Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Cuba, Literatura, Literatura cubana

Prefiero sentirme como el eterno autodidacta que soy

En esta segunda parte de la entrevista, Reynaldo González habla, entre otros temas, de su concepción del ensayo como género híbrido, de su tardía incursión en la creación poética, de su amistad con José Lezama Lima y Manuel Moreno Fraginals y de sus hábitos como escritor

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Con Siempre la muerte, su paso breve, debutaste brillantemente como novelista. Sin embargo, pasaron más de tres décadas para que viera la luz tu segunda novela, Al cielo sometidos. ¿A qué se debió una demora tan prolongada?

Digamos que me sentía como gato escaldado. Por eso demoré, y por no escribir el libro de todos. En el texto di un salto hasta el siglo xv, no pudo ser más lejos. Tenía pánico de caer en las formas que parecían obligadas. Si tiras una mirada a la literatura nuestra de esa época vas a notar el mismo libro, la misma entonación e iguales “conquistas”, o pérdidas. Es que se leen unos a otros, no abren el compás, las circunstancias los obligan desde afuera y por dentro. Eso generó una vista corta, ensimismada. En las instituciones que los regían no se atenían a la literatura, sino a ordenanzas. Fue un triunfo de proceso reduccionista, nunca se escribió tanto sobre la responsabilidad del intelectual y su servicio, una masa sólida sobre el cogote de cada uno. Las traducciones del campo socialista en asuntos culturales llegaban por un tubo. Del compromiso exagerado se iba a la servidumbre en lenguaje y estructuras, tan similares que en conjunto escribían la misma novela, el mismo cuento, el mismo ensayo. El pie forzado sirve para el canturreo, para nada más.

Al cielo sometidos es mi canto a la libertad mediante dos pillos que se buscaban la vida, enfrentaban las adversidades de un período nefasto y, a la vez, colmado de gloria en la cultura española. Es mi homenaje a la picaresca, balón de oxígeno de los de abajo en todos los tiempos. Algunos han querido ver un mensaje más actual, puede ser, las interpretaciones son santas y el escritor bendecido. Yo escribí sobre pecadores de la cintura abajo, con regaños de la curia y goces más terrenales que píos, en tiempo de achicharrados por la inquisición. Esa novela tuvo inmediatas ediciones en España e Italia, varias cubanas y una recepción notable en la crítica y en estudios filológicos. El mayor triunfo lo dio la venta del libro en Cuba, donde una reedición cuesta pujos, pero esa novela tiene cuatro. Y no se le ve en las librerías, vuela. Disfruté escribiéndola, también como homenaje al glorioso idioma que tenemos, a la picaresca de nuestros abuelos y a la sacratísima irreverencia.

En 2003, te diste a conocer tardíamente como poeta con Envidia de Adriano. ¿Por qué te estrenaste en la madurez en un género que muchos escritores visitan en la juventud?

No fue la primera vez que escribí poesía, sino la ocasión en que un amigo exageró la nota. Mi querido Pablo Armando Fernández, poeta que quiero como ocurre pocas veces entre colegas. Conoció mi poemario de joven en amor y descocado, lanzando poemas a la manera de Quevedo, “polvo enamorado”. Le escribió un prólogo y lo hizo publicar. Le advertí que aplicara la solución de Stalin con el poemario de enamorados: “Impriman dos copias, una para él y una para ella”, dijo el georgiano, ejemplo de político incólume que ganó por eliminación de los opositores. Debí preguntar si era duro y puro como el mármol que exigía la profesora tetona. Entre nosotros hay demasiada poesía de calidad para que un prosista venga a echarle pelos a la sopa. Pero ¿quién que es no es romántico? Por demás, es un poemario gay, me correspondía escribirlo. El armario de casa es muy incómodo.

Te mueves entre la realidad, entre el ensayo y la narrativa. ¿En cuál de estos campos te sientes más cómodo o disfrutas más?

Tengo publicados más libros de ensayos que de ficción, cierto. Pero no soy un ensayista a la orden del día, los que se acogen a una expresión “científica”, en un género que nació libre para dilucidar temas que lo requieren. Parecen empeñados en demostrar el dominio de un lenguaje ad hoc, siguiéndolos se afirmaría que Carpentier, Fuentes, Borges, Lezama, Paz, Moreno Fraginals, Benítez Rojo, Retamar y Fernando Ortiz no fueron ensayistas. Los contaminados de esa erupción a flor de piel se reponen lentamente, hasta que pasa una moda y agarran otra. A esa fórmula en Cuba la llaman “metatranca”, huelga el significado. En la revista que dirijo, La Siempreviva, prefiero un lenguaje de personas. Si me tachan de carca, que sería injusto, respondo que son unos snobs. “Lo tuyo se cura si pones de tu parte”, les digo compasivo.

