Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Obama, Cuba, Visita

Calentando la bola en La Habana

Obama se aferra y aspira a influir con sus dos únicas armas contra el mecanismo de preservación del poder imperante en Cuba: tiempo y dinero

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Asombra la pereza mental de quienes se refugian en viejas explicaciones para analizar la relación que se avecina entre Estados Unidos y Cuba. Si el argumento de plaza sitiada fue utilizado por décadas por el régimen, en ningún momento significó un verdadero compromiso ideológico y mucho menos un único recurso.

El que por tranquilidad y conveniencia se siguiera repitiendo, por los voceros de allá y aquí, tampoco implicó nunca que quienes tienen el mando en la isla lo necesitaran con urgencia imprescindible.

Del reclamo de cerco, sitio o bloqueo a la estrategia de la visita, el gobierno cubano ha recorrido un largo trecho, donde conceptos como escasez, represión y estancamiento económico son al mismo tiempo realidades del momento y condiciones para el mantenimiento del poder, colocados al frente de la vidriera o dejados en la trastienda del negocio.

Asusta ese condicionamiento que impide ver la capacidad de adaptación de quienes por varias décadas han logrado sobrevivir a las condiciones más diversas, algunas realmente severas. Más que desconocimiento de la capacidad del enemigo, lo que aflora es una ignorancia casi innata para descubrir la torpeza propia.

Afirmar que Cuba era “una plaza sitiada” o que “la nación estaba en guerra” fue parte de un rosario de temas ya gastados, pero de los cuales sacó mucha utilidad el gobierno cubano. Agotado el tópico, no se puede decir lo mismo del instrumento que lo produjo.

La administración de Obama se aferra y aspira a una influencia entre los cubanos y cubanoamericanos jóvenes, allá y aquí, con una devoción —incluso a veces un poco patética— que justifica con sus dos únicas armas contra el mecanismo de preservación del poder imperante en Cuba: tiempo y dinero.

Son hasta cierto punto dos armas formidables, porque acomodan la espera al cambio y no lo contrario, como venía resultando en la situación cubana, y logran así un cuestionamiento directo a la mejor definición de Cuba: ni Estado fallido ni de derecho, sino de prórroga.

Pero son dos armas formidables si mantienen su naturaleza flexible, algo por lo demás inherente a ellas, y aquí es donde el presidente Barack Obama ha puesto su mayor empeño: en ese acomodo que implica una comparación inevitable entre un mandatario que no ceja en sus planes y otro que demora cualquier paso a dar.

No hay que olvidar que en Cuba, a la ilusión inicial por la llegada de Obama a la presidencia, sucedió una desesperanza generalizada, tanto porque no avanzaban las reformas esperadas con Raúl Castro como tampoco se promovían iniciativas desde Estados Unidos. Todo ello ha cambiado en estos momentos y el presidente estadounidense ha comenzado a dictar la pauta.

Bajo esta óptica resulta absurdo y hasta ridículo el reproche de “a cambio de nada” y la confusión entre los términos “concesiones” y “negociaciones”. Cuando se reconoce que el enfoque o la política anterior resultaba inútil o contraproducente, hay que cambiarla de inmediato; no esperar a que el contrario lleve a cabo pasos, para entonces justificar los avances. Ya que el cambio se ejecuta a partir del pasado, lo mal hecho, y no del futuro y lo por hacer.

Precisamente es lo que desde hace más de un año viene desarrollando Obama con relación a Cuba: un enfoque que trasciende uno de los principales logros iniciales del mandato de Raúl Castro, que fue echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos ideológicos, y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la realidad sino ajustarla al propósito único de conservar el poder.

Obama viene calentando la bola desde hace rato y está en La Habana. Ya es hora de que comience el juego.


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