Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Debate Intelectual, Exilio, Escritores

Alergias e Inquisiciones

Hacia un esfuerzo común para intentar trazar una pequeña hoja de ruta, y así poder escapar de los violinistas sordos

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Desde hace un par de semanas, el problema de los debates dentro de la intelectualidad y esfera pública cubanas ha adquirido renovada notoriedad en varios foros virtuales, generando un intercambio que, a ratos, adopta rasgos tan sugerentes como desafortunados. En medio de ese ajetreo, una publicación mía provocó reacciones alérgicas en un par de amigos de la Isla, y me granjeó las diatribas de algunos desconocidos del exilio, quienes la interpretaron —indistintamente— como injusta crítica y como defensa inmerecida. Por cuanto en un entorno polarizado como el nuestro las pasiones obnubilan los diálogos y apenas se puede quedar bien con la conciencia propia, decidí concentrarme en otros asuntos urgentes, enviar a íntimos —y a quien me lo solicitó por vía electrónica— mis argumentos y esperar a que se aclarara la polvareda para hacer un segundo balance. Es justamente eso lo que pretendo hacer ahora, cuando —aunque la cosa no parece amainar— parece haber suficientes elementos para retomar seriamente el tema.

Lo primero que creo es que este intercambio tiene (o puede tener) un saldo ambivalente. Por un lado, mueve las fronteras de acuerdos tácitos o supuestos en torno a los sentidos y contenidos de la esfera pública, la acción y el diálogo sociocultural entre creadores y públicos de la Isla y su diáspora, exponiendo la suprema fragilidad de sentidos y lugares comunes construidos en torno a estos. Por el otro —y he aquí mi mayor preocupación—, (re)abre heridas, resquemores y trincheras, que terminan beneficiando a quienes no tienen madera ni vocación de intelectuales o artistas y hacen de la represión de los intercambios y la difamación un modus vivendi. Alimañas que habitan los predios de la institucionalidad cubana y de grupos de poder y opinión del exilio.

En lo personal, he sentido como algo terrible la cantidad de andanadas recibidas por personas como Leonardo Padura —cuya vida y obra no son las de un esbirro cultural, sino una gloria de las letras criollas— a quien se le ha reconocido casi nada y se le ha emplazado por casi todo. Un lúcido (y casi solitario) artículo llamando a la razón y la mesura no ha sido suficiente para compensar la hemorragia de juicios y descalificaciones que, con más soberbia que respeto, han dedicado a los intelectuales de la Isla algunos colegas de la diáspora. Actitud que si bien puede deberse, en algunos casos, a experiencias de insolidaridad vividas en la Isla, parece responder en otros casos a una casi recurrente compulsión a “recuperar el tiempo perdido” y ser “más papistas que el papa”.[1]

Pero no menos terrible es que los aludidos, en su escozor, han terminado “prestando” (con o sin permiso) sus nombres y argumentos a los censores del patio, mismos que —huérfanos de ideas— enrarecen y distorsionan el debate político y cultural en la Isla. Estos personajes no han demorado en colgar las respuestas de los intelectuales habaneros en los mismos blogs donde la ausencia previa de la obra de estos ha sido tan notoria como la sospecha y rechazo (mal disimulados) que sus intervenciones provocan en estos rotweillers del pensamiento. Al final, los extremos de este intercambio terminan copados por las hipersensibilidades de quienes —adentro— confunden cualquier crítica con envidia, traición o abandono de sus colegas y por las insolencias de aquellos que, desde fuera, pretenden dictar cátedra a los primeros sin esbozar siquiera un mínimo reconocimiento a sus no pocas actitudes y aportes valiosos, y sin sentir el menor estremecimiento por estar ajenos a las amenazas que supone vivir en las condiciones de los aludidos.

Como aquellos violinistas del Titanic, que tocaban hasta el cansancio (y la muerte) haciendo caso omiso a lo que ocurría a su alrededor, los alérgicos parecen ignorar que, ciertamente, en Cuba existen factores estructurales —palabrita que repito con obsesión sociológica desde mis intervenciones en Casa de las Américas y el ISA cuando los debates del “Quinquenio Gris” en 2007— que configuran los modos de organizar, concebir y administrar la cultura y su difusión, que incluyen formas más o menos abiertas y/o veladas de exclusión, censura y represión de las voces críticas, aplicadas por una gama de agencias que abarcan desde el Ministerio de Cultura, pasando por las asociaciones de creadores (AHS y UNEAC) hasta llegar a los muchachos inquietos de la Dirección de Contrainteligencia del MININT.

Pero —en otra variante de la misma orquesta—, quienes condenan en bloque a los creadores de la Isla (y sus instituciones) no dan cuenta de la mezcla de rebeldía, ingenio, concertación y negociación (término que no siempre oculta concesiones unilaterales y espurias) con que no pocos han utilizado esos canales y membresías para promover un arte no museable, interpelar al poder y defender tanto la persona, obra y derechos de los miembros del gremio. La Bienal de la Habana y la Muestra de Jóvenes Realizadores, las discusiones sobre política cultural y las ediciones de autores antes proscritos, unidos a las decenas de pequeñas escaramuzas cotidianas, tienen que ser puestos en “la factura”, sin sobredimensionar u ocultar su impacto, so pena de caricaturizar nuestra realidad. ¿O alguien cree que el escenario que deja el saliente ministro Abel Prieto es solo una viñeta de hegemonía negociada y no también un agónico marco de luchas y reacomodos éticos, estéticos y políticos? ¿Y que, si en sus manos estuviera, los burósofos de la Academia y los lobotomizados megáfonos del aparato ideológico no erigirían un modelo cultural norcoreano donde las exposiciones de plástica llevaran por título “Los Cinco Volverán”, se abriría un Plan de Formación Emergente de “Colmenitas” y el bocadillo central de las obras teatrales sería el infame “Machete, que son poquitas” con que unos tristes seres acosan a las Damas de Blanco en las calles habaneras?