De alguna manera mezclo los géneros y como en esta ocasión, narro para responderte. Me parece más persuasivo. Los intentos ensayísticos míos son híbridos: La fiesta de los tiburones fue, más o menos, un relato testimonial con participación de la prensa de la época y los elementos que contribuyen al ambiente y a la expresión de los “personajes”. Me las arreglé para evadir la norma del testigo que habla. Contradanzas y latigazos (en la edición crecida, reciente), es una suma de criterios a la manera de un diálogo, prologado por Manuel Moreno Fraginals. Llorar es un placer creció en la tercera edición, rebautizado Caignet, el más humano de los autores. Es un libro-revista, una mise en pages donde incluí hasta una fotonovela y le cambié el título. Tuvo sus colaboradores, textos escritos para ese injerto por Román Gubern, Sigfredo Ariel, Lisandro Otero, Meri Lao y otros.

El bello habano, que prologó Manuel Vázquez Montalbán, es una discusión histórica que compromete criterios a favor del tabaquismo. Como la propaganda de la fuma está condenada, elaboré una historia del tabaco en la cultura occidental, con la poesía, la ópera, el cine, las costumbres, complementadas con ejemplos. El prologuista Vázquez Montalbán y yo dejábamos de fumar pero nos complotamos para rebelarnos. Nos dijeron que esos textos e ilustraciones daban ganas de inhalar nicotina, las que teníamos nosotros. Ahora sale en dos ediciones de lujo, en español e inglés, por la editorial mexicana Cooperativa La Joplin. Mantiene el título: El bello Habano, biografía íntima del tabaco, para afrontar las iras antitabaquistas. Nadie le ha cuestionado su condición de ensayo. Siempre me propongo enganchar al lector porque si no, me aburriría. Aprovecho lo aprendido en el periodismo, que coincide con la literatura; el estatismo es su muerte. Y regreso a la novela, cuyo tema reservo porque ahora, cumpliendo mis primeros ochenta, no estoy para explicaciones.

Al empezar un nuevo libro, ¿tienes todo el plan de trabajo o este va surgiendo poco a poco en el camino?

Trabajo desde antes. Una novela como Al cielo sometidos, que fue una reconstrucción del paisaje y las costumbres del siglo xvi, debí trabajarla desde el lenguaje. Suena como español antiguo, que no lo es, sino una especie de procedimiento virtual muy elaborado. Debí trabajar para adquirirlo, piensa que soy de América y más, caribeño. Me sometí a una adquisición en refraneros y documentos que me dieron no solamente el uso del idioma, también la flexibilidad con que se expresarían mis personajes.

En la primera novela, Siempre la muerte, su pasobreve, aunque había vivido lo que contaba, también debí someterme a una reconstrucción del lenguaje, porque entre nosotros se mueve y crece rápido, cambia expresiones y hasta palabras que pierden el sentido y ganan otros con gran celeridad. Me gusta trabajar el lenguaje como elemento caracterizador. En esa dificultad reside uno de los encantos de la escritura. Cierto que fue duro pero gané el reto. Para dominar el razonamiento de la época en reconstrucción y los sucesos, también se requiere el ensayismo, con la intención de evitar la sopa de letras que pergeñan. Todo eso es parte del entrenamiento.

Cuando escribes, ¿redactas las primeras versiones cuidadosamente o con rapidez? ¿Reescribes mucho? ¿Has desechado muchas páginas?

