Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Disidencia, Oposición, Iglesia Católica

Apatía y represión

Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle de Cuba

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En Cuba las marchas de las Damas de Blanco han logrado una amplia difusión en la prensa internacional, pero también demostrado la incapacidad para convertir una queja en un reclamo masivo de la población. Esos límites del movimiento opositor trascienden a las características de cualquier grupo y constituyen un problema nacional a la hora de buscar un avance democrático.

Cuando se analizan las causas que a lo largo de los años han impedido el avance de un movimiento opositor abundan las referencias tanto al entorno como a los protagonistas. En este artículo no se hace referencia a la actuación de los miembros de la oposición —sus virtudes, logros y limitaciones—, un tema tratado con frecuencia en estas páginas, sino a las circunstancias generales en que llevan a cabo su labor.

Varios factores conspiran para que en Cuba no ocurra un movimiento de protesta callejera amplio y espontáneo.

El primero es que ya pasó. Al principio de la revolución, salieron las amas de casa a las calles de Cárdenas batiendo cacerolas y ollas y gritando: “Queremos comida”. Desde la capital de la entonces provincia de Matanzas el capitán Jorge Serguera envió a los tanques para que avanzaran sobre el pueblo. La intervención del fallecido expresidente Osvaldo Dorticós impidió que se produjera una masacre.

El llamado “Maleconazo” fue otro acto de protesta popular y masivo, pero destinado sobre todo a lograr la salida del país.

Diversos actos esporádicos, más o menos con la participación de un sector de la población y en diversas provincias, han sido fundamentalmente por razones económicas, como hace unos años la protesta de cerca de 200 dueños de coches tirados por caballos en Santa Clara.

El segundo factor es que más allá de las simples turbas controladas, el régimen cuenta con tropas adiestradas y equipos de lucha contra disturbios —entre ellos vehículos antimotines—, listos para poner fin a cualquier manifestación popular. A ello se une la existencia de una fuerza paramilitar, que ha demostrado su rapidez y capacidad represora en otras ocasiones, y que de inmediato entraría en combate ante una amenaza seria de insurrección callejera.

Las dos cuestiones mencionadas tienen que ver no solo con la represión como práctica sino también como “ejercicio profiláctico”. No solo se reprime a los que actúan sino también a quienes no se atreven. A esa ciudadanía que aún permanece en calma también van dirigidos los actos de repudio, las contra manifestaciones, los golpes, los insultos y las obscenidades. Son una advertencia.

Sin embargo, un importante aspecto que demora o impide un movimiento espontáneo de protesta masiva es la apatía y desmoralización de la población. La inercia y la falta de esperanza de los habitantes del país. Su falta de fe en ser ellos quienes produzcan un cambio. El gobierno de los hermanos Castro ha matado —o al menos adormecido— el afán de protagonismo político, tan propio del cubano, en la mayor parte de los residentes de la Isla.

El exilio como futuro —como alejamiento colectivo para ganar en individualidad— es un aliciente mayor que un enfrentamiento callejero. Más fácil se arriesga la vida en una balsa que en una calle. El desarraigo es preferible a la afirmación nacional limitada al concepto de patria, porque se llega al convencimiento —aunque sea intuitivamente— de que no hay nada en que afirmarse.

En primer lugar, la geografía como parte de la política. Puede que las cacerolas se oigan primero en el interior del país, pero deben escucharse en La Habana. La posibilidad de que el estallido popular ocurra primero extramuros obedece a factores económicos: la pobreza mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.

Desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha. Por lo tanto, a diferencia de que lo que ocurrió en Argentina, serían los estratos más desposeídos los iniciadores de la protesta. La gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

En caso de producirse un movimiento de protestas populares, y de ser espontáneo, lo más probable es que no contaría con la participación mayoritaria de los miembros de la sociedad cubana más identificados con el rechazo al régimen, porque éstos son al mismo tiempo los que tienen más dólares, ya sea gracias a las remesas familiares, el comercio ilícito o los trabajos por cuenta propia.

