Actualizado: 18/07/2019 14:23
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Cuba, Armas, Misiles

¿Armas para qué? (II)

Ningún hombre, organización, partido o gobierno tienen derecho a enviar a pelear y morir por ellos o por su causa a ningún individuo

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Deseo tocar hoy dos aspectos importantes: la pérdida de valores dentro de las FAR como parte de la descompuesta sociedad cubana y la influencia del voluntarismo de Fidel Castro en la implosión de la desaparecida URSS.

Comencemos con citas que en su momento dijo el actual presidente cuando era ministro de las FAR:

“En nuestra doctrina las tropas terrestres son las fuerzas decisivas, ya que los combates, una vez desembarcado el enemigo, se librarían sobre nuestro suelo, hombre frente a hombre, a tiro de fusil. Y en esas condiciones la superioridad moral de los hombres que defienden su patria es infinitamente superior a la del odiado invasor”.

Raúl Castro, 23 de abril de 1993.

Suena muy bonita esta apreciación subjetiva del entonces ministro de la FAR. Sin embargo me parece que sería más conveniente en lugar de retórica patriotera, traer historias vividas que reflejen mucho mejor las realidades objetivas.

Me remonto a marzo de 1987: nosotros manteníamos muy buenas relaciones de cooperación con las tropas especiales del MININT. En más de una ocasión la amistad con el coronel Tony de la Guardia nos sacó de apuros en momentos que no podíamos resolver situaciones con nuestros propios medios. Un ejemplo de ello ocurrió, cuando el teniente coronel José Febles se precipitó al mar en un MiG-23MF durante unas maniobras en el campo de tiro de Playa Colorada cerca de Batabanó. Necesitábamos rescatar la caja negra (en realidad de color naranja) para poder determinar exactamente que había ocasionado el accidente. Le pedí a Tony que necesitábamos la ayuda de sus buzos que formaban parte de las primeras corporaciones militares y que se dedicaban a buscar tesoros. Al día siguiente de mi solicitud teníamos en nuestras manos la famosa caja logrando descifrar todo lo que pasó. La cooperación entre nosotros era mutua. Cuando las tropas especiales necesitaban entrenar a sus paracaidistas nosotros les proporcionábamos los aviones de transporte necesario. En fin que teníamos una cooperación muy estrecha.

A principios de 1987 nos preocupaba la protección nocturna de nuestros aviones de combate en las bases aéreas que eran custodiados por los soldados del servicio militar general (SMG, obligatorio). Se habían recibido demasiadas quejas sobre la baja calidad de estos soldados en el desempeño de sus funciones.

Para comprobar en la práctica si estas quejas tenían fundamentos le expuse a Tony que deseábamos hacer una comprobación sorpresiva a los medios de guardia y le solicitamos que analizara la posibilidad de que el personal de Tropas Especiales nos ayudara en ese sentido planificando una infiltración nocturna en las aéreas donde teníamos los refugios de los aviones y que a partir del anochecer eran custodiados por los soldados del SMG.

A Tony le encantó la idea y pusimos manos a la obra; además les servía a ellos como entrenamiento. Una semana después un grupo reducido de miembros de las Tropas Especiales penetró en la base y como algunos esperábamos desarmaron sin mucho esfuerzo a aquellos muchachos que cumplían su servicio de guardia.

Concluida la comprobación Tony me llama por teléfono y me comunica que había salido más o menos como yo creía pero que deseaba hablar personalmente conmigo para explicarme algo grave que sucedió durante la comprobación. Le pregunté alarmado si a alguien se le había ido algún disparo y me respondió que no que no tenía nada que ver con eso, pero que era algo mucho más grave. Me dirigí de inmediato a ver a Tony que comenzó a explicarme como a cada soldado del SMG se le aproximaban dos comandos sigilosamente y mientras uno desde atrás ponía un cuchillo (de practica) en la parte anterior del cuello el otro de frente le arrebataba el fusil.

—Bueno, y que tiene eso de grave—, le pregunté.

—No, eso no tiene nada de grave, lo grave fue lo que dijeron esos muchachos —respondió y continuó hablando—. Te vas a caer para atrás. Como pensaban que eran yanquis por la vestimenta de Tropas Especiales, la mayoría pidieron que no los mataran, que ellos hacía rato nos estaban esperando. No entiendo —le dije.

—General, hasta uno de ellos exclamó exaltado: ¡Coño por fin llegaron!

Aquello fue la debacle. El jefe de la Base Aérea Coronel Arnaldo Torres Biart fue destituido, el político fue a parar a un plan agrícola y a los oficiales de contrainteligencia y sus chivatos los desaparecieron del mapa.

Por eso me asombra tanto la desconexión con la realidad del entonces ministro de las FAR cuando seis años más tarde el 23 de abril de 1993 afirma: “Y en esas condiciones la superioridad moral de los hombres que defienden su patria es infinitamente superior a la del odiado invasor”. También parece que borró por completo de la memoria “los últimos cuatro combatientes que se ‘inmolaron’ abrazados a la bandera cubana en Granada”.

La desconexión con la realidad de estos personajes que han regido los destinos de un país por más de medio siglo, como si fuera su hacienda particular, es que nunca han entendido o no quieren entender que el servicio militar obligatorio es una violación de los derechos fundamentales del hombre, en especifico del derecho a sus propias vidas. Ningún hombre, organización, partido o gobierno tienen derecho a enviar a pelear y morir por ellos o por su causa a ningún individuo. Una de las nociones utilizadas para justificar el servicio militar obligatorio, es el “derecho a imponer obligaciones”. Obligaciones, ¿para quién? E impuestas, ¿por quién? Esa noción es peor que la maldad que intenta justificar implicando que los derechos son un regalo del Estado, y que un hombre tiene que comprarlos ofreciéndoles algo (su vida) a cambio. Esta noción es un absurdo dado que la única función apropiada de un gobierno es proteger los derechos del hombre, el gobierno no puede demandar control de su vida a cambio de esa protección.