Tanto como escribir, reescribo todo el tiempo, pulo. Es una labor complicada que asumo con naturalidad. Se ha encomiado mi léxico, pero no creo esos elogios, pienso que nace de esa exigencia sobre lo que escribo y cómo. La corrección surge inmediata a la redacción, tengo instalado un programa de Pepe Grillo en la computadora, la conciencia de Pinocho. Es un recurso más, proponerme la frase problemática desde varias comprensiones y ángulos, y leerla en voz alta. Aparecen apreciaciones diversas y sale la correcta. Nunca apliqué una improvisación que intentó endosarme Alejo Carpentier la tarde de la inauguración del Museo-Casa Hemingway, con una copa de whisky en la mano. Consistía en jugar con las figuras del horóscopo, improntas de comportamientos según sus perfiles, cómo responderían a los cambios de la trama. “¿Usted lo ha hecho?”. “No, si supieras, siempre lo tengo como posibilidad, sin experimentarlo”, respondió. Dije que tendría pánico de caer en ese nido de locos. Nos reímos como tontos imaginando los acercamientos de un Tauro con un Virgo y un Libra con un Escorpión en plena revolución francesa, donde no faltaban iluminados y exaltados. Luego lo olvidamos, para nuestra salud mental. Lo recuerdo ahora, ante tu pregunta. Por supuesto que escribo y desecho, no sumo papel por las bondades de la automatización, que nos enseña a ser discretos hasta en la sonoridad del teclado.

¿Qué manías tienes al escribir? ¿Alguna extravagancia? ¿Alguna devoción?

Gozo escribiendo. Ya bastante complicada es la vida para, además, padecer mientras se trabaja. Sería añadirle una atmósfera de disgustos. Si me planteo encrucijadas difíciles, no constituyen contrariedad, sino mayor interés, para solucionar las situaciones recurriendo a una lógica de los acontecimientos. Soy un viejo editor y aunque fatiga, me devuelvo a la seducción de las palabras, ahora escogiendo los libros a que me aplico. En los últimos tiempos me propuse libros complicados en información y en razonamientos sobre nuestra historia y las costumbres emanadas de sus estructuras.

Y como seducción paralela, la edición de la novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde, el clásico mayor de la novela cubana decimonónica. Lo hice con aportes de la investigadora literaria Cira Romero, muy valiosa y capaz. Fue la coalición perfecta. Enfrentamos algunos obstáculos repetidos en ediciones anteriores, además del racismo en la interpretación de quienes se acogieron a afirmaciones erróneas. No elaboraron ideas coherentes con la época en que ocurre su argumento, el esclavismo de la colonia española en Cuba, y menos con los objetivos del narrador. Algunos supuestos autorizados mostraron torpezas en la lectura e imposición de prejuicios, incluso contrarios al propósito del autor, esclarecido en su correspondencia privada y en los objetivos de la generación a que perteneció, y evidente en el cuerpo novelístico. Todo eso nos llevó a una investigación en fuentes no analizadas por ellos, pero al alcance de la mano en el Archivo Nacional. Apuntamos el descuido y el desinterés. Es parte del trabajo estudiar los asuntos, también para hallarle otras seducciones.

Entre esos esfuerzos cuento la edición de La cantidad hechizada, el último libro de ensayos publicado por Lezama, gran parte de sus textos dedicados a la literatura y la pintura cubanas. Fue un banquete para el editor, trabajar párrafo a párrafo con Lezama, beber de su sabiduría. En política trabajé Letra con filo, la obra en tres tomos del marxista Carlos Rafael Rodríguez, uno de los pocos con quienes se podía conversar de intríngulis culturales, salir del férreo esquema partidista. Alguna gente se sorprendió de mis atrevimientos en una entrevista que cayó bien o mal, pero a ninguno dejó impasible. Trabajando con Carlos Rafael supe algo sorprendente, el poco aprecio que tenía de algunos politólogos que “no dicen ni un punto y coma más que Granma”. En Cuba tenemos una frase metafórica para esos casos de quienes no saben pero se atreven: “está tirando piedras”. A Carlos Rafael no le respondí, pero pensé qué podían hacer los politólogos sino propaganda, eslóganes, y qué periódico les publicaría textos con variantes analíticas.

¿Son placenteras las horas que dedicas a escribir?

Mucho. Es que me lanzo como al escuchar una melodía y hallarle los caminos que propone. Por cuanto he dicho ya sabes que prefiero sentirme como el educando, el perpetuo autodidacto que soy. Hallé profesores que daban pena, muy creídos de haber entendido algo, repetidores de disloques heredados. Rizaban el rizo y tan campantes. Y así andan, manoseando su propia estatua, que es de humo. Como ya llegaron, repiten su afanoso desconocimiento. Y acuden a jueguitos electrodomésticos que también tienen sus alumnos en casa. Por ejemplo, un esquema en la pantalla e ir diciendo lo que dice. El profesor queda en repetidor disciplinado. Y ahí los demás, como perchas sin trajes. También ocurre en la escritura. Estupidez bien pagada, que no pasa inadvertida. Los libros que edité me sirvieron de escuela, a veces hallé perlas. Mi trabajo ha sido un curso con más de cincuenta años, joder, ¡medio siglo! Sin acudir al retiro, ya voy pensando en el zarpazo de la pelona, que no cree en excepciones.

