Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cuba, Embargo, Miami

Adorables mentiras “anti-imperialistas”

Es una falacia, un insulto a la inteligencia humana decir que Estados Unidos busca en la actualidad la anexión de Cuba

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“El que dice una mentira no sabe qué
tarea ha asumido, porque estará obligado
a inventar veinte más para sostener la
certeza de esta primera”.
Alexander Pope

I

Por muchos años el régimen cubano ha usado los mismos argumentos para combatir el llamado imperialismo norteamericano. Dicen los ideólogos que aquí la batalla es de ideas. Pero no hay ni una sola original. Una que no se repita, machaconamente, en el tiempo. Es como si los disparos fueran dirigidos hacia la propia trinchera, para consumo de los soldados detrás de la muralla, cortina de bagazo, diría el comediante. No se le da al batallador ideológico comunista la oportunidad de confrontarse con “fuego enemigo”; un encuentro cara a cara con lo diferente —político, religioso, filosófico; nada de lo cual pueda sacar una conclusión adversa a lo programado; nada para dudar y “hacer de los hombres mejores seres humanos, es decir, más abiertos...”.

La única ocasión que recuerdo una polémica entre cubanos de opiniones contrarias fue cuando Jorge Mas Canosa y Ricardo Alarcón —este último dicen que a regañadientes—, se enredaron por algunos minutos en diálogo de sordos. Los medios de difusión tuvieron la temeridad de ponerlos al aire, y dar por vencedor a quien fuera presidente de la Asamblea del Poder Popular, la misma que en toda su historia apenas ha tenido un par de votos contrarios al dictum ejecutivo. Los argumentos del opositor santiaguero, luchador contra la tiranía batistiana, pero ya con su reputación bien fusilada dentro de Cuba, fueron de una solidez y una coherencia tal que por primera vez pudimos explicarnos por qué se había convertido en un líder natural del exilio cubano.

Al mejor estilo goebeliano, se ha han repetido tantas mentiras de manera tan impúdica, que el común de nuestros compatriotas sería incapaz de ponerlas en duda; si lo hiciera, tendría un peso en su conciencia: en la Isla las personas carecen de todos los elementos —municiones informativas y formativas— para virar los cañones contra sus mandantes en la “trinchera de ideas”. Algunos de estas mitomanías antiimperialistas del régimen cubano son la anexión, la invasión, el bloqueo y Miami, la ciudad de la gusanera.

II

La idea de la anexión territorial es tan vieja como el hombre mismo, pero comenzó a tomar cuerpo, como la conocemos hoy, en la medida que las colonias se iban desgajando de las antiguas metrópolis europeas. Proceso casi siempre violento, es una especie de fagocitación no solo geográfica, sino cultural y económica: la nación más prospera y mayor engulle a la más pequeña.

El último episodio sucedido es el de Crimea por Rusia en 2014. Y aquí habría que hacer una salvedad, pues los anexados son una mayoría que habla y piensa como los rusos, y no como ucranianos, antigua república de pertenencia. Aun cuando la anexión ha tenido detractores dentro, y sobre todo fuera de Rusia, los anexados parecen sentirse mejor bajo la bandera que ondea en el Kremlin, que la que baten los aires en la Rada Suprema.

¿Cuándo comenzó a plantearse la anexión de Cuba como una posibilidad? Y aún más: ¿Por qué? Es una pregunta en la cual los historiadores no parecen ponerse de acuerdo, pues solo se tiene la tendencia a hablar de la compra y/o anexión norteamericana. Hasta muy pocos años antes de la guerra hispano-cubana-norteamericana hubo escarceos anexionistas con México y otras naciones latinoamericanas y europeas. Desgraciadamente este es un tema poco conocido y menos publicitado.

Pero sí se sabe con certeza que Estados Unidos quiso hacerse de la Isla —como antes tomara Alaska del imperio ruso en 1867. A través de una ley propuesta por el senador John Slidell, se intentó la compra de Cuba a España en 1858. En un trabajo publicado en 1988 por Juan Bellido de Luna en Nueva York, el autor lamentaba la pertinaz recurrencia del tema por más de 40 años. También hay suficientes elementos para pensar que, dada la tozudez española a liberar su colonia más preciada en el Caribe, algunos isleños pensaron en la anexión como único camino de prosperidad. Nadie niega la voracidad de la nación del Norte, en plena expansión entonces. Pero como suele suceder con la historia y sus paradojas, fue un no nacional, el venezolano Narciso López, quien diseñara junto a otros cubanos la bandera, y al mismo tiempo fuera uno de los más emblemáticos anexionistas.