Pero si las posturas extremas —por las respectivas dosis de razón que poseen y por el daño hecho a la mutua comprensión— son insuficientes para convencer al otro de su justeza y pertinencia, creo que algunos “datos” pueden mover el debate (y la realidad) lejos del fatal punto muerto que hoy —para goce de todos los mercaderes del odio— nos amenaza. Esas razones se erigen sobre la esperanza que construyen quienes, dentro de la Isla e incluso con su pertenencia o apego a las instituciones y legalidad cubanas —aunque no a sus manipulaciones infames— desmontan los argumentos de sospecha y (auto)justificación de quienes ven en el “otro” a un juez desinformado con domicilio madrileño o un tarifado tartufo residente en Miramar.

Frente al viejo tema que sigue dividiendo la real esfera pública cubana (la segmentación y consiguiente falta de diálogo/solidaridad entre los espacios/actores que la constituyen, saldo mixto de dogmatismos y censuras) la promoción de la civilidad y la defensa de lo público se van constituyendo en ejes articuladores de un reconocimiento, primero, que luego desemboca en respeto, diálogo y solidaridad, entre posturas ideológicas que asumen sus diferencias pero chocan contra el enemigo común. Este proceso no ha estado exento de sectarismo y errores de las partes, como resultado de las dificultades para la comunicación horizontal entre los diversos grupos y foros, un claro producto de las represiones, censuras y sospechas generadas por el poder. Pero constituye un fenómeno sociológico nuevo (que no existía como tendencia hace un quinquenio, cuando nos involucramos en el affairePavón reloaded) y cuyas raíces remiten, de forma fragmentada e inexacta, a la emergencia de colectivos y espacios autónomos culturales (notablemente situados a la izquierda del poder) durante la segunda mitad de la década del 80, iniciativas estas que fueron rápidamente desactivadas con una estrategia que mezclaba represión, emigración y cooptación, la cual que no parece surtir el mismo efecto con los actuales activistas.

La existencia y ampliación de las presentes iniciativas adquiere una relevancia directamente proporcional a los resultados de la ofensiva oficial visiblemente destinada a implotar o vaciar de sentido (por irrelevantes) a los espacios de debate sociocultural existentes, condenándolos a elegir entre la complicidad o la clausura. Esta razzia anticultural (que ya lleva al menos tres años de febril actividad) debería llevar a los intelectuales orgánicos del socialismo cubano —que son personas honestas e inteligentes y no meros alabarderos del régimen— a revisar sus discursos excesivamente normativos, en los cuales los deseos se confunden a menudo con las realidades —y donde, por ejemplo, se pontifica el meritorio trabajo de mis compañeros del Observatorio Crítico sin decir que por ese mismo trabajo son objeto de sanciones, vigilancia y exclusión de los aparatos represivos y culturales del estado— y a reexaminar sus criterios de reconocimiento e inclusión selectivos del “otro”, convenciéndose que —pese a cariñitos ocasionales que les dispensan— ellos son ontológicamente “otros” para el poder.[2]

La actual coyuntura también podría sugerir una revaluación de las aspiraciones (y opciones) de estos gestores para negociar con el Estado cotos de autonomía; sobre todo porque ahora la negociación parece ser “a la baja”. Y como todo poder solo negocia cuando puede ofrecérsele algo, en tanto esos espacios “tradicionales” sigan perdiendo capacidad de convocatoria, sus animadores se tornan susceptibles de terminar sus días como aquellos pastores protestantes isleños que —de tanto coincidir con la agenda del Gobierno— han terminado desdibujando su identidad y objetivos. Convirtiéndose, para las autoridades cubanas, en entes “ignorables”, de quienes ya no esperan obtener aquello que necesitan y que ya no pueden obtener por medios propios: acceso y legitimidad ampliados a nuevos y amplios públicos, dentro y fuera de la Isla

Por último (pero no menos importante, dada la creciente mercantilización que parece envolver los predios y almas criollos) los intelectuales que cultivan especiales relaciones dentro del mundo académico global (y especialmente de EEUU y América Latina) deberían recordar que necesitan un mínimo de credibilidad interna demostrable, que la retórica vacua y los juegos verbales no seducen a los públicos crecientemente informados allende el Malecón y que el perder puntos como voceros del reformismo o la crítica de izquierda, los torna, sencillamente, menos cotizables. A menos que se quiera contraponer, al (ciber)chancleteo, la no menos inútil y ominosa especie del (ciber)cantinfleo.

Así que, sea por la impronta de Adam Michnik o su tocayo Smith, vale la pena que el gremio aproveche este affaire para revaluar sus rumbos e identificar agendas y propuestas comunes y concretas, entre sus integrantes de dentro y fuera de la Isla. Si prevalece la lógica de un activismo (radicalismo autolimitado) que sostiene la preservación de la autonomía como condición vital frente al avasallamiento estatal/mercantil o si se apela al capital social acumulado para obtener un pasaje privilegiado al bazar global de las ideas y las artes (Ley del Valor mediante) ello puede no importar tanto. Lo decisivo —creo— es que no nos echemos, mutuamente, más basura encima, que las dentelladas no ocupen el sitial de los argumentos y que los puentes no sean sustituidos por alambradas. Y que la ética de la resistencia, el respeto y hasta del temor asumido como condición humana frente al desenfreno del poder —de la cual Virgilio Piñera nos dejó su valerosa e insuperada lección— guíen nuestro andar lejos, muy lejos de todos los cienos… donde a veces solemos hundirnos con nuestros propios pasos.



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