Actualizado: 20/09/2019 11:30
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| Opinión

Espacio Laical, Visita de Benedicto XVI, Iglesia Católica

A propósito de la visita papal y un balance polémico

La Iglesia jugó un rol destacado como mediador en 2010 y 2011, pero hoy los espacios abiertos entonces se han retrotraídos a un estadio similar al que antecedió a la mediación

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No enfría aún sus motores el avión que trajo a Benedicto XVI por tierras americanas y sigue desatado el debate —en medios y redes sociales— en torno al impacto de dicha visita para la sociedad y nación cubana. El viaje ha confrontado, por sus implicaciones éticas, políticas y religiosas, a diversos grupos y personas a todo lo largo y ancho de la geografía y esfera pública criollas: hay debates de católicos cercanos a la agenda de la Iglesia con otros de visiones críticas, entre los mismos disidentes y dentro de una comunidad bloguera de plural filiación. Se discute sobre el creciente rol de la Iglesia en la sociedad cubana, acerca de sus vínculos con el Estado y en torno a los escenarios abiertos tras la visita papal.

La mayoría de los textos combinan en dosis variables la pasión (decepción o euforia) con el análisis —mayormente críticos y muy pocos laudatorios— de los resultados de la visita. En este segundo sentido destaca el artículo “Impacto de la visita de Benedicto XVI: una visión preliminar” publicado por los amigos Lenier González y Roberto Veiga, editores de Espacio Laical. Aun cuando entre nosotros sobreviven las equívocas tendencias que confunden el debate intelectual con el linchamiento del enemigo o el mero intercambio de cortesías, creo que promover la discusión con aquellas voces e ideas que nos son cercanos, no solo es un acto legítimo, sino también provechoso para avanzar en el conocimiento y diálogo franco y fundamentado. Lo he hecho otras veces —por ejemplo, con mis compañeros del Observatorio Crítico— y así lo haré con este texto y sus autores.

Espacio Laical constituye —como he reiterado anteriormente— no solo una ventana donde asomarnos al pensamiento de los laicos católicos, sino la mejor revista de análisis de la realidad cubana impresa hoy en la Isla. Sus páginas se han abierto a autores de dentro y fuera del país, para acoger temas polémicos como la crítica a las desigualdades sociales y el autoritarismo político, la apuesta por formas de participación de los trabajadores y por la democratización del régimen y los medios públicos. Espacio Laical no expresa la opinión de la jerarquía eclesial, sino un espectro mucho mayor —y plural— de intereses y demandas sociales que los que sostienen el proyecto político de los prelados criollos. Y se mantiene gracias al esforzado trabajo de un reducido equipo, que no percibe ingresos por semejante labor y tiene que sortear —con su persistencia y empeño ecuménico— los disgustos que algunos artículos generan dentro de grupos dominantes de la Iglesia y el Estado.

El reciente trabajo de Roberto y Lenier se inscribe en lo que ha sido un casi unánime reconocimiento público —y enfatizo esta palabra, público— de la visita papal por parte del catolicismo criollo. No solo las autoridades eclesiales de la Isla o sus laicos, sino incluso voces críticas como el padre José Conrado o el arzobispo de Miami, Thomas Wenski, han defendido en sus intervenciones los elementos positivos del viaje de Ratzinger. Lo cual nuevamente nos confirma que en una institución como la Iglesia Católica —donde el cálculo y el dogma se mezclan— la disciplina y el consenso operan en formas cualitativamente diferentes a las de los espacios profanos. Y que los juicios que los actores católicos viertan ahora sobre esta misión pontifical no son válidos para juzgar, de forma totalizadora, su desempeño cotidiano, precedente y ulterior a la visita papal. Para hacerlo hay que acompañar nuestra crítica con una buena dosis de serenidad, respeto y mirada de largo aliento.

En su texto los autores señalan, entre los objetivos de la Iglesia en el contexto cubano, el logro de un acercamiento entre actores sociales diversos, el rechazo al odio y a la imposición de visiones cerradas —entiendo que hablan de visiones filosóficas y/o políticas—, así como la apuesta por el compromiso con la realidad histórica concreta. Reconocen las dificultades para el acompañamiento de una sociedad diversa, con creciente presencia de movimientos y agendas plurales y una masa de compatriotas sumidos en la inmediatez —léase pobreza y dificultades de la vida cotidiana— y la desesperanza derivada de la falta de correspondencia entre las aspiraciones personales y unas políticas en curso que afectan y constriñen a las primeras. Hasta aquí el diagnóstico de mis colegas lo comparto en buen grado, pues la descripción que hacen de los problemas nacionales y su apelación a formas virtuosas (no violentas y respetuosas de la diversidad) son difícilmente rechazables por cualquier ciudadano interesado en el bien de su patria.

