Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Atajar el antagonismo perpetuo

¿Cómo hacer que los atrincheramientos no torpedeen el diálogo?

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"Es como si te invitaran a cenar, llegaras, y los que te invitaron están medio borrachos y tirándose botellas unos a otros". Esta fue la descripción que Bill Clinton diera a The Economist sobre las relaciones entre EE UU y Cuba, al inicio de su segundo mandato presidencial.

En medio de la Crisis de los Misiles, en 1962, John F. Kennedy había puesto todas las opciones sobre la mesa para sacar las armas ofensivas del territorio cubano. Sin embargo, le preocupaba que la "fijación con el tema de Cuba" les diera una pausa a los europeos. Después de todo, ellos vivían con misiles balísticos soviéticos, de medio alcance, en sus propios umbrales, y pensaban que los norteamericanos estaban algo enloquecidos con el tema.

La distensión, a mediados de la década de los setenta, incentivó al gobierno de Ford a iniciar conversaciones con La Habana. Desde el principio, Henry Kissinger aconsejó a los emisarios de EE UU que cuidaran el tono: "Es mejor tratar directamente con Castro. Compórtense como caballeros, como gente amplia, no como picapleitos".

"Estados Unidos busca un nuevo comienzo con Cuba", dijo el presidente Obama en la reciente Cumbre de las Américas. "Sé que será un largo camino que debe recorrerse para superar décadas de desconfianza", añadió.

Luego de tanta hostilidad, no será fácil acopiar la confianza necesaria para aliviar las tensiones, sobre todo, porque tanto Estados Unidos como Cuba enfrentan demasiadas sensibilidades lastimadas.

Las citas antes mencionadas revelan las corrientes subjetivas que laten en una enemistad de medio siglo. Washington, como antes Madrid, esperaba que Cuba fuera la "siempre fiel". La Habana, por su parte, hacía alarde de soberanía y se rehusaba a ceder.

La democracia es lo mejor

A comienzos de la década de los noventa, Estados Unidos endureció el embargo, con la casi certeza de que el efecto dominó haría caer la ficha Cuba. La Ley de la Democracia Cubana (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), de nuevo se propusieron el objetivo del cambio de régimen como centro de la política de EE UU.

En el gobierno de Bush II se aplicó tanto el gran garrote como el lenguaje duro, sin que La Habana cambiara el rumbo.

Como resultado de lo anterior, ambos gobiernos están atrapados en un ciclo vicioso de retórica. Washington enmarca el nuevo comienzo con la libertad del pueblo cubano, mientras La Habana reitera que Estados Unidos tiene que respetar la soberanía nacional.

Estoy de acuerdo con Obama en que la democracia es lo mejor para el pueblo cubano. Sin embargo, ¿qué progresos ha logrado Estados Unidos en pos de esa "Estrella del Norte" ( North Star, en palabras de Obama), desde comienzos de los años noventa? El desafío para Washington está en formular el "nuevo comienzo" con palabras que no cercenen el diálogo en ciernes, que es de interés nacional para Estados Unidos.

Estoy de acuerdo con La Habana en que la soberanía debe respetarse. Sin embargo, ¿es que nada se puede negociar? El gravamen sobre las remesas, por ejemplo, fue impuesto como reacción a las políticas draconianas de Bush. ¿Por qué no eliminarlo, ahora que se han abolido las restricciones para los viajes y las remesas familiares?

La historia nos enseña varias lecciones. A mediados de la década de los setenta, Estados Unidos y Cuba desecharon las precondiciones: Washington, que La Habana anulara todos sus vínculos militares con la entonces Unión Soviética; La Habana, que Washington levantara el embargo.

En el gobierno del presidente Carter, La Habana liberó a 3.000 prisioneros políticos sin comprometer la soberanía nacional.

La soberanía sí importa

Fidel Castro ha despreciado, olímpicamente, los acercamientos de Estados Unidos. Sin embargo, el actual gobernante de Cuba, no. El 29 de abril, aunque dijo que la Isla no necesitaba hacer ningún gesto, Raúl Castro expresó que en Venezuela ya había dicho que estaba dispuesto a "discutirlo todo, todo, todo, lo nuestro, pero también lo de ellos, en igualdad de condiciones".

La soberanía, claro, no es sólo un asunto nacional. Los ciudadanos tienen también derecho a ser soberanos y a ejercer sus derechos. De hecho, Cuba estaría en una posición más sólida si sus ciudadanos fueran libres. Se reforzaría más la soberanía nacional si la mayor parte de los alimentos que consumen los ciudadanos de a pie se produjera en la Isla, en vez de importarlos desde Estados Unidos.

En el mes de marzo de 1975, un memorando del Departamento de Estado apuntaba: "Si hay algo de provecho para nosotros en poner fin al estado de 'antagonismo perpetuo', es el hecho de eliminar el tema de Cuba de las agendas nacional e interamericana, anulando el simbolismo de lo que es, intrínsecamente, un asunto trivial".

Hoy estas palabras son tan válidas como entonces. Esperemos que el gobierno de Obama encuentre una vía para poner a Cuba en su lugar, en forma tal que convenga a los intereses de Estados Unidos.

Quizás, sólo quizás, así La Habana se vería en apuros para imponer la voluntad de unos pocos sobre los sueños de la mayoría por un futuro mejor.


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