Actualizado: 23/11/2017 16:24
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José M. Fernández Pequeño, Literatura, Literatura Cubana

Un agradecido discípulo de José Soler Puig

En esta entrevista, José M. Fernández Pequeño habla sobre su más reciente colección de cuentos, que presentará hoy en el Centro Cultural Español de Miami

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Dos años después de que diera a conocer El arma secreta, José M. Fernández Pequeño vuelve a comparecer ante los lectores con un nuevo libro de cuentos: Memorias del equilibrio (K Ediciones, Miami, 2016, 102 páginas). En el mismo, ha recopilado dieciséis textos que ponen de manifiesto, una vez más, sus magníficas dotes de narrador. La salida de su nuevo título coincide con la noticia del nuevo galardón que ha recibido: su novela Bredo, el pez ha sido galardonada con el Premio Nacional de Literatura Infanto-Juvenil Aurora Tavárez Belliard, que otorga el Ministerio de Cultura de la República Dominicana. En la entrevista que sigue a continuación, Fernández Pequeño habla del volumen de narraciones recién salido de la imprenta, que presentará esta noche a las 7pm en el Centro Cultural Español de Miami, 1490 Biscayne Boulevard.

Quiero comenzar preguntándote por qué el título de Memorias del equilibrio.

Me recuerdo ahora mismo en Bayamo. Es 1963, octubre para ser exactos, y estoy a punto de cumplir diez años. Al Círculo Social Vicente Quesada van trayendo a los rescatados del ciclón Flora, que cuentan sus historias como si les apremiara sacarse todo ese dolor de adentro. Con horrores y sobrevivencias como esas anduve después durante medio siglo (buena compañía, te lo aseguro)… hasta que llegó el momento de dejarlas salir. Siempre quise escribir los cuentos de este libro, pero siempre supe también que era cosa de maduración, de permitir que las voces dejaran de ser lo que habían sido para fermentar en el tiempo de la ficción. Hasta ahí cuanto corresponde a las memorias.

Entiendo el libro como un regreso literario a Cuba, un intento de acercarme al ámbito más golpeado por el último medio siglo de historia en la Isla: el del individuo. Cuando las causas políticas se vuelven contra quien debería ser su beneficiario (es decir, contra el ser humano), cada cual necesita a toda costa hallar un equilibrio para su vida. Las formas de lograrlo son infinitas, van desde las más nobles hasta las más ignominiosas. En el fondo, ese es el conflicto que enfrentan los personajes de estos cuentos, y claro, también el señor que los escribió. Así quedó, pues: Memorias del equilibrio.

A diferencia de El arma secreta, tu anterior colección de cuentos, donde había varias narraciones ambientadas en la República Dominicana, aquí todos los cuentos que tienen una ubicación geográfica específica ocurren en Cuba. ¿Tiene eso que ver con que fueron escritos cuando ya residías en Miami?

Sin duda. La zambullida en la cubanidad abierta y multicultural de Miami terminó de darme la distancia que necesitaba. Sin embargo, creo sano no perder de vista el peso que pudo tener sobre esa visual encontrada mi trato con la cultura dominicana. Sospecho que esa otredad inclusiva fue fundamental para determinar qué quería hacer con Memorias del equilibrio. Aunque a simple vista pudiera no parecerlo, quizás los cuentos del libro también hablen en dominicano. Sutilmente, como son casi todas las cosas que valen la pena… quizás, ya lo dije.

Cuando llegué a Miami, solo dos de esas historias estaban en borrador. Una es “Equilibrio”, la ficción breve que abre el libro. La otra es “Datos, revelaciones”, un relato que había reescrito como ocho veces, hasta que encontré el rejuego técnico que me permitió abordar su asunto de una manera menos frontal. Pero fue ya estando en Miami cuando tomé conciencia de la reflexión que se desarrollaba tras la imaginada enfermedad del personaje incapaz de evitar que su portañuela aparezca abierta en público. Entonces reescribí el relato por novena vez. Es el único entre los textos que no transcurre en Cuba, algo que cualquier persona familiarizada con Santo Domingo descubre enseguida.

En los cuentos recogidos en Memorias del equilibrio se advierte un notorio predominio del narrador en primera persona. ¿Por qué prefieres ese punto de vista a la hora de narrar?

