Actualizado: 06/07/2020 17:11
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Terrorismo, EEUU, 11-S

A propósito del décimo aniversario del 11-S

El longevo gobierno cubano de 52 años posee un amplio historial de relaciones con organizaciones consideradas terroristas en diversas partes del mundo

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La aterradora visión de un avión estrellándose contra una de las famosas Torres Gemelas de Nueva York, repleta de trabajadores aquella mañana del 11 de septiembre de 2001, conmocionó a millones de personas en todo el mundo. Hasta en la casi incomunicada Cuba se supo muy pronto, por las llamadas de parientes y amigos desde Estados Unidos, y la usualmente lenta televisión, que mostró las imágenes ya de ambas torres siniestradas. Muchos logramos seguir en las emisoras de radio internacionales las escalofriantes narraciones sobre otros dos aviones, uno de los cuales se dirigió a Washington DC y finalmente impactó contra el Pentágono.

La zozobra sobre la suerte de miles de personas atrapadas en las Torres Gemelas inmediatamente se tornó en temor por los familiares y conocidos residentes en la Gran Manzana. La angustia nos tocaba de cerca. Tantos cubanos residen en Estados Unidos, hasta en el lugar menos imaginado. Pero en las ciudades emblemáticas del país más poderoso del mundo y utilizando aviones civiles cargados de inocentes pasajeros, eran inimaginables esos atroces atentados terroristas. Al cumplirse el décimo aniversario, recordamos a los familiares de los 3017 fallecidos y 6000 heridos, y acompañamos a los ciudadanos y visitantes de Nueva York que jamás se sobrepondrán totalmente al trauma psicológico sufrido.

Simultáneamente hay que meditar acerca de su nefasto impacto sobre la mayoría de los pueblos y las relaciones internacionales, que alcanzan hasta la actualidad. Terminada la Guerra Fría parecía progresar la cooperación internacional y la solución de los conflictos puntuales en las diversas regiones, con prosperidad económica en Estados Unidos y la Unión Europea, así como el avance de los países emergentes y otros. George W. Bush había iniciado la presidencia pocos meses antes con una agenda que incluso parecía intensificar las relaciones de Estados Unidos con América Latina.

Sin embargo, el mandatario debió priorizar la lucha contra el terrorismo, específicamente para aniquilar Al Qaeda y capturar a su líder Osama bin Laden en Afganistán, en lo que contó con gran apoyo mundial. Los atentados del 11-S fueron el colofón de los ejecutados en 1998 contra las embajadas norteamericanas en Kenya (213 muertos) y Tanzania, y en 2000 contra el navío US Cole en las costas de Yemen, mientras amenazas similares se extendían a cualquier nación.

No obstante, la invasión a Iraq en marzo de 2003, sin evidencia firme de vínculos con la organización ni de la supuesta posesión de armas químicas, causó el rechazó popular en la mayoría de las naciones. Las dos prolongadas guerras, además de ocasionar muchos miles de muertes de civiles inocentes, han provocado gran endeudamiento para afrontar los gastos militares, una de las fuentes de las grandes dificultades económicas de Estados Unidos, que motivó la crisis iniciada en 2008.

Lamentablemente, Bin Laden y grupos de seguidores continuaron sus criminales acciones terroristas en Indonesia, Australia, Arabia Saudita, Marruecos, Argelia, hasta Madrid el 11 de marzo de 2004, causando 191 muertos y 1858 heridos, y Londres el 7 de julio de 2005, con intentos fallidos en Barcelona, Alemania y Estados Unidos, así como amenazas en Italia, Austria y muchos otros lugares. Pero se logró ir debilitando a Al Qaeda, fundamentalmente por la dificultad de movimiento de su perseguido jefe. El 1 de mayo del presente año, Osama bin Laden fue abatido durante una operación comando de tropas especiales de Estados Unidos en su escondite de Abbottabad, ciudad al norte de la capital de Pakistán.

Afortunadamente, Barack Obama puede conmemorar el décimo aniversario de los atentados del 11-S habiendo alcanzado la razón fundamental de la guerra en Afganistán, que Bush desplazó erróneamente hacia Iraq, al tiempo que se realiza la paulatina retirada de las tropas de ambos países. Sin embargo, el mundo no es más seguro. Las promisorias revoluciones en Túnez y Egipto irradiaron a otros países del Medio Oriente, donde actualmente Libia y Siria, con sus especificidades y distinto tratamiento por las potencias, son fichas de dominó en esa volátil región, donde los movimientos terroristas podrían aprovechar la inestabilidad para asentarse, como ya sucede en Yemen.

En Europa la gran crisis económica abate a los ciudadanos y es también caldo de cultivo del extremismo con auge de partidos e individualidades, como las acciones armadas de un hombre solitario en el centro de Oslo y un campamento juvenil en la cercana isla de Utoya causante de decenas de muertos y cientos de heridos en la tradicionalmente apacible Noruega. En América Latina la inseguridad y los cientos de muertes son ocasionadas por el terrorismo de grupos como las FARC en Colombia, y sobre todo por las bandas de narcotraficantes con especial magnitud en México, por cuyo territorio procuran trasladar la droga hacia Estados Unidos, —de donde obtienen las armas para cometer sus crímenes—, que extienden a los residentes en la zona y los emigrantes ilegales de países vecinos.

En el archipiélago cubano, aislado férreamente por el sistema totalitario, no existen esos problemas. Sin embargo, el longevo gobierno de 52 años posee un amplio récord de relaciones con organizaciones consideradas terroristas en diversas partes del mundo. Si bien en años recientes procura demostrar alejamiento de esas prácticas, en el curso de agosto se conoció la insólita noticia de que tres connotados miembros de la banda terrorista española, ETA, residentes en Cuba desde hacía muchos años, llegaron clandestinamente a Venezuela, pues las autoridades los mantenían indocumentados para impedirle viajar, según habían denunciado poco antes. Luego trascendió que fueron deportados a La Habana. Insólito caso de extranjeros que padecen los avatares de los cubanos para recibir un permiso de salida y oportuna reacción de Hugo Chávez.

Este 11 de septiembre convoca tanto al homenaje a las víctimas del terrorismo como a realizar ingentes esfuerzos por alcanzar el entendimiento entre los políticos dentro de sus respectivas naciones y en la concertación entre países, no solo para salir de la profunda crisis económica internacional, sino simultáneamente para solucionar los graves problemas que aquejan a la humanidad desde las causas de la hambruna en el Cuerno de África hasta la paz mundial.


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