Actualizado: 20/10/2021 13:39
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A tantas historias, tantas preguntas

El dolor lacerante que causa la muerte de Orlando Zapata no es justificación para atacar a todo el que apoye al gobierno, especialmente si es alguien que, como Silvio, llama al diálogo y la reforma, considera el autor de este artículo.

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Un gran hombre cada diez años, ¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.
Bertolt Brecht

El 30 de marzo Silvio Rodríguez publicó en Rebelión el texto “Preguntas de un trovador que sueña” donde, inspirado en el poema de Bertolt Brecht “Preguntas de un obrero que lee”, el cantautor se plantea cuestionamientos poéticos que resuenan con conflictos nacionales y mundiales, políticos y generacionales. Las interrogantes del Silvio que sueña, como las del obrero que lee, cuestionan las “verdades” incompletas de la historia, y buscan crear un espacio de conversación flexible. Es particularmente relevante su indagación sobre los dilemas de la realidad cubana actual, los cuales llama a resolver con un diálogo patriótico y pragmático.

En respuesta al implícito llamado de Silvio a reformar conceptos e instituciones en Cuba, y a que los actores internacionales faciliten ese proceso con aperturas, el escritor Carlos Alberto Montaner ha decidido insistir en el pugilato ideológico. De los múltiples dilemas que Silvio esboza, Montaner responde afirmativamente a una pregunta sobre su disposición a firmar una carta de denuncia a los atropellos de la CIA, y le pide a Silvio suscribir una enumeración simplista de quejas contra la historia de la revolución. Montaner distingue a Silvio de su hijo, “el libre”, quien ―según su visión― a diferencia del padre, dice lo que piensa.

En las disputas históricas, es generalmente bueno evitar los extremos. Es irónico que Montaner, quien critica con razón al comunismo por imponer verdades únicas, proponga una rigidez ideológica similar. ¿Alguien cree que la respuesta óptima del exilio cubano ante las preguntas de Silvio es pontificar ortodoxias derechistas sobre la historia de la revolución, retando firmas para cartas impugnadoras? ¿No sería más productivo pensar con Silvio plataformas comunes sobre el futuro, y dejar que cada cual mire las evidencias históricas y haga su propio juicio?

Los méritos de una respuesta

La respuesta de Montaner tiene algunos méritos. Es digno de elogio que acepte denunciar actos criminales y terroristas, cuyas víctimas estaban del lado del gobierno cubano, y los perpetradores del suyo. “No hay perdón para los actos de odio” ―decía Martí―. “El puñal que se clava en nombre de la libertad, se clava en el pecho de la libertad”. Las disculpas, cuando son parte de recriminaciones no resuelven mucho, pero desde la lógica de solución de conflictos van en la dirección adecuada, al contribuir a un proceso futuro de reconciliación.

Es positivo que Montaner llame a una transición pacífica, “sin violencia, sin revanchas”. Lo es, aun cuando no explique “cómo se logra ese prodigio” sin desmontar el embargo que él apoya, y que pretende imponer prioridades arbitrarias a la discusión de derechos humanos (que son más que las libertades individuales liberales) en Cuba. Ni que agregar tengo que aunque la historia de la revolución no se reduce a sus excesos y abusos, cualquier violación de derechos humanos ocurrida bajo el régimen político actual debe ser denunciada y juzgada en debido proceso, si es real. (Ningún tribunal nacional o internacional ha juzgado o acusado a las tropas cubanas de matanza alguna en Ogaden, como sugiere Montaner).

“Vaya forma de saber”

Montaner propone una alianza hipotética de “la oposición democrática y los reformistas del régimen”. La premisa implícita de que ninguna apertura política o económica en Cuba podrá ser impuesta contra un frente común de todos los que hoy apoyan al gobierno es realista. La oposición política tiene reducida capacidad de convocatoria y no representa una alternativa viable. Sin facilitar la posición reformista al interior del gobierno cubano, la transición seguirá estancada.

