Actualizado: 23/04/2019 9:57
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Literatura, Literatura cubana, Literatura infantil

Leer, ver, oír

Para Antonio Orlando Rodríguez, una experiencia cultural que cambió su vida fue descubrir la sala infantil de la Biblioteca Nacional, en La Habana. Un maravilloso lugar, que se convirtió en algo así como su segundo hogar

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En 2015 se cumplirán cuatro décadas de que Antonio Orlando Rodríguez se dio a conocer al ganar el Premio 26 de Julio en la categoría de literatura para niños. Dos años después llegó a las librerías la obra premiada, Abuelita Milagro, que fue el inicio de una sobresaliente trayectoria en ese campo. Su producción impresiona no solo por su número, sino además por su sostenido nivel de calidad. De esa extensa bibliografía, merecen destacarse libros como Cuentos de cuando La Habana era chiquita (1984), Los caminantes-camina-caminos (1992), El Sueño (1994), Disfruta tu libertad y otras corazonadas (1999), El rock de la momia y otros versos diversos (2005), Cuento del sinsonte distraído (2010) y Rustam el valiente y otras historias (2012).

Por otro lado, en 1985 Antonio Orlando Rodríguez se estrenó como autor para adultos con el volumen de cuentos Strip-tease, al cual se han sumado después Querido Drácula (1989), Aprendices de brujo (2002) y Chiquita (2012). Con esta última novela obtuvo el Premio Alfaguara y el Florida Book Award. Asimismo ha publicado varios estudios sobre literatura infantil y compilado varias antologías. Algunos de esos títulos los ha coescrito con Sergio Andricaín, con quien dirige el portal y la fundación Cuatrogatos.

Esta semana ha aceptado someterse de buen grado a mi asedio periodístico, y a través del correo electrónico me ha hecho llegar sus respuestas al siguiente cuestionario.

¿Qué libro(s) estás leyendo o tienes en la mesita de noche para empezar a leer?

Antonio Orlando Rodríguez (AOR): Por la noche estoy leyendo la interminable biografía Salinger escrita por David Shields y Shane Salerno. Es uno de los géneros que más disfruto: las biografías minuciosas, escritas a partir de muchas entrevistas y de un exhaustivo rastreo en las bibliotecas. Entretanto, en la mesita de noche espera una torre de Pisa en la que hay de todo un poco: desde Mi vida querida, de Alice Munro, y Colegiala, de Osamu Dazai, hasta dos o tres guías turísticas sobre el País Vasco. Algunos de esos libros llevan meses ahí, esperando su turno.

¿Recuerdas el primer libro que leíste?

AOR: Entre los primeros libros que leí estuvo Había una vez, de Herminio Almendros y Ruth Robés (como la coautora se fue de Cuba, borraron su nombre de las ediciones posteriores; espero que en algún momento se le haga justicia y lo repongan). También Aventuras de Guille, de Dora Alonso (lo leí primero, por entregas, cuando apareció en el suplemento infantil del periódico Revolución, y luego cuando lo publicó, en forma de libro, la Editora Juvenil); Nobi, de Ludwig Renn (una de mis obras preferidas, un tesoro que hace un par de años logré recuperar); una selección de Cuentos de Grimm y, aunque te cueste creerlo (a mí me sucede lo mismo), Herr Puntila y su criado Matti, de Brecht. De este último, no debo haber entendido mucho a los seis o siete años de edad…

¿De qué libro guardas un mejor recuerdo?

AOR: Guardo un muy grato recuerdo del ciclo de novelas Los Thibault, del premio Nobel francés Roger Martin du Gard. Más que leerlas, las devoré. Cayeron en mis manos en el momento indicado: cuando tenía mucho tiempo para leer y muchas ganas de sumergirme en la gran literatura universal.

¿Qué libro se supone que te debería haber gustado y no te gustó?

AOR: Son unos cuantos. Algunos muy reverenciados y de autores celebérrimos. Pero no hubo compatibilidad entre nosotros.

¿Prefieres leer obras nuevas o releer?

AOR: Me encantaría poder releer y siempre me propongo hacerlo con más frecuencia, pero lo cierto es que me asusta que no me alcance el tiempo para lo que aún no he leído. Trato de darle prioridad a libros “viejos” que me debo, sobre todo de autores que me han cautivado anteriormente con otras creaciones suyas.

