Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cultura, Internet

Agentes contra el cambio

Una prueba más del inmovilismo y de la calidad del régimen que apunta como siempre hacia el aislamiento, el desprecio al pueblo y los intelectuales

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En la edición impresa del Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, el periódico Granma, correspondiente al martes 15 de marzo último, se dedican las páginas 4 y 5 de las ocho con que cuenta (el 25 % del total pues, que no es poco), a un reportaje cuyo tema es recurrente en los medios de propaganda del régimen: la eterna conspiración de Estados Unidos para intentar derrocar a la “revolución” con la complicidad de una oposición interna fabricada desde fuera y que, por lo mismo, según ellos, no es tal. Lo titulan (al susodicho reportaje) ¿Agentes para el cambio?

Está basado exclusivamente en la información (tómese nota) de un otro “agente” de la Seguridad del Estado al que hay que creer (o tienen que hacerlo los cautivos lectores cubanos), pese a que cabe suponer recita un libreto elaborado por sus jefes. ¿Contrastar? Bien, gracias.

Sin embargo, no esperen que lo desmienta. Al contrario. Comenzaré por dar como bueno todo su testimonio.

Vale: el personaje central del texto, un licenciado en lengua inglesa devenido agente de la Seguridad del Estado, fundó en 1998 la web Arte Cubano y, por ello, en verdad fue contactado por “diplomáticos de la SINA” con el pretexto de ayudarle en su proyecto. Y enseguida —recuerda el “agente” Robin, que ése era su nombre de “guerra”—, comenzaron a llegarle “decenas de cajas de libros, revistas y publicaciones”.— ¿Tomaron nota? Libros, revistas, publicaciones.

Y sí, aceptemos que el propósito era, como en Polonia, y cito al agente: “ahogar con un abrazo”. A fin de cuentas ése es un método que el régimen conoce de primera mano, no solo porque han intentado ahogarle de ese modo, sino porque además él mismo lo ha hecho varias veces y a muchos objetivos dentro y fuera de Cuba. Un método trampa, porque rechazar el abrazo o la zanahoria es tan reveladoramente arriesgado como no hacerlo.

Pero sigamos: Aceptemos que durante el segundo mandato de Clinton la SINA —y cito— “abrió como nunca la entrega de visas para ‘facilitar el intercambio cultural’, mientras sus especialistas valoraban qué sectores de la intelectualidad pudiesen propiciar la aparición de movimientos artísticos ‘paralelos’; en esencia, que fueran contestatarios e ‘independientes del Estado’”.

Valórese, sin más comentarios por el momento, la magnitud y, sobre todo, el contenido de la “conspiración”. No obstante, aceptemos (y continúo con las citas del reportaje) que con ello esperaban que “desaparecería el sentido revolucionario en el movimiento cultural cubano, algo que se había experimentado en la otrora Checoslovaquia. Fue el filón que vio Larry Corwin, un especialista de arte, entonces secretario de Prensa y Cultura de la SINA, quien desde su llegada al país desarrolló una intensa influencia en el medio cultural de la Isla y de la llamada prensa independiente”.

Algo que —recuerdan o “informan” a los lectores isleños—, no es nuevo: “Desde la Segunda Guerra Mundial, y el posterior inicio de la Guerra Fría, los servicios especiales pusieron a punto un aparato de subversión dirigido hacia un público intelectual, a partir de cadenas de instituciones fachada con presuntas finalidades de muy diversa índole. Los fundadores de esa maquinaria de subversión fueron académicos y especialistas en guerra psicológica, cuya actividad en ese campo tiene numerosas experiencias a lo largo de la historia”. A continuación califican todo esto —aceptemos, ya que estamos, que en propiedad— de “maquinaria de subversión”. Y explican, también con razón, que se trata de (…), “métodos de influencia afinados durante décadas, mediante los cuales se acercan a las personas ‘seleccionadas’ a partir de estudios de su personalidad y el rol que podrían desempeñar en la sociedad”.

Aceptemos además que, como afirma el agente, “Según la apreciación de la CIA y de la SINA, al alcanzarse ese objetivo, llegarían a crear futuros destructores del socialismo, auténticos conspiradores, de los que iban a ‘tumbar el muro de Berlín en Cuba’”.

Pero lo importante es que (y sigo con las citas, disculpen): “El objetivo de la operación emerge entonces con claridad: inculcarles ‘los intereses que las instituciones culturales de Estados Unidos perseguían’”. Y prosigue: “A esas alturas se había establecido una especie de regla: esperando que ocurriera aquí lo mismo que en Europa del Este, el mercado occidental y particularmente el estadounidense estaba ávido de un arte cubano contestatario e hipercrítico”. —Aquí, aunque mantengo la tesitura de aceptar, creo se impone una acotación: ¿Debe entenderse que también el mercado estaba metido en dicha conspiración? ¿O sea, debemos aceptar (o deben los desvalidos lectores cubanos) que la CIA y el Gobierno de Estados Unidos también determinan qué arte debe consumirse en su país e, incluso, en Europa? ¿Que en Estados Unidos “las instituciones culturales” funcionan como en Cuba; esto es, bajo el mandato del Estado?