Sin embargo, Montaner revierte su acierto en desastre cuando amontona condenas para deslegitimar el proyecto político del trovador, justo el “reformista” con quien quiere una alianza. No sólo su argumentatio desentona con la chapucería de sus dogmas, sino que la alianza que propone deja de ser una opción realista. Es ya un lugar común que los grupos antirreformistas del gobierno cubano han usado cada intransigencia en el discurso opositor― como la ostentada por la caótica lista de Montaner― para justificar su propia testarudez.

Conviene apuntar que una parte del exilio sigue teniendo un déficit de credibilidad democrática ante gran parte de la población cubana. Anticastrista y demócrata no son sinónimos. Montaner es claramente anticastrista. Si es demócrata o no, es una pregunta, no una premisa. Sus recientes ataques a la OEA y al Secretario General José Miguel Insulza por condenar el golpe de Estado en Honduras son un indicador curioso.

Incluso si fuera tan demócrata como Nelson Mandela, Montaner no entiende o quizás no quiere entender a los “reformistas” con los que quiere conversar. Esos, que lo han derrotado por cinco décadas, no son vírgenes políticas. El cuento montaneriano de que primero es desmontar el sistema castrista, como prescribe la ley Helms-Burton, y entonces EE.UU. quitaría el embargo, no se les puede dar con el dedito. En política, los tiempos y las secuencias importan. Los que promueven reformas en Cuba han estudiado detalladamente la perestroika. Saben bien que las reformas, muchas veces, destruyen a los reformistas. Por mucha buena voluntad, espíritu nacionalista y pragmatismo que los reformistas tengan, es difícil esperar que hagan grandes cambios si éstos implican su suicidio político.

Por fortuna hay soluciones disponibles. El presidente Carter sugirió en el aula magna de la Universidad de la Habana en 2002 que Estados Unidos levantara la prohibición de viajar a Cuba y que el gobierno cubano diera un tratamiento constitucional al proyecto Varela, debatiendo un referéndum sobre un mínimo de cambios necesarios, como eliminar las restricciones a la libertad de movimiento y la posibilidad de crear empresas privadas. Carter, que ha mediado numerosos conflictos, conoce también la regla básica de secuencia por la que la contraparte más fuerte debe ser la primera en hacer concesiones sustantivas. Por eso sugirió que Estados Unidos diera el primer paso.

Montaner tampoco conoce a los intransigentes del régimen. Según el disidente Oscar Espinosa Chepe: “Para las personas más recalcitrantes del régimen representa un crimen la posibilidad de unión entre los cubanos y están preocupados ante la alternativa del fin de políticas norteamericanas que han servido de excelentes coartadas para encubrir el desastre nacional y la represión contra la ciudadanía” (Espinosa Chepe, Oscar, Barack Obama, Cuba y Estados Unidos, El Nuevo Herald, Agosto 9, 2008). Si el interés es promover las reformas, ¿no sería lógico pedir el fin inmediato de esas políticas?

Montaner ―como dice Silvio en “El necio”― lo viene a convidar “a que se rinda”. Ese es un no comienzo. “Las cosas― dijo Kant― tienen precio; los hombres dignidad”. El camino del socialismo totalitario se cerró. La ideología comunista, tanto como la liberal clásica, son anacronismos. Sin embargo, para muchos cubanos ―tanto en la Isla como en la diáspora― la revolución no fue la basura que Montaner presenta. Sus padres o ellos mismos, alfabetizaron, curaron enfermos en todo el mundo y derrotaron al apartheid, como lo reconoció Mandela.

La historia demostrará si a pesar de los errores y abusos del régimen y el fracaso de su ideología, los comunistas cubanos son capaces de dejar un legado nacionalista sostenible como han hecho sus homólogos chinos y vietnamitas. La respuesta a ese dilema depende sobre todo de una reforma económica e institucional que el país ―como dice Silvio― pide a gritos.

Aunque Silvio no es un cubano de a pie, su posición es representativa. Como muchos, ha apoyado y sufrido la revolución. Hoy demanda reformas al ver el deseo migratorio de muchos jóvenes, las carencias económicas, la corrupción rampante, y el desprestigio de muchas de las metas de antaño. Ya una vez, Montaner lo incitó, a él y a Pablo Milanés a cambiar de casaca. Ganaría más si, en lugar de contestar sus preguntas a nombre de Silvio, analiza su respuesta y acaba de aprender con quien está tratando.

