Actualizado: 22/06/2018 17:44
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Abusos, EEUU, Política

Abusos al desnudo

Sobre el descenso de la política estadounidense de los últimos 35 años, salvo el paréntesis de la presidencia de Barack Obama

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Primero fueron los curas y obispos. Ahora les tocó a los actores, productores de Hollywood, periodistas y políticos. En todos los casos, no se trata de una conducta nueva, sino de lo por muchos años (décadas, siglos) conocido, sospechado o callado y que estalla de inmediato.

Lo sórdido, obsceno y torpe que se denuncia tiene que ver más con el poder que con el sexo, y cabe preguntarse hasta dónde seremos capaces de llegar en este destape.

Llama la atención que todo este revuelo ocurra en la presidencia de alguien que se jactó de manosear a las mujeres con “la impunidad” que le daba ser “una estrella”. Pero no hay que olvidar que lleva años incubándose: volver a ver Primary Colors. De aquellos polvos ocultos, estos fangos por todas partes.

Aunque el desorden sexual del protagonista de Primary Colors —aspirante a la nominación demócrata y presidente en la escena final— conduce la trama, esta no se limita a un tema de apariencias, falsificaciones y engaños al electorado. En algunos momentos se puede afirmar que la cinta predice el fracaso demócrata actual, el cual ha dejado de ser el partido representante de la clase trabajadora.

El recurrir a la demagogia —y en general al engaño—, siempre presente en las campañas electorales estadounidenses, ha llegado a un grado tal que la ruindad de algunos candidatos, junto a la torpeza electoral y lo dilatado y complejo de la contienda, hacen que el proceso degenere no solo en asco, sino también en aburrimiento. Ocurrió entonces, en noviembre del pasado año. Volverá a pasar el próximo diciembre.

Una aclaración necesaria es que, al igual que las alegaciones nunca probadas contra Trump, aquellas andanzas de Bill Clinton —representadas en la película de Mike Nichols sin nombre, pero con todas las señales— fueron con jóvenes, pero nunca con niñas (al menos es lo que sabemos), lo que diferencia sustancialmente al expresidente de otros como el exjuez Roy Moore, el republicano candidato al Senado que se niega a retirarse de la contienda e incluso podría salir electo el 12 de diciembre.

En este descenso de la política estadounidense de los últimos 35 años —salvo el paréntesis de la presidencia de Barack Obama— hay mucha distancia entre la hipersexualidad de Clinton, las trapacerías de Trump y las diversas acusaciones contra Moore. Casi para añorar aquellos años en que la trama en la Casa Blanca en muchos casos tenía más que ver con problemas de alcoba que con planes para destruir la democracia liberal, aunque sea condenable en todos los personajes.

La impunidad ante lo mal hecho por Clinton, Trump y Moore tiene también un aspecto moral y religioso, que en este país se evalúa de acuerdo al credo protestante. Según el protestantismo que practican los tres, Dios juzga y recompensa no según las acciones de cada cual, sino de acuerdo a sus preferencias. Las acciones sólo se condenan cuando perjudican a los demás, que es el fundamento para los diversos casos de abuso supuesto sexual aparecidos en la prensa. Pero lo que beneficia y perjudica es muy difícil de precisar. No hay “acusados” sino “defendidos”. No hay que demostrar la inocencia. Hay que probar la culpabilidad. Nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Lo demás queda en manos de abogados, jueces electos y jurados muchas veces ignorantes. Por ello, al final todos los procesos se resumen en un problema de dinero: compensaciones y despidos.

En el caso de los políticos, por lo general la impunidad termina resumida a un problema de espejos o espejuelos. Y en esta época de un tribalismo cada vez mayor, en que todo lo del contrario es malo y bueno lo del miembro de la tribu (republicana, demócrata, conservadora, liberal), resulta cada vez más difícil que se imponga la ética sobre la estética de Cambalache.


Este artículo también aparece en las páginas de opinión del diario el Nuevo Herald.


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