Luego, como colofón, una capitana de la Seguridad del Estado explica —aceptemos, en cumplimiento de mi promesa, que con absoluta propiedad— que el Instituto Republicano Internacional (IRI) “desempeña un activo papel en el programa Cuba de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés), y para ello ha establecido dos objetivos prioritarios, que son incrementar el libre flujo de información desde y hacia la Isla, y en segundo lugar la conformación de organizaciones no gubernamentales que faciliten sus fines”. Y como ejemplo de esta actividad “subversiva” informa que “han entrado por diferentes vías más de 10.000 radios de onda corta, y casi dos millones de libros, y productos multimedia con propaganda que alienta el ‘cambio’”. —Sí, han leído bien: radios, libros, propaganda.

Abundando sobre lo mismo, añade: “Pretendían comprar los favores de nuestros artistas e intelectuales, ofreciéndoles exposiciones y promociones en diferentes galerías norteamericanas, a cambio de que reflejaran una realidad discordante o distorsionada… La finalidad era crear un estado de opinión, un fenómeno cultural ficticio, fabricado, con el cual se intentaba expresar al mundo que los intelectuales cubanos estaban en contra de la Revolución”. Según esta agenda, los artistas debían “reflejar conflictos inexistentes aquí (en Cuba, se entiende) como lo relacionado con el tema racial”. —Sin comentario. ¿Acaso no sería irrespetuoso hacerlo ante algo que se explica por sí mismo?

E insiste en la vieja tesis de la zanahoria: “…como lo ha demostrado con el establecimiento, en enero pasado, de las medidas emitidas por Clinton al calor de la Torricelli y derogadas por su sucesor republicano en 2001 y que, entre otras decisiones, proclama la posibilidad de que estadounidenses viajen a nuestro país con objetivos académicos, educacionales, culturales y religiosos…” —El mismo comentario sin comentario del párrafo anterior.

Algunas consideraciones

Como escribí al principio, parto de un presupuesto: el informe del agente, ampliado por la capitana especialista, es totalmente objetivo. Podemos aceptarlo porque, aun cuando no lo aprobemos en realidad —al menos no en su conjunto—, vale como documento gráfico para lo que quiero demostrar; a saber: que estamos en presencia de la visión de una dictadura totalitaria típica. Es como una radiografía que refleja, entre otros despropósitos patológicos, el menosprecio de su pueblo, incluidos los artistas e intelectuales.

En caso contrario la publicación de un documento semejante sería impensable. Ni siquiera valdría como broma. ¿A quién se le ocurriría en un país libre tildar de conspiración el intercambio cultural; la creación de movimientos artísticos independientes del Estado (incluso la hipótesis de que pueda haber alguno que no lo sea); el intento de que desapareciese de la mentalidad de los artistas e intelectuales un determinado marco o estuche ideológico; el flujo libre de la información entre los países; la conformación de organizaciones no gubernamentales; la creación artística sin tabúes y la introducción de radios de onda corta, libros y material de propaganda sobre, por ejemplo, los derechos humanos?

La pretensión es, en sí misma, una confesión. Si resumimos el caso que nos ocupa, vemos solo que Estados Unidos —lo dice el propio reportaje— ataca al régimen con “zanahorias” o “abrazos”. Conspira, entre otras cosas, con Internet, libros e intercambio cultural. O sea, con ideas. Y el régimen, que tiene toda la propaganda en sus manos y unos cacareados sólidos principios, responde del único modo que conoce: el policíaco. El de la “inteligencia”; no la del intelecto —que es la que cabría esperar—, sino la otra; la de los agentes que, en este caso, hacen además una labor de distorsión y de manipulación para inducir comportamientos previamente criminalizados en sus códigos. O sea, responde con agentes contra el cambio.

Se trata pues de una prueba más del inmovilismo y de la calidad del régimen que apunta como siempre hacia el aislamiento, el desprecio al pueblo y los intelectuales, el peligroso nacionalismo a ultranza y el desdén o el miedo al debate, la información y la libertad para expresar las ideas y los sentimientos con un sentido no necesariamente “revolucionario” en la acepción contrarrevolucionaria que ellos, los comisarios del partido y la policía política, confieren al término. Pero muy especialmente se trata de una prueba de su modus operandi. Obsérvese —y con ello concluyo— que los opositores supuestamente fabricados por Estados Unidos terminan siendo los que ellos han fabricado previamente, con el fin de que parezca que el fabricante es el otro. O sea, que aquellos son primero, si no solo, sus agentes. Y les aseguro que no es una simple coincidencia.

Como no lo es el hecho de que algo así se publique precisamente ahora, cuando se ha estado recordando, con un escalofrío, el octavo aniversario de la Primavera Negra.


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