Si nos ubicáramos en 1898, final de la guerra, en Cuba no había ni donde amarrar la chiva como dice el guajiro. Todos los elementos estaban para darse la anexión expedita, o al menos una condición parecida a la de Puerto Rico. ¿Por qué no sucedió así? También hay muchas razones para creer que la mayoría de los cubanos, y de los políticos y hombres de negocios norteamericanos lo creyeron innecesario, incluso contraproducente. La enmienda del senador Orville Platt puede verse como una recusación al anexionismo, si bien de alguna manera ataba las manos a los generales y doctores quienes más tarde se enfrascarían en rencillas e intrigas palaciegas sangrientas que tanto daño hicieran a la primera república.

Es una falacia, un insulto a la inteligencia humana decir que Estados Unidos busca en la actualidad la anexión de Cuba, cuando se niega obstinadamente a la incorporación de Puerto Rico como una estrella más a su bandera. ¿Qué ofrecería la Isla a cambio? La deuda cubana de $11.000 millones con el Club de París sobrepasa por cuatro o cinco mil millones la de la Isla del Encanto. Los políticos norteamericanos tienen muy claro que la Isla no es la Alemania oriental, la cual a esta altura aún luce los estragos de cuatro décadas de comunismo empobrecedor.

La anexión cubana a Estados Unidos, deseada hoy por muchos más cubanos que hace 150 años atrás, no es ni posible ni factible. De modo que cuando los comisarios políticos humillan a los contrarios con el mote de anexionistas, están delatando su poca información y mala formación. Nadie se busca un problema —Cuba hoy lo es—, y mucho menos los norteamericanos, pragmáticos como suelen ser.

III

La Habana, hermosa Habana a decir de Los Zafiros, se llenó de huecos por debajo. Jamás hubo dinero para construir el metro, concluir la Autopista Nacional. Mucho menos para construir las cien mil viviendas por año que se planificaron en todos los congresos del Partido y las asambleas del Poder Popular. Pero sí hubo para la llamada “Guerra de todo el Pueblo”, millones de metros cúbicos de hormigón, cabillas, planchas de acero, y miles de trabajadores dispuestos a convertir la isla en un queso Roquefort —agujereado, maloliente, húmedo, color cardenillo.

La guerra contra Estados Unidos siempre ha sido una suerte de mantra protectora del castrismo. Hay infinidad de chistes sobre el enfrentamiento armado al “imperialismo”. Así de ridícula y torpe es esa adorable mentira. Pero en la mitología, en la leyenda, siempre hay algo de verdad.

Nuestros países han estado a punto de “irse a las manos”. Eso ha sucedido en dos ocasiones en medio siglo: cuando la Crisis de Octubre, y en los años ochenta, al destaparse la historia del narcotráfico, donde Cuba estuvo implicada e incluso investigada por tribunales norteamericanos. De no suceder las causas número Uno y Dos, probablemente Fidel Castro y su hermano hubieran terminado como Noriega. Se dice que otra confrontación hubiera podido surgir con la destrucción de las avionetas de Hermanos el Rescate en 1996. Pero esta última fue eclipsada por la “oportuna” ofensiva diplomática castrista.

De lo que sí no debe caber duda es que los planes para un bloqueo naval total a la Isla, y la probable misión de hombres en tierra se desencadenaría tras un nuevo intento de éxodo masivo por mar. En tiempos del inefable Obama alentaron de manera subrepticia una migración masiva por tierra. Pero en este caso la Administración anduvo ligera taponando, en contubernio con los países del área, las tuberías migratorias que descargaban cubanos en la frontera norte mexicana.

Salvo una circunstancia de ese tipo, o la reanudación de bases militares ofensivas en territorio cubano, no hay un solo militar norteño que apueste un dime por colocar botas sobre un terreno cubierto de marabú, salinizado en un 70 %, sin bosques y ríos sedientos. Una guerra contra la Isla solo puede creérsela el que no sepa como combaten hoy el Ejército y la Marina norteamericanos; a distancia, sin bajas apenas, con el uso de drones y bombas capaces de perforar hasta el búnker donde descansa el Palacio de la Revolución.