Si Silvio Rodríguez es el “reformista” que Montaner sugiere, ¿por qué en lugar de proponer juegos infértiles de “atrévete” no lo ayudamos a hacer reformas? ¿Por qué desperdiciar esta oportunidad dorada de diálogo, respondiéndole con una lista de lavandería, que incluye hasta supuestas matanzas de las tropas cubanas en el Ogaden en 1977?

Otro diálogo

Un exilio maduro se formularía diferentes interrogantes: ¿Cómo elevar el perfil de la pregunta de Silvio al gobierno cubano sobre una amnistía? ¿Cómo evitar que nuestra condena a la muerte de Zapata sea usada en Madrid para bloquear los intentos de “acompañar” las reformas que Silvio y otros proponen en Cuba? ¿Cómo facilitar el llamado del trovador a relajar las intransigencias “cuya suma nos extingue”?

Las buenas políticas no se basan en catarsis. El dolor lacerante que causa la muerte de Orlando Zapata no es justificación para atacar a todo el que apoye al gobierno, especialmente si es alguien que, como Silvio, llama al diálogo y la reforma. En lugar de insultar al creador de “Ángel para un final”, diciendo que publica en “un vertedero” y que no dice “lo que piensa”, un exilio racional lo invitaría a cantar en Miami y conversar, sin encerronas, en el prestigioso Centro de Estudios Cubanos de la Universidad Internacional de la Florida. En vez de tanto cabildeo a favor de una política hostil, en cuyo contexto se impidió a Silvio asistir al homenaje a Pete Seeger, un exilio democrático se abriría a intercambios culturales y académicos sin limitación. Ese sería nuestro mejor contraste con los controles ideológicos que el gobierno cubano impone; nuestra mejor respuesta al “trovador que sueña” y al “obrero que lee”.

En lugar de “llover sobre mojado”, respondamos a Silvio con creatividad. ¿Por qué los líderes en el norte son líderes ―pregunta el trovador― y en el sur caudillos? No sé de dónde viene tal equivalencia. Las evidencias y el consenso en la ciencia política demuestran que los mejores antídotos al caudillismo son el diseño republicano de separación de poderes y los límites a la reelección presidencial. “Todo poder amplia y prolongadamente ejercido” ―decía Martí― “termina en casta”. Así es en el Norte y en el Sur. Ni Nelson Mandela ni Lula da Silva son caudillos, a pesar de su popularidad. Pregunto a Silvio: ¿Por qué en Cuba es tabú discutir límites a la reelección presidencial? ¿Por qué no tener un parlamento que interpele al ministro de Salud cuando, por negligencia, mueren de frío veintiséis enfermos en un hospital psiquiátrico bajo su responsabilidad?

Admiro a Silvio como poeta pero no adulo a quien respeto. Su pregunta “Si este es un gobierno tan malo, ¿de dónde salió un pueblo tan bueno?” tiene la lógica democrática en reverso. Son los pueblos los que constituyen los gobiernos, no al revés. Si nuestro pueblo es tan bueno, ¿por qué el gobierno comunista no lo deja decidir más?

Venceremos un poquito

Una regla básica para el manejo de conflictos es ponerse en los zapatos del otro. En lugar de retar a Silvio a atreverse a nada, tratemos de entenderlo y busquemos oportunidades de encuentro. ¡Tenemos tanto que hacer juntos! Hagamos nuestra su reformulación del tradicional fin de los discursos revolucionarios: “Patria, Universo, Vida, respeto al semejante y todos venceremos un poquito”.

Coda : Más que alianzas abstractas entre “reformistas y opositores democráticos”, pensemos coaliciones específicas para promover metas patrióticas comunes. La democratización de Cuba es un proceso. Muchos la siguen esperando como un estallido, como el fin de la dictadura de Batista o la caída del muro de Berlín. No tiene que ser así. Las experiencias del Este de Asia demuestran que las reformas económicas graduales y la liberalización de derechos de viaje facilitan el acceso a la información y el crecimiento de la clase media, nutriendo la democratización gradual de las sociedades.



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