Otro factor a tener muy en cuenta es la composición étnica. ¿Cuál es el segmento que en la actualidad sufre más privaciones en Cuba? No hay duda que la población negra constituye el caldo de cultivo para un estallido social. Sus miembros son quienes tienen menos posibilidades de recibir dólares del extranjero y también a los que discriminan de los trabajos en hoteles, restaurantes y transporte de turistas. En igual sentido, carecen en su mayoría de viviendas con la capacidad suficiente para alquilar cuartos a extranjeros, ni poseen automóviles u otros recursos que les faciliten la adquisición directa de los dólares de los visitantes. Hay pocos negros dueños de paladares o propietarios de casas de huéspedes. Como una evidencia más del fracaso del régimen, han vuelto a ser relegados a las esferas tradicionales donde antes del primero de enero de 1959, el triunfo económico y social era un anhelo costoso y renuente. Para la población negra, el bienestar del dólar se limita a quienes se destacan en tres esferas muy competitivas: el deporte, la prostitución y el arte.

De producirse cacerolazos en Cuba, el régimen los reprimirá con firmeza. No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo. Imposible no usar la violencia. En cualquier caso lleva las de perder. La habilidad de los hermanos Castro radica en evitar las situaciones de este tipo.

Fidel Castro logró sortear el “Maleconazo” de 1994 con una avalancha de balsas hacia la Florida. Esa salida está agotada. La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero en el peor de los casos lo tambalea frente a un precipicio.

Ningún dictador tiene a su alcance un manual que lo guíe, sino ejemplos aislados: los hay tanto de supervivencia —el caso de China—, como de desplome —el de Rumania.

La naturaleza centralizadora y represiva del régimen siempre ha impedido crear una contrapartida en suelo cubano que avance más allá de las limitadas denuncias y violaciones a los derechos humanos y el trasiego cotidiano, por muchos años semiclandestino, para lograr la comida.

De esta forma, el reverso económico del modelo cubano está en Miami. Sin embargo, este modelo es al mismo tiempo conocido y ajeno para el cubano de a pie. Fuente de fantasía, esperanza y envidia.

Tampoco es posible esperar que puedan trasladarse de inmediato patrones laborales, condiciones empresariales y características propias de una nación súper desarrollada, en cuanto a capacidad macroeconómica y dominio tecnológico mundial, a un país empobrecido como Cuba.

Para la mayoría de la población de la Isla, la disidencia es una alternativa política, pero no económica. La alternativa económica no radica en la denuncia opositora sino en el mercado negro. Aunar estos aspectos ha resultado imposible, en parte porque el gobierno ha dictado normas —y momentos— que se acercan y difieren a la hora de juzgarlos y condenarlos.

Es en el terreno social y económico donde se define en gran parte la batalla por la calle. Además de enfrentar una fuerte represión, toda organización disidente que intente hacer llegar su mensaje a la mayoría de la población tiene que otorgarle preferencia a los temas sociales.

Aunque algunos grupos de la disidencia interna contemplan una plataforma social y económica, las cuestiones políticas han predominado en su discurso. Esto no ha dejado de ser una limitación.

La única organización dentro de Cuba —que no se puede considerar disidente en el sentido político, pero sí independiente del Gobierno en cuanto a objetivos y recursos— con un avance sistemático aunque limitado en lograr una presencia en la calle es la Iglesia Católica.

En este sentido llama la atención que la Iglesia perseguida de décadas atrás sea invocada por el exilio y su complemento afín dentro de la disidencia con mayor fervor que la labor que realiza en la actualidad. Ello es un ejemplo de las posibilidades de avance y las grandes limitaciones, no solo de cualquier diálogo con el gobierno de La Habana sino entre los propios opositores en general y diversas formas de activismo social.


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