Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Derecha, Anticastrismo, Izquierda

Categorías caducas

Por el abandono de un anticastrismo parlanchín

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¿Cuánto queda en pie en la actualidad de aquella división tradicional entre izquierda y derecha del siglo XX?, ¿existe un categoría, una forma de nombrar, que permita recurrir a la mención del fascismo y aplicarlo por igual a ambos extremos del pensamiento político?, ¿cuál sería el denominador común?, ¿el rechazo a la democracia parlamentaria?, ¿el recurrir a la violencia? Las preguntas se multiplican y por lo común el ejercicio periodístico no se detiene en la renovación de las caracterizaciones. Todo lo contrario: continúa apoyándose en ellas para ejercer su oficio con más facilidad y mayor ahorro de conceptos y palabras, uno de sus principios fundamentales.

La relatividad de ciertas categorías al uso, de las que nos cuesta trabajo desprendernos y que aún se repiten (en lo particular, desde ahora me declaro que no estoy libre de ese pecado), es un rasgo común en la prensa actual, con independencia de tendencias ideológicas, objetivos políticos y fines comerciales. Aquí entran de lleno conceptos —quizá sería mejor decir el continuar apelando a los términos— de “derecha” e “izquierda”.

Octavio Paz ya alertaba sobre ello en un artículo publicado en el número 168 de la revista Vuelta, en noviembre de 1990, donde expresaba que si bien “las denominaciones ‘izquierda’, ‘derecha’ y otras semejantes no son confiables, sí lo son, en cambio, las actitudes, las ideas y las opiniones. Y más adelante agregaba: “¿Izquierda o derecha? Lo que cuenta no son las denominaciones sino las actitudes”.

Entre el discurso de Augusto Pinochet y el de Fidel Castro siempre hubo más de una similitud. En una entrevista aparecida en la revista The New Yorker, poco antes de su arresto en Inglaterra, el general chileno se atrevió a caracterizar al entonces gobernante cubano como un líder “nacionalista”, al que respetaba por la defensa firme de sus ideas. Castro siempre mostró su reserva durante el cautiverio de Pinochet, apelando al criterio de la territorialidad y advirtiendo que él nunca se dejaría capturar fácilmente.

Se ha avanzado en la denuncia de las violaciones a las libertades individuales, por encima de los criterios partidistas. Pero aún queda aún mucho por hacer. Perseguir y torturar a un ser humano por sus ideas merece la repulsa internacional.

Parece casi imposible que se pueda “limpiar” toda denuncia de maltratos de la carga ideológica. Algunas organizaciones, como Amnistía Internacional, lo logran. Pero no son pocas las víctimas y sus defensores que con todo derecho exigen el castigo de sus torturadores, mientras injustamente miran para otro lado cuando se trata de condenar a otros.

No hay terrorismo bueno y terrorismo malo. No se justifica ningún estado policial. El gobierno de Nicolás Maduro merece la condena internacional a la cual se niegan los gobiernos que representan una supuesta “izquierda” latinoamericana, que se proclama radical y antiimperialista, cuando no ha sido más que corrupta y déspota. Igual ocurre en el caso del régimen de La Habana.

¿Hay un anticastrismo o varios? Uno solo si la respuesta se limita a una definición esencial: la oposición al régimen de los hermanos Castro. Muchos, cuando tras esa pauta se tiende a establecer una agenda única o fijar una forma de pensar, actuar o sentir que responde a un conjunto de patrones —más o menos conocidos, mejor o peor definidos, pero de exigido cumplimiento—, que convierten a una posición, o mejor una actitud ante un hecho político, en un dogma. Entonces se pasa al fanatismo. O a lo que es incluso peor: la adopción de un canon por conveniencia.

Eso en Cuba se llama oportunismo, pero la palabra ha perdido significado en el exilio y es quizá más preciso decir que se adopta una forma de pasividad, complacencia o incluso complicidad ante el charlatán de turno, el demagogo de esquina o el líder improvisado. Todo con tal de no buscarse problemas.

Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina tanto en Cuba como en el exilio, donde en ocasiones falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo —no en cuanto a definición sino como formas de enfrentamiento o actitud ante la posición contraria o distinta—, palabras que por lo demás en muchos casos solo adquieren un valor circunstancial.

El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba.

Cierto, las conclusiones del momento son que poco o nada cambiará en Cuba hasta la desaparición de los Castro. Pero confundir un paréntesis con un objetivo final resulta engañoso y fuente de errores y desdichas.

Quienes nacimos en Cuba nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al ejercicio estéril de ignorar el debate, gracias a practicar el expediente fácil de despreciar los valores ajenos. Aquí —quiere eso decir en cualquier lugar del mundo— y en la Isla nos creemos dueños de la verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si solo supiéramos mirarnos al espejo y vanagloriarnos.

En muchas ocasiones, el encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar diferencias, abogar por la uniformidad.

Establecer lo anterior como una situación en blanco y negro sería caer en el mismo pecado que se intenta rechazar. Basta citar un ejemplo: ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.

La causa de todo ello radica precisamente en la razón de origen. Empecinarse, exagerar e insistir son rasgos típicos del exiliado, escribe Edward W. Said, al caracterizar una condición de la que participaba.

Sin embargo, aunque no todos “practican” el exilio con igual fuerza, ello no impide que se adopte un “código político”, y es aquí donde el anticastrismo es único, pero diverso a la vez.

Es por ello que en la actualidad, y en lo que respecta al caso cubano, se libran dos luchas simultáneas. Una contra el régimen castrista y otra contra el monopolio anticastrista. No son dos luchas iguales y no se intenta equipararlas. La primera está bien definida. La segunda es un debate entre la amplitud de criterios y el aferrarse a una estrategia caduca e irreal, y que por mucho tiempo y en Estados Unidos solo sirvió a fines electorales, no en suelo cubano sino en territorio estadounidense.

Desaparecidos los hermanos Castro, Cuba iniciará una nueva etapa. Volverá la vista a un pasado que ya se acerca a las seis décadas —lo está haciendo en la actualidad—, pero también será imposible borrar tantas huellas y tampoco hay una voluntad nacional e internacional de que así sea.

Si obsoleto es el modelo imperante en la Isla, igual resultan las ideas de los anticastristas de café de esquina. Catalogar de demonio a cualquiera de los dos hermanos Castro es en parte un ejercicio estéril para el futuro de la nación. No se trata de negarse a condenarlo. Es resaltar la necesidad de mirar más allá.

La ceguera política, una terquedad sin tregua de mantener al día la industria de la glorificación del pasado republicano, alimenta a unos cuantos y proporciona alivio emocional a quienes se niegan a escuchar y ver un mundo que ya no les pertenece, del que han quedado fuera por soberbia y desprecio.

Los que solo se preocupan por echar a un lado las opiniones contrarias y mirar hacia otro lado, frente a una nación que lleva años transformándose para bien y para mal, no tienen grandes dificultades a la hora de mantenerse encerrados en sus puntos de vista. Este atrincheramiento se justifica en frustraciones y años de espera, pero ha contribuido a brindar una imagen que no se corresponde con la Cuba actual.

En un intercambio de recriminaciones y miradas estereotipadas, en muchos casos la prensa norteamericana solo ha querido mostrar las situaciones extremas y destacar las acciones de los personajes más alejados de los valores ciudadanos de este país. Al mismo tiempo, los exiliados han observado esa visión con ira y rechazo, pero también con un sentimiento de reafirmación.

De esta forma, ser de izquierda se ha identificado con una posición de apoyo a Castro, mientras que los derechistas han disfrutado de las “