Desde tu condición de académico de la Lengua y de tu veterana preocupación por el idioma, has alertado sobre la manera delirante como habla hoy buena parte de los cubanos. ¿Cuáles son las principales manifestaciones de ese deterioro?

Sé que te refieres a un artículo mío en la prensa, que despertó algunas ronchas, sobre las expresiones populares. Cuando llego al clímax de mis ochenta tocándome la puerta, no abro. Nada me obliga. No estoy acostumbrado a que me llamen “académico de la lengua”, ni me vanaglorio. Me veo como el joven del trapecio volador en la biblioteca municipal del español Benigno. La masividad y la prisa son enemigas de la cultura. Si las convierten en programa están trabajando para el enemigo en su variante peor, la del que cree que sabe. Cuando escucho las palabras “masa” y “masividad” en términos educacionales y culturales, me persigno ante un altar inexistente. Si se trata de colgar medallas, que se entorchen, pero que esa indolencia los autorice a decidir sobre otros, genera una pesadilla. Es como si les intercalaran papel carbón y dale con las copias. Ganan un incondicional agradecido e impiden la salida a escena de un talento, al que toman por rival en potencia. El deterioro de las lenguas es generalizado hoy en muchos países, pero no en todos le conceden una patente de corso a los medios para no lanzarse en gran campaña contra el pecado que también ellos practican. Sería la verdadera gran batalla. A ver si la ganamos porque como hablan y piensan, ¿cuándo mugen?

Has disfrutado de la amistad de varios escritores. Te voy a pedir que recuerdes brevemente la que tuviste con dos de ellos: José Lezama Lima y Manuel Moreno Fraginals.

A Lezama lo conocí temprano, recién llegué a La Habana, mediados de 1962. Me correspondió una oficina a dos puertas de la suya en el Consejo Nacional de Cultura, actual Ministerio. Trabajaba su espléndida colección de libros cubanos del siglo xix, humildes ediciones y prólogos donde incluyó su Antología de la Poesía Cubana, con brevísimas notas. Confieso que le tuve pavor, apenas saludos y temblaba. Había leído poca obra suya y me apliqué a conocerla. Su generosidad allanó las diferencias y llegamos a congeniar dentro de lo permitido por las abismales distancias entre su sabiduría y mi ignorancia.

Años después, con el destape del odio a Paradiso y accidentes muy conocidos, salí en defensa del libro ante un improvisado fiscal en el círculo social de una playa habanera. Fui un soldado convencido de la serena causa de la poesía, frente a la estupidez autorizada, que resulta estupidez doble. Dadas las circunstancias tensadas al máximo, arriesgaba lo posible y lo inconcebible. A Lezama le informaron y no olvidó. Cuando me llamó para darme un ejemplar de Paradiso, ya estaba dedicado: “Para Reynaldo González, a quien un día su sympathos acercó al Paradiso en ánimo de justicia. Diciembre, 1966”. Cimentábamos una amistad que crecería y me llevaría a la edición de La cantidad hechizada, el último libro terminado por él. Otras dedicatorias y algunas cartas me expresaron su afecto. En conversaciones supe lo dolido que estaba con actitudes de quienes esperaba fidelidad. Lezama fue un cubano de excepción, un hombre esencialmente bueno y tierno, un poeta que todo lo tradujo al lenguaje de la poesía, privadísimo en cualquier idioma en que se escriba.

A Manuel Moreno Fraginals lo conocí en el movimiento múltiple de la cultura, sus centros imantados. Historiador y hombre de empresas publicitarias, de análisis fríos apoyados en las matemáticas, disciplina difícil para quienes optamos por las palabras frente a los números. Un historiador de tiempo completo, porque todo lo fundió en el conocimiento de los hechos y sus motivaciones, llevadas a leyes que vaticinan la Historia. Su lectura cuantificadora ofreció claves para mayor conocimiento de Cuba. El Che Guevara consideró como clásico su estudio de la industria azucarera, también un tratado de sociología aplicada a la esclavitud, que duró cuatro siglos, desarrolló costumbres y deformó la moralidad de la Isla, que se decía católica.