¿En qué libro te quedarías a vivir?

AOR: No sé, en cualquiera menos en los de Lewis Carroll. Como lectura, son deliciosos, pero no me imagino viviendo nuevamente en un universo absurdo, autoritario y represivo. Me imagino que sería en alguno que transcurra en un mundo apacible y seguro. El valle de La familia Mumín no estaría mal, por ejemplo.

¿A qué autor invitarías a cenar y a cuál le darías el Premio Nobel?

AOR: Invitaría a los mismos autores a los que invito a cenar a menudo. Son mis amigos desde hace largos años y así no corro el riesgo de sentarme a la mesa con alguien que tal vez escribe buenos libros, pero que resulta ser un ególatra inaguantable. En cuanto al Nobel, se lo hubiera dado a algunos autores a quienes admiro y respeto, que en su momento no lo recibieron, como Marguerite Yourcenar, por ejemplo.

¿De todos los lugares de la casa, ¿cuál prefieres para leer? ¿Lees fuera de la casa, por ejemplo, en los viajes, en un café?

AOR: Me encanta leer en la cama. Leo fuera de la casa cuando tengo una larga espera por delante.

¿Qué libro regalarías a un niño para iniciarlo en la lectura?

AOR: Lo pondría delante de muchos libros de calidad y lo dejaría guiarse por su instinto.

¿Qué obra literaria te gustaría ver llevada al cine?

AOR: Los Thibault. Y que fuera en varias partes, como esas adaptaciones fieles que hacían los rusos.

¿Cuál película basada en un libro es tu favorita?

AOR: Me viene a la mente la extraordinaria adaptación de Corazón de perro, de Bulgákov, que hizo Vladimir Bortko en 1988 y que vine a descubrir hace dos o tres años. Nunca imaginé que ese relato pudiera filmarse de una manera tan creativa e inteligente.

¿Qué película famosa dejaste a la mitad?

AOR: Que yo recuerde, ninguna. Al menos ninguna con una fama merecida.

¿Cuál fue la primera película que recuerdas haber visto?

AOR: En el cine del central Francisco: La bella durmiente, de Disney (en mi recuerdo, mi primera película de terror). Y después, al llegar a La Habana, mi papá me llevó a ver La fortaleza escondida, de Kurosawa.

¿Cuál es la que más veces has visto?

AOR: No sé si fue El hombre que mató a Billy el Niño o Apanatschi. Esos dos western spaguetti, malísimos, los vi un montón de veces en los cine de La Habana cuando era niño, supongo que a causa de lo guapos que encontraba a los cowboys protagonistas. De adulto, una de las que más veces he visto es La Strada, de Fellini.

¿Qué obra de teatro te dejó clavado en la butaca?

AOR: La primera obra para adultos que vi: La tragedia optimista, interpretada por Miriam Acevedo. Fue una experiencia impactante, que nunca he olvidado a pesar de que en ese entonces era un niño. Antes había visto obras del Teatro Nacional de Guiñol y me encantaban, pero ver aquella escenografía en el escenario del teatro Mella, aquella mujer imponente, moviéndose entre tantos marineros, fue algo hipnótico.

¿De qué pintor desearías tener una obra en tu casa?

AOR: Si de soñar se trata, me encantaría tener un Vermeer, pero ¿te imaginas lo que habría que pagar de seguros y de seguridad? Mejor déjame con los cuadros que tengo, que me gustan mucho.

¿Con qué personaje de ficción te sientes identificado? ¿Por qué?

AOR: Nunca había pensado en eso. Uno podría ser Joseph K. Supongo que por el paradójico, incomprensible y kafkiano país que nos tocó en suerte a los cubanos.

Cuéntame una experiencia cultural o literaria que cambió tu vida.

AOR: La más importante: descubrir la sala infantil de la Biblioteca Nacional, en La Habana. Ese maravilloso lugar, lleno de libros que podía llevarme a la casa, se convirtió en algo así como mi segundo hogar. Me entristeció mucho enterarme de que habían cerrado esa sala. Bueno, en ninguna parte las bibliotecas nacionales quieren tener un área infantil en su edificio, pero cada vez que lo pienso me da tristeza y nostalgia.