Lo que se extraña en el trabajo es, en primer lugar, una ponderación de la correlación y jerarquía de los actores realmente existentes que bloquean y empujan las agendas de reforma. Lenier y Roberto reiteran una apelación al presidente Raúl Castro como defensor de unos cambios saboteados por sectores conservadores del PCC y la burocracia, visión que resulta cuando menos ingenua. Pues si en un orden sistemáticamente autoritario, centralizado y vertical como el cubano existiese algún criterio o agenda ignorados y/o sancionados —cosa más que posible— esta nunca será la de quienes ocupan las máximas posiciones de mando y control. Pregúntenle sino a Carlos Lage y Felipe Pérez Roque. La reiteración de este argumento puede ser válida únicamente como retórica discursiva; pero nos recuerda demasiado aquel sentir de los campesinos rusos que —en 1905— se dirigían al palacio para exponer al monarca eslavo sus penurias, seguros de que este no era cómplice de lo sucedido pues los funcionarios engañaban al “padrecito zar”.

Un segundo gran déficit del reciente balance de los laicos es la ausencia de evaluaciones de la agenda eclesial con base a relacionar sus contenidos (la mediación y reconciliación) con los tiempos y resultados de sus acciones. De hacerlo resultaría evidente que aquellas excarcelaciones que una vez generaron tantas esperanzas —y que personalmente defendí y aún defiendo como un acto de supremo y concreto valor al mitigar un sufrimiento humano— han menguado su efecto por la recurrencia, y ampliación, de los encarcelamientos express, la vigilancia, los actos de repudio o la censura y descalificación de los disidentes. O sea, que se si bien corrigió, tardíamente, el resultado puntual de una decisión represiva aún se mantienen intactos el método y las prácticas que la repiten, día a día, envileciendo el civismo nacional.

No me cabe duda que la Iglesia jugó un rol destacado como mediador en 2010 y 2011, canalizando demandas de ambas partes (Estado-disidencia) y negociando términos aceptables para las mismas. Pero hoy resulta evidente que los espacios abiertos entonces para el diálogo y el reconocimiento de las demandas y derechos de la parte más débil (los opositores) han sido vulnerados y retrotraídos a un estadio similar al que antecedió a la mediación. Y eso pone en cuestión la continuidad misma del proceso mediador y rol imparcial del actor conciliador —la Iglesia— en su defensa y sostenimiento. Por solo poner un ejemplo: el mismo cardenal que antes llamaba —de forma personalizada— a los presos para comunicarle la posibilidad de su excarcelación y salida del país, hoy no parece tener tiempo para recibir a unas Damas de Blanco que —siendo católicas y objeto de la mediación— le solicitan unos minutos de escucha y consuelo. Lo primero habrá siempre que recordarlo y reconocerlo, lo segundo será —de permanecer inalterable— pasto legítimo del cuestionamiento.

Es lúcido y valiente que los articulistas señalen la existencia de posturas políticas, de una y otra parte, que no aceptan el diálogo. Sin embargo, no sé hasta que punto es hoy relevante —como variable de peso sociológica— la vigencia de grupos de emigrados que no quieren relacionarse con su patria, más allá de los prehistóricos mercaderes del odio y la politiquería del exilio anticomunista. Ciertamente, estos últimos mantienen cuotas de poder en los circuitos políticos floridanos (y del legislativo federal), pero su influencia no es hegemónica al punto de poder coaccionar a una comunidad emigrada que ayuda y visita a sus parientes en la Isla sin escuchar la retórica de Guerra Fría de los Díaz Balart y las Ros- Lehtinen. En ese punto, la reconciliación que promueven los voceros e intelectuales de la Iglesia ya empezó hace mucho, en el contacto entre personas de ambos lados del estrecho de la Florida… solo falta concluirla dentro de los espacios institucionales y legales de la Isla, labor para la cual el aporte de la Iglesia sería inestimable.

Además, la aseveración antes señalada peca por temeraria al sugerir una simplificación que confunde —del mismo modo que el discurso oficial— patria con Gobierno. Y que desconoce, al emitir sin matices dicho juicio, la existencia de personas a las que sencillamente no se les ha dejado visitar su país natal por decisiones opacas y arbitrarias. Conozco al menos dos casos de personas que —sin ser terroristas ni líderes de la Mafia de Miami— aún resienten el no poder acompañar los últimos momentos de seres queridos, al ser desautorizado su ingreso al país.