¿En qué cabeza cabe que Estados Unidos podría justificar una invasión a Cuba —salvo por los ejemplos antes citados— con la comunidad internacional y su propio pueblo después de los descalabros en Siria, Irak, Afganistán? Una guerra que necesariamente debería ser refrendada por la casi totalidad del Congreso —algo milagroso que eso suceda—, y aprobada por la mayoría de una población agobiada por años de recesión que parecen ir quedando atrás. Una guerra contra Cuba… ¿para qué?

V

El llamado “bloqueo” sigue siendo el estandarte del antiimperialismo falaz. Una vez más, la mentira o la media verdad pueden ser desmontadas con información adecuada, evidente. Es cierto que las administraciones norteamericanas han embargado durante más de medio siglo a la economía cubana. Todas las operaciones financieras del castrismo son monitoreadas por la OFAC (Office of Foreign Assets Control, por sus siglas en inglés). Ellos no hacen la ley, la ejecutan. La ley fue en respuesta a la confiscación de bienes norteamericanos en Cuba, que no se han resarcido, y menos ahora, cuando el Gobierno cubano se ha hecho de deudor en adeudado por daños y perjuicios debido, precisamente, al “bloqueo imperialista”.

Ciertamente, el Gobierno de la Isla está impedido de hacer negocios con entidades norteñas y usar su moneda en el mercado internacional. Es una ley muy soberana de Estados Unidos decidir con quién comercia y con quién no. ¿Afecta al pueblo cubano? Sin duda. Es lo mismo que sucede con los secuestradores y los secuestrados. Una técnica es quitar la luz eléctrica, el agua y limitar los alimentos para negociar. ¿Es una técnica dudosa éticamente? Sí, lo es, porque pone a sufrir tanto a víctimas como a victimarios. ¿Y qué es lo que busca? Entre otras cosas, que sean las propias víctimas quienes tomen acciones desde adentro contra los secuestradores. Esa es la parte, digamos poco moral del asunto, porque conociendo la vileza de los secuestradores, capaces de no negociar nada si no los beneficia, no van a transigir. Entonces solo quedarían dos vías: entrar por la fuerza y hacer el rescate; o dejar que los secuestradores se salgan con la suya, y después pasar la cuenta a quien la deba.

Donde el régimen cubano eleva la falsedad a nivel estratosférico es cuando dice que un presidente estadounidense puede tomar acciones contra el “bloqueo”. El presidente Barack Obama no hizo más porque no pudo, y por cierto, tal vez trasgredió algunas normas con sus órdenes ejecutivas respecto a la Isla. Solo el Congreso de Estados Unidos, plural, controvertido, en ocasiones tan dividido que parece paralizado, puede quitar o prolongar el embargo. Y los legisladores, que sí representan a sus elegidos porque se someten a elecciones periódicas, tienen suficiente libertad e información para pasar o no leyes a favor y en contra del embargo.

Pero es difícil convencer a una mayoría parlamentaria cuando el régimen cubano no muestra un ápice de apertura real a otras opciones políticas —un derecho humano inalienable—, y bloquea al zapatero remendón, al hotelero privado, al chofer del almendrón y cuanto oficio menor se le antoje. Entonces los senadores y representes norteamericanos ya no piensan si es moral o no el embargo a la Isla, sino en términos prácticos, cash: ¿cómo hacer negocios con un país que reprime la libertad individual, la creatividad humana, la necesidad personal e intransferible de mejorar económica y socialmente?

Si el régimen cubano cree que los políticos del Norte son tan tontos de dar créditos a un país con un historial de delincuencia financiera e irrespeto por sus propias leyes, están en un error. Pero a veces parece que creen que sus compatriotas si lo son, y repiten hasta la saciedad que los hombres de negocios del Norte luchan por el levantamiento del embargo o el bloqueo; que en Miami hay todo un movimiento, mayoritario, para levantar las sanciones; y que los bancos norteamericanos andan corriendo detrás de los empresarios cubanos para colocar sus capitales en las bóvedas de la Isla.