No prefiero esa persona narrativa, los textos del libro la exigieron. Tal vez se deba a su condición de memorias porque incluso los narradores en tercera persona que aparecen en “El coro de los marranos” y en “Datos, revelaciones” se mantienen muy apegados a los personajes. En el primero, la voz del narrador y la de los distintos personajes se entrecruzan todo el tiempo para crear un entramado muy cinematográfico, a través del cual se desarrollan cuatro acciones paralelas. En el segundo, el narrador es un alter ego irónico de Carlos, mucho más cuando se cruza hacia la segunda persona y reelabora sus pensamientos.

Ahora, lo que sí podría ser común a todos los cuentos es la puesta en práctica de una narración alterada (casi diría que “dislocante”) provocada por la actuación de factores diversos. La búsqueda de narraciones que potencien una perspectiva a medio camino entre los puntos de vista tradicionales constituye un elemento tan consciente como cardinal en la propuesta estética del libro. En este punto, convendría recordar que soy un agradecido discípulo de José Soler Puig.

En las diez Estampas mongólicas confiesas que has querido “destilar los zumos de la memoria” y “proteger cierta época del olvido”. ¿Recreas en esos cuentos vivencias autobiográficas?

Una aclaración: yo no confieso nada. Eso lo confiesa “el autor”, que en el libro es un personaje como otro cualquiera. Y sí, las “Estampas mongólicas” están tramadas con vivencias, historias y rumores que escuché durante mi niñez y adolescencia en Bayamo. Solo que la perspectiva del narrador mongo les da otro color, otra consistencia. Observa que esas diez piezas breves podrían ser leídas como una sola historia dividida en episodios. Fueron escritas y publicadas en mi blog mes a mes. Cuando puse la primera (para fastidiar a los amigos y entretener un diciembre que en su huida nos robaba otro año), no tenía idea de lo que vendría después, pero el mongo impuso su voz, su disimulado sarcasmo, su ternura difícil. Cuando las leo ahora, siento que el verdadero protagonista es el ambiente, la atmósfera. Pero no me hagas caso, el autor es quien menos sabe acerca de lo que escribe.

El libro está encabezado con sendas citas de Lino Novás Calvo y Carlos Victoria. De la obra del primero tú te has ocupado como crítico e investigador. De esa lectura acuciosa de su obra narrativa, ¿sacaste alguna lección provechosa que te ha servido como cuentista?

Narro como una forma de investigación intuitiva acerca de la vida y del brevísimo lugar que se me ha concedido dentro de ella. Lino Novás Calvo está en la base de esa concepción. Igual que él, preciso de la realidad como punto de partida y de él recibí las primeras lecciones acerca de por dónde se puede mirar una historia. El autor de “La noche de Ramón Yendía” ha vivido conmigo, a mi lado, desde que yo era un adolescente y él un autor prohibido en mi (su) país, ni más ni menos que como un pariente inconforme o un amigo idóneo para discutir, cuanto más encarnizadamente, mejor. Solo que, puesto en la tarea de reescribir la vida, necesito todo el tiempo del absurdo, y por ahí pudiera colarse la sombra de un tal Virgilio Piñera.

Leí por primera vez “La montaña”, de Virgilio, en una terminal de ómnibus cubana. Te imaginarás el gentío, el escándalo mayúsculo que, sin embargo, para mí cesó por completo en ese momento y me dejó solo frente a aquellos cuatro escuetos párrafos. “Desde lo alto” tiene cuarenta cuartillas y sus personajes no se comen una montaña, más bien la siembran, pero quisiera pensar que la obstinada rebeldía es la misma en ambas ficciones. Seres diferentes y por diferentes segregados, expulsados de una historia ahíta de gloria y heroísmos vociferantes, muchos de los personajes en Memorias del equilibrio, cada cual, de manera diferente, escoge ser un mínimo líder. Y pocos mínimos líderes hay en la historia reciente de Cuba tan auténticos como Virgilio Piñera.

Por cierto, al inicio de “Desde lo alto”, se lee: “Con José Soler Puig”. Este año se celebra el centenario del nacimiento del escritor santiaguero. ¿Piensas que es un autor cuya obra narrativa vale la pena releer?

Esa es la tercera pata de la mesa: José Soler Puig. Nadie como él manejó entre nosotros los narradores ni experimentó tanto con los puntos de vista. Si a esas originalísimas formas suyas de mirar sumamos la fuerza de su prosa y su penetración emocional en los detalles, quizás logremos una resumida explicación para la contundencia que emana de su obra narrativa. La cercanía de Soler en un momento decisivo de mi formación me mostró el respeto y la dedicación que exige construir el singular oficio de un narrador profesional. En “Desde lo alto” intento recrear algunas maneras que Soler Puig empleó al narrar. Es un guiño agradecido para un escritor de raza que, además, tuvo siempre el raro coraje de la honestidad.

