilla. Todas las relaciones mías tienen algo de creativo.

Quise entonces volver a París a trabajar con Henri Langlois en la Cinemateca Francesa. Le escribí y me dijo que fuera para allá: "Sé que usted es poeta, que necesita aire, y el poco que queda en Francia sigue siendo aire", me escribió.

Me fui a París, y luego arrastré a mi mujer y a mi hijo pequeñito, pero en ese momento no se me pagó lo acordado. Me habían dicho que me pagarían 45.000 francos, y me dieron 25.000 de la época, cantidad con la que no podíamos vivir. Pude sobrevivir gracias a una beca que me dio el gobierno francés para estudiar en el Centro Audiovisual de Saint Cloud.

En un viaje de Néstor Almendros a París, cuando él ya estudiaba en el Centro Sperimentale, me presenta a Manuel Puig, el autor de Boquitas pintadas, con el que se inicia una amistad entrañable, pues es una figura clave en mi vida, uno de los más grandes amigos que he tenido.

De aquel cortometraje en el que se aventuraba a tratar el tema de la sexualidad, aunque inacabado y nunca exhibido, se puede decir que en La Habana de los cincuenta se vivía una sexualidad sin tapujos. ¿O era el reflejo de una sexualidad marginada?

En El visitante se encuentra una semilla de transgresión y de libertad que quiero conservar y que conserven todos los cubanos y todos los seres humanos siempre.

La sexualidad estaba presente en todos los actos nuestros como cubanos. Esa hipersexualidad de que se habla ahora, no es más que la que ha existido toda la vida. Gozábamos la comida, la música, la compañía, los roces, éramos unos perfectos gozadores, éramos tropicales y sensuales. Creo que todos los cubanos éramos perversos polimorfos.

Teníamos la doble moral impuesta por el catolicismo, aunque no se sentía mucho el peso religioso. Algunas cubanas de la época se cansaban de tener relaciones y cuando llegaba el momento de casarse, iban a un ginecólogo a que les cosiera el himen. O se iban con el marido a la cama teniendo una menstruación para hacerles creer que eran vírgenes. Porque el cubano quería una virgen por encima de todo. La bisexualidad cubana era una moneda corriente.

Se podía ser marginal. Siempre que no te metieras en política, el margen de libertad individual era grande. Hacías lo que te daba la gana. Los cincuenta fueron los años de los gozadores.

Dijo que aquellos fantasmas le incitaron luego a dedicarse a la fotografía y especialmente al desnudo masculino. ¿Cuál ha sido su interés en retratar el cuerpo humano?

Cuando empecé en los años sesenta a hacer desnudo masculino ya tenía el concepto de lo que estaba haciendo. Me planteé hacer fotografías del desnudo masculino, no sólo porque me podía interesar la belleza, que ha sido el motor de mi vida, sino porque me puse a pensar qué era lo que no se había hecho en la historia de la fotografía.

En la historia de la fotografía se había tratado el desnudo femenino, el retrato, el paisaje, la fotografía de moda, pero el desnudo masculino no se había explorado en profundidad, por aquello de que era tabú. Pensé que si lo trataba rompería un tabú. Sería un pionero.

Y así fue. Decidí demostrar que yo era un artista y no un pornógrafo. En España fui un perseguido. Se me puso en caza y captura durante el franquismo, por unos desnudos inocentes, masculinos y femeninos, que había hecho en mi casa de Madrid.

Sí. Sabía que estaba haciendo algo que resultaba revulsivo, pero quería ser revulsivo a través de la belleza. Siempre he querido ser un revulsivo estético. A mí, por ejemplo, siempre me han parecido de mal gusto algunas fotos de Robert Mapplethorpe sobre el fist-fucking y otras cosas.

Cuando yo he fotografiado un pene, he fotografiado un lingam, una imagen adorada en muchas culturas como el origen de la vida. Me he ido a otras dimensiones. Mi interés es hacer hincapié en la belleza, jerarquizarla, no asociar el desnudo a vicio o corrupción.

Para mí, la sexualidad es algo bello y debe ser tratada como tal, nunca como un juego pseudoestético. Los primeros desnudos trataban al hombre como héroe, no como objeto. Ahí están las esculturas de los dioses antiguos, de Poseidón y Apolo, amados como símbolos. Si te fijas en las posturas de los modelos de mis fotos, hay algunas que recuerdan a aquellas esculturas griegas y también, por qué no, a Miguel Ángel.

Nunca he sido ambicioso ni trabajador. He dejado que otros los sean. Me he contentado con seguir vivo, con seguir aquí por mucho tiempo, amando, dando y creando siempre. Gracias a Robert Alan Hall parece ser que lo estoy consiguiendo.

Correspondencia entre Henri Langlois y Germán Puig
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