Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Periodismo deportivo, Béisbol

“Bobby” Salamanca

A lo largo de su carrera hizo gala de su buen humor. Y también de imparcialidad a la hora de narrar un partido, o de valorar las posibilidades de unos y otros

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Ningún otro narrador de béisbol cubano, en los últimos 50 años, ha mostrado el ingenio y la capacidad de comunicación del ya desaparecido Bobby Salamanca, quien logró lo que nadie hasta hoy en la “Cuba revolucionaria”: innovar, hacer amena la descripción de un partido de béisbol cuando tal pareciera que la rigidez que exigía —exige— la dictadura castrista sobre los medios de comunicación, imposibilitaba la creatividad.

La capacidad creadora de Salamanca se puso de manifiesto, sobre todo, en la llamada Serie de los 10 millones —1969-1970—, organizada por el régimen para celebrar por adelantado lo que finalmente no llegó a suceder: el despegue de la economía isleña a partir de la zafra azucarera de 10 millones de toneladas métricas. Tanto en ésta como en la Serie Nacional correspondiente a ese período, Bobby Salamanca se ganó al público que lo seguía por la radio a partir de expresiones que vinculaban las jugadas que se producían en el terreno con alusiones al corte de caña. “LOS 10 MILLONES VAN”, era la consigna, o más bien el corolario, que había dado por seguro Fidel Castro.

“Y de que van, y van dos”, cuando el bateador se ponía en la incómoda cuenta de dos strikes. “Azúcar, abanicando” cuando el bateador fallaba tirándole al lanzamiento. “Y lo tiró pa la tonga” cuando el hombre al bate resultaba ponchado. “Afila la mocha”, refiriéndose al jugador a la ofensiva que se hallaba en el círculo de espera; fueron algunas de sus inolvidables frases por aquella época. De tal manera rompió Salamanca con la monotonía de las narraciones al uso, que aun los tantos radioescuchas que no comulgaban con sus ideas disfrutaban sus descripciones, tanto por lo novedoso ya mencionado como por el énfasis que destinaba para cada jugada.

Vale decir que algunas de estas frases se pasaron al argot callejero, de modo que los ciudadanos las aplicaban a diversas facetas de la vida; así, aun los que no eran aficionados al béisbol se hicieron eco de expresiones que de algún modo ellos universalizaban, o al menos “nacionalizaban”, como suele ocurrir con los dichos que trascienden el ámbito en que surgieran. Ni esto último, ni lo anterior, lo ha logrado ningún narrador de deportes en la Cuba castrista. Salamanca lo hizo porque tenía el talento innato, sumado a la sinceridad y confianza propia de todo buen profesional de los medios.

A lo largo de su carrera hizo gala de su buen humor. Y también de imparcialidad a la hora de narrar un partido, o de valorar las posibilidades de unos y otros. Nunca lo escuché cargar la mano hacia un equipo o hacia un jugador, como sí, veladamente, lo hicieran otros.

Entre sus “bautizos” más renombrados están los “Tres mosqueteros”: Kindy Estrada, Rigoberto Rosique y Félix Isasi, del equipo de Matanzas, o “la explosión naranja” para referirse al jardinero central del Villa Clara, Víctor Mesa.

“¡Esa no la coge nadie!” exclamó más de una vez cuando un batazo entre dos jardineros caería en el terreno de nadie luego de que ambos habían corrido “¡desesperadamente!” para alcanzarlo. Esto lo diferenció del resto de sus acartonados colegas cubanos: el empleo del lenguaje coloquial, pero sin caer en vulgaridades.

Vale decir además que —al menos yo soy testigo en una zona no precisamente reducida— su columna béisbolera en el periódico Granma (finales de la década de 1960), que firmaba como Juan Antonio Salamanca, gozaba de una gran cantidad de lectores, y debió ser por lo mismo: la utilización de un lenguaje escrito al alcance de todos, sin obviar la agudeza en sus planteos y el sentido del humor antes citado.

Hace algo más de veinte años, en Cuba, un amigo aficionado al béisbol al fin me despejó una duda: Juan Antonio Salamanca llevaba el sobrenombre de “Bobby” porque, antes de 1959, solicitaba trabajo con pertinacia en no sé qué medio de comunicación o empresa y alguien le decía Bobito (Bobi), sí, te van a dar el trabajo. (Esta frase no tiene por qué ser exacta). Doy por cierta esta versión. Y fue una lástima que entonces no consiguiera el empleo ideal.

Quisiera dejar claro que las líneas precedentes no son consecuencia de una amistad, ni siquiera de algo menor: nunca vi en persona a Salamanca. Solo que considero que este narrador de béisbol es un caso raro: el de alguien que innovó cuando nadie quiso o supo hacerlo, cuando una actitud monolítica —que iba desde el magisterio hasta la Filosofía pasando por la arquitectura—teñía, y tiñe aún, de gris la vida del ciudadano cubano.

Está bien, muchos podrían argumentar, como oposición a estas líneas, que Juan Antonio Salamanca fue revolucionario, castrista, comunista. Como lo fueron tantos, les respondería yo, que tuvieron vida para rectificar.


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