Fuimos amigos, estuvo al tanto de mi trabajo y cuidó que no accediera a formas en boga y tampoco a la esterilidad de un patrioterismo para la galería, impregnado de frases altisonantes y reiteraciones facilonas. Le agradezco la atención a mi trabajo y su prólogo a uno de mis libros más queridos, Contradanzas y latigazos. Así se lee en la edición más reciente, crecida e ilustrada gracias a él, como tuvo por suyos otros libros míos, que conoció críticamente antes de entregarlos a la imprenta. En la actualidad participo en la edición de textos suyos, clases de cultura cubana dictadas en el Instituto Superior de Arte. Están sus notas y conferencias, el persistente y desembarazado diálogo que constituyó un obsequio para quienes lo siguieron, su prólogo a la novela Oppiano Licario, de Lezama Lima, solicitado a partir de su amistad con el poeta de Trocadero 162. Fueron aspectos impredecibles de su personalidad, si los vemos en el inmenso trabajo científico desplegado en El Ingenio, pieza clave para el conocimiento de Cuba.

Nuestra amistad comenzó compartiendo un vínculo con el músico Odilio Urfé, pianista y director de charangas sensacionales, en cuyo disfrute también se unieron los goces del pianismo cubano y discusiones sobre la música en la formación de nuestra nacionalidad. Y si no sirvieran a la nacionalidad, qué, quién le pide tanto a un piano, una flauta y unas maracas, no todo puede ser himno de combate. Esa pasión me llevó a escuchar clases suyas en La Habana y en Barcelona, junto a un alumnado sorprendido por ese profesor criollo, de entonación ligeramente catalana, que no se asistía de notas para estructurar una laboriosa clase de referencias cruzadas y los mantenía como en hipnosis hasta un punto final indeseado. Lo seguí también a Miami, donde cociné lo que comimos, dura prueba para servirle a él, lechón asado, congrí, yuca con mojo, tostones y ensalada de vegetales, un hartazgo indocubano con fondo de Lecuona, pedazos de patria de exportación y cariños de quienes conocen el agridulce de las despedidas. Fue mi amigo, burlador de diferencias, con la fascinación de una fuerza interior, sin necesidad de otros condimentos.

Has tenido una vida en la que ha habido buenos momentos, lágrimas, publicaciones, marginación, renacimientos. ¿Cómo la valoras ahora que arribas a los ochenta años?

Me pescas hoy ante la muerte de un gran amigo, el poeta Sigfredo Ariel, tan cercano, y una realidad estrujada que deseo distante por un rato. Respondo sin mirar por la ventana al estallante trópico. No valoro tanto las partes malas o buenas de mi vida, sino la obcecación de suspirar en el mundo, algo más que respirar. Suspirar es anhelo, mirar a un punto indefinido queriendo alcanzarlo. Y eso ocurre en la juventud, ya pasada. Lo escribió el armenio a quien estuvimos citando sin que descansara su joven en el trapecio. En otra medida, tan inexcusable, se siente demasiado un peso que ahoga. Se respira con dificultad, por los obstáculos que imponen quienes quisieran ser imperecederos. A fin de cuentas la Patria es las personas en cada ocasión, del conjunto al individuo, no todas personas buenas o malas y ninguna que no sea necesaria, ni otras con demasiada altitud para calificar a las demás. A veces los más encumbrados viven una tragedia en tono de farsa, equivocan el género.

Fui de los primeros apartados por preferencias personales. Aprendí que nunca bajaría la cabeza para seguirle la rima a quien me humillaba. La primera vez ocurrió en un año peculiar, cuando Cuba estuvo en peligro de desaparecer en una contienda que la sobrepasaba, la llamada crisis de los misiles. Yo tenía veintidós años y toda la entrega que cabe en la voluntad prístina de un joven. Asimilé el golpe como enseñanza. Con el paso de los años comprendí que es saludable prescindir de asuntos baladíes que no cuentan, pero pesan. Eso hago, sin vuelta atrás. Según mi decisión, a partir del momento de la ofensa no existen más la persona ni el lugar. En cuanto a los honores, igual van que vienen, lo significativo son las obras, sin discusión. Las obras mías cuentan mis pasos, de ninguna me arrepiento. Y estoy en mi sitio. Pablo Armando Fernández escribió una frase memorable en su novela Los niños se despiden: “Los viajes sí, porque ilustran, pero para vivir y morir, la isla”. Esa frase la hice mía, sin imponer cambios a quienes piensen de otro modo. Los años nos acercan a un inevitable rendimiento de cuentas, un verdadero juicio, que también corresponde a los demás, pero primero lo hace cada uno, consigo mismo.