En cuanto a la existencia, expuesta por los autores, de ciertos actores de la sociedad civil que recelan de la influencia social del cristianismo quizás convendría hacer distinciones. Siempre puede haber fanáticos que desconozcan la existencia misma de un fenómeno social y espiritualmente tan arraigado y complejo como es una religión, o que rechacen sus aristas positivas. En varias ocasiones he ponderado el legado justiciero del cristianismo comprometido con causas sociales —sea la Teología de la Liberación o la Doctrina Social— y sus aportes a la historia política latinoamericana. Y si la Iglesia acometiese desde cada parroquia una democratización participativa y conciliar de sus rituales, estructuras y dogmas sería el primero en saludar y acompañar ese empeño.

Pero no se puede desconocer la existencia de un legado oscuro de la institución católica, tanto en la connivencia con poderes tradicionales latinoamericanos o con los abusos físicos, morales y sexuales recientemente “destapados” a nivel mundial. Tampoco es justo ignorar las razones que motivan cierto rechazo ciudadano al interés eclesial en recuperar espacios educativos y mediáticos, en países donde lo laico es sustancial a la génesis nacional (Cuba) o constituye una conquista legada a las generaciones actuales tras cruentas luchas (México).

Cuando los autores insisten en que la Iglesia Católica se ha colocado como una importante interlocutora nacional deberían precisar que están hablando de un diálogo selectivo, excluyente y discriminatorio, tanto en el alcance de los temas como en la nómina de los convocados. Me consta que esa situación no es congruente con su voluntad y horizonte personales, pero por esa misma razón creo deberían guardar cautela antes de hacer tales aseveraciones. Y cuando señalan que en Cuba se profundiza el ejercicio de los derechos humanos en el área de la libertad religiosa, me parece que —incluso en este rubro— vale la pena sostener un optimismo moderado. Pues una práctica de Fe ejercida bajo formatos de vigilancia estatal —como los observados en los actos de la visita papal— o donde se sustituye la apelación a males y reivindicaciones sociales urgentes por un discurso abstracto de la paz y el perdón —fenómenos que deberían ser complementarios— nunca es auténticamente libre.

Un punto particularmente valioso de la reflexión de los editores de Espacio Laical es su reconocimiento de las dificultades para la implementación de un modelo sociopolítico que garantice una más amplia participación de todo el espectro político nacional. Es decir, que apuestan por la inclusión de todos los cubanos dispuestos a aportar —sin injerencias externas ni conciliábulos palaciegos— a la construcción de ese modelo “con todos y para el bien de todos” que debe fundar la república social, participativa y democrática del futuro. Lo que sucede es que el optimismo de los autores al señalar la existencia de un buen clima de diálogo que, de seguro, podría garantizar en un futuro la inclusión de este tema en la agenda de debate bilaterales cuestionado por una realidad que hoy marcha en sentido opuesto. Con restricciones y sanciones incluso para aquellos actores que defienden —dentro de la Isla— opciones socialistas alternativas a la oficial pero también divergentes de un llamado “plattismo” que —supuestamente— sería el criterio de exclusión del debate y participación políticos nacionales.

Tal y como lo veo, el viaje papal ha dejado ganancias y pérdidas para todos los participantes de un juego que hoy parece atascarse, como las caravanas en los médanos. El Estado logró el reconocimiento que le otorga la visita del jefe del estado Vaticano y sus cuidadosos posicionamientos públicos, pero perdió al dar una imagen de nerviosismo y tolerancia selectiva —dispuesta para el antimarxismo papal pero cerrada para otras críticas ciudadanas— actitudes que no pasaron desapercibidas a nivel mundial. La Iglesia seguramente logró promesas de una mayor presencia social e institucional, pero a costa de recibir una andanada de críticas por su cauteloso (y, para algunos, cómplice) accionar.

La sociedad cubana seguramente sufrirá —sin los anticuerpos de una vibrante y abierta opinión pública— un mayor avance de ciertos valores conservadores, que avanzan desde los inicios de la década del noventa. Pero ganará —en las manos bondadosas de las monjitas— al menos el consuelo de una atención humana para aquellas personas desahuciadas por la pobreza e indolencia familiares. Y preservará, espero, algo de esa espiritualidad ecléctica, pragmática, libertaria —y en última instancia anticlerical— que permea a retazos tanta alma cristiana, yoruba, agnóstica, mística, homosexual, machista, habanera, guajira… cubana.


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