En mi modestísima opinión, El pan dormido es una de las mejores novelas escritas por un cubano, de la misma forma que la obra firmada por el santiaguero luego de Bertillón 166 constituye uno de los momentos más altos de la narrativa nacional en la segunda mitad del siglo pasado. Y sí, mucho bien haría en este tiempo de farándula desatada y comercialismo rampante la relectura de la obra escrita por Soler Puig.

Tu libro cuenta con una edición especialmente hermosa. ¿Cómo surgió la idea de ilustrarlo con los dibujos de Margarita García Alonso?

Soy un admirador entregado de Margo. De su obra contradictoria, aguda, inconforme, repleta de confrontaciones visuales y discursivas. Me encontré con ella un día en las redes sociales (tomen nota los detractores de Facebook) y a partir de ahí ha sido como si compartiéramos vecindario. ¡Somos tan distintos y tenemos tantas cosas en común! Cierta tarde estaba viendo unos trabajos nuevos en su página y me golpeó un detalle. Aquel gusano verde que caminaba por una correíta iba diciendo exactamente lo que yo quería decir en los cuentos de Memorias del equilibrio, que entonces era un proyecto en desarrollo. Le escribí y el gusano se encaramó en la portada del libro con el descaro de quien hubiera nacido para estar ahí.

Nunca hablamos de los restantes dibujos, los que aparecen en el interior del libro. Margarita los hizo porque se le ocurrió hacerlos; al fin, no tenía que pedir permiso. Y realizó el trabajo con una condición: no haber leído el libro antes para dejar que su imaginación adivinara lo que allí se contaba. El resultado está a la vista. En rigor, Margarita García Alonso no ilustró el libro, más bien me ayudó a soñarlo. ¿Explicación? No hace falta. Como tú, nací en el llano de Oriente, que es la capital del espiritismo de cordón cubano, y estoy seguro de que en algún sentido eso debe dotarnos de una cualidad especial para las comunicaciones subyacentes.

El cuidado de edición y diseño es de Karenia Guillarón, reina de K ediciones. Pero bueno, ¿qué cosa de mi vida no está bajo su cuidado?

Hasta ahora has escrito cuentos. ¿No piensas probar suerte en la novela?

En 2010 escribí el borrador de una novela para adultos, pero no acaba de convencerme y soy muy quisquilloso, para no decir que mortalmente obsesivo. Reescribo y reviso y reescribo y vuelvo a revisar un mismo texto durante años. Igual, a principios de 2015 escribí el borrador de una novela para niños que tiene por título “Bredo, el pez”. Se trata de un texto con el que mantengo conexiones personales muy intrincadas y, además, no soy un especialista en literatura para niños, así que ahora mismo no sé qué pensar de ese proyecto

En resumen, no soy dueño de mis proyectos narrativos. Solo respondo a estímulos y me dejo llevar, como si una voluntad escondida en algún sitio, dentro o fuera de mí, gobernara un plan que yo solo conoceré cuando el libro esté terminado. Por otro lado, me fascina el cuento como género, ese deslumbrante latigazo que se cierra sobre sí mismo (¿habré leído esta frase en algún lugar?).

Por último, quiero preguntarte cuándo comparecerás ante los lectores en tu otra faceta. ¿No tienes planeado un nuevo libro de crítica e investigación?

Tampoco lo sé. Algunos de los temas que abordé cuando fatigaba los caminos de la crítica y la investigación literaria me han estado rondando desde que llegué a Miami sin que yo los convoque. Me gustaría escribir sobre Lino Novás Calvo. Más que un libro, sería un abrazo literario… crudo y cuestionador en ciertos momentos, pero un abrazo al fin y al cabo. Quizás antes me haría feliz publicar otra vez sus cuentos policiales con un nuevo estudio introductorio. Igual me sería muy satisfactorio retomar mi libro En espíritu de las islas; los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña, que fuera publicado por Taurus, y hacer una edición para el lector cubano, aunque ese sueño está más allá de mis deseos y decisiones... No sé, en serio. Creo que todo dependerá de muchas circunstancias, de un equilibrio que aún no forma parte de nuestras memorias, así que mejor se lo dejamos al tiempo.