Un país no tiene ningún derecho a imponerles a sus ciudadanos un servicio involuntario. Y mucho menos exigirles que se inmolen. ¿No aprendió el actual General Presidente la bochornosa lección de granada?

Lo que sucedió realmente aquella noche en la base aérea de San Antonio de los Baños fue explicado casi diez años antes sin proponérselo por el propio Fidel Castro:

“No hay hombres cobardes ni hombres valientes, no hay pueblos cobardes o pueblos valientes, no hay soldados cobardes o soldados valientes. El valor depende de la motivación que el hombre tiene, que el soldado tiene. Cuando el soldado defiende su patria, cuando defiende una causa justa, es muy valiente. Cuando el soldado se ve obligado a defender una mala causa, a cometer un crimen o acto de agresión, a la larga se desmoraliza y no es valiente”.

27 de marzo de 1977.

Gracias Fidel, no por la inconmensurable destrucción económica, social y moral que le has causado a Cuba. Gracias por dejarle claro al heredero del trono que las malas causas son indefendibles.

Pasemos a tocar el importante aporte del Comandante en Jefe a la implosión de la desaparecida URSS.

Para no extendernos mucho citaré solo un ejemplo de tantos que me tocó vivir. Ocurrió unos meses antes del episodio de San Antonio de los Baños que acabo de narrar.

De acuerdo al plan quinquenal que había sido firmado con los soviéticos debíamos comenzar a recibir a principios de 1987 un regimiento de aviones de combate MiG-29. Estamos hablando de 36 aviones. Cada uno de ellos al costo de $30 millones. O sea que este envío “solidario” de nuestros hermanos soviéticos le costaba a la cuna del “proletariado” $1.080 millones. Sin contar los costos de todos los equipos de aseguramiento, piezas de repuesto, entrenamiento de pilotos y técnicos, etc.

Afortunadamente para la extinta URSS había asumido las riendas del Estado Mikhail Sergeyevich Gorbachev y comenzaba la Perestroika a poner orden en el manicomio soviético. Todo hacía indicar que la tijera de la perestroika comenzaba a cortar por el más lejano de los parásitos. Y aunque muy condescendientes, quizás para mitigar en parte el exabrupto que esperaban de quien conocían bien, nos dejan saber que de los 36 aviones programados solo se entregarían cuatro. El berrinche en la Plaza de la Revolución de la Habana fue tan grande que dicen algunos conocedores que hasta la momia de Lenin se estremeció en su Mausoleo del kremlin.

Moscú trata de apaciguar la perreta del Comandante y comunican que los 32 aviones MiG-29 restantes que no iban a ser despachados serian sustituidos por SU-25 de ataque a tierra. Este avión fue construido por los rusos para competir con el famoso A-10 Thunderbolt que se hizo famoso en las guerras de Iraq destruyendo centenares de tanques y equipos blindados.

Como sucedía con la tecnología soviética de la época, los motores del SU-25 consumían tanto combustible que para cumplir misiones con todo su armamento, el radio de acción de combate no llegaba a 100 kilómetros. Fue utilizado ampliamente por los soviéticos en Afganistán donde perdieron 22 aparatos a manos de los misiles portátiles Stingers operados por los rebeldes. Aunque no es un mal avión siempre estuvo por debajo del A-10 Thunderbolt en vitalidad y posibilidades combativas.

Casi unánimemente, los que dominábamos la aviación argumentamos que era preferible recibir solo los cuatro MiG-29. Meternos en el SU-25, además de que era un mastodonte limitado en alcance, significaba una nueva tecnología, un fabricante diferente a la línea que siempre mantuvimos de los MiGs y que por consiguiente nos provocaría muchos dolores de cabeza al tener que designar diferentes almacenes, piezas de repuesto, entrenamiento de pilotos y técnicos, equipos logísticos etc. Para nosotros estaba clara la intensión de los soviéticos. El costo de un SU-25 eran $10 millones mientras el de un MiG-29 era $30 millones.

Llegue a ser tan ingenuo, que para apoyar la tesis expongo que además de evitarnos un problema con la línea de aviones Suhoi les ahorraríamos a los soviéticos $320 millones, que era el valor de los 32 aparatos.

Dos días después el mando superior nos transmite la decisión final del Comandante en Jefe. Se aceptarían los SU-25, pero que se situaran en Angola. Todo lo que los soviéticos nos proporcionaran gratis había que aceptarlo.

Tres meses después, rompo definitivamente con el régimen. Todavía no se había concretado la entrega de los aviones. Sé que no llegaron nunca a entregarse los SU-25 a los cubanos en Angola. Los angolanos sí recibieron Suhoi pero no puedo afirmar que hayan sido los mismos aparatos negociados con la parte soviética.

El derroche de recursos militares y de todo tipo por parte del régimen cubano no tiene precedentes en toda la América Latina. Ningún agente de la CIA ni ningún plan de sus principales cerebros hubiera podido jamás influir con tanto peso en la implosión de la Unión Soviética como logró hacerlo Fidel Castro.

PD: Le pido disculpas a los lectores que poseen mi último libro, Los años de la guerra, si vuelvo a tocar algunas de las anécdotas que aparecen en él. Recuerden que la oficialidad de las FAR no tiene acceso a mis testimonios y las posibilidades de proporcionárselos que nos brinda el espacio cibernético no debe desaprovecharse. Gracias.


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