Una mentira mayor es aquella que, por omisión, ningunea el papel sostenedor del exilio. La Isla sobrevive gracias, entre otras muy pocas cosas, a las remesas que desde el país bloqueador se envían a Cuba. Esta cifra, conservadora, ronda los $4.000 millones. Y no se incluyen aquí los uniformes escolares comprados en el “Ñoo qué barato” de Hialeah. En la prensa oficialista se publicitan las visitas de las delegaciones norteamericanas como si ya las inversiones fueran un hecho. Quienes estamos de esta orilla sentimos pena por quienes dentro de la Isla se puedan creer semejantes falacias. Una golondrina no hace verano como un gringo desubicado no hace Wall-Street.

El problema del bloqueo/embargo es que solo ha funcionado para los discursos, la retórica. Un bloqueo significaría una acción de guerra, y contemplaría la paralización inmediata de las remesas, los paquetes, la navegación área y marítima sobre y desde la Isla, la confiscación de bienes y servicios prestados por terceros al régimen cubano en otros países. Seguir hablando de bloqueo para justificar los desmanes y la ineficiencia de un modelo inhumano y fracasado es una más de las “adorables” mentiras que muchos insisten en creerse, incluso aquellos que están de acuerdo en mantener el embargo.

V

Debe haber enfurecido mucho a los jerarcas del régimen cuando el presidente Barack Obama dijo en pleno Gran Teatro de la Habana: “En una economía global, impulsada por las ideas y la información, el mayor recurso de un país es su gente. En Estados Unidos, tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano es capaz de construir: se llama Miami. Aquí en La Habana, vemos ese mismo talento en los cuentapropistas, las cooperativas, los autos antiguos que todavía ruedan. El cubano inventa del aire”.

Quienes crecimos en Cuba oímos todo tipo de cosas —siempre malas— de esta ciudad al sur de la Florida. Hoy podríamos decir muchas más, pero las buenas harían palidecer las malas. Los cubanos de la Isla apenas saben que sus compatriotas, por varias generaciones, dominan la política, la economía, muchas de las instituciones científicas, universitarias y tecnológicas del condado Miami-Dade. Que el firmamento de la ciudad se va llenando de rascacielos, donde vive una buena cantidad de los más famosos artistas, deportistas y hombres de negocios de todo el mundo. Solo el presupuesto de Miami-Dade para 2017 es de $7.400 millones, contra unos 58.000 millones del presupuesto ejecutado en pesos cubanos —importante aclaración— en toda la isla durante 2016; o sea, el área metropolitana donde producen los “apátridas”, aporta a la economía de Estados Unidos solo siete veces menos que todo un país socialista “próspero y sustentable”.

Hay problemas en Miami. Como en cualquier mega ciudad que haya crecido a tanta velocidad en los últimos veinte o treinta años. Tráfico no, infierno automovilístico. Alquileres caros. Seguros de carros y casas por las nubes. Bajos salarios. Fraudes. Robos de identidad. Salud cara y no siempre buena. Como en Miami casi todo el mundo se conoce de la Isla, o al menos ha tenido algún pariente que ha trabajado en el mismo sitio que otro, es un pueblo chismoso, siempre hay un brete distinto. La televisión en español no siempre es buena. La radio, quien sabe por qué, es mejor. Y también como muchos cubanos que llegaron hace medio siglo se niegan aun a hablar el idioma, en Hialeah hay letreros que dicen medio en broma, medio en serio: aquí se habla inglés.

Pero en Miami han confluido, como si fuera en un paréntesis cultural atemporal, todo lo que los cubanos somos y todo lo que no debemos ser. El talento y la mediocridad, el amor y el odio de generaciones que fueron machadistas, batistianos, fidelistas, y después no fueron nada. Y jamás regresaron a su tierra. Por eso ofender a Miami es ofender a Cuba toda, porque no ha sido solo un reducto de oposición política, sino que es una fortificación contra el olvido: aquí se guarda con una pureza a veces timorata, la cubanidad y sus tradiciones, la música, el arte y la literatura de todos, sin distinción de credos políticos, razas o religiones.

En fin, si Miami no existiera, habría que inventarla. Y no como una adorable mentira sino como lo que es, con sus luces y sus sombras: la masa inercial, primigenia, que en el futuro podría reconstruir la república moderna que con todos y para el bien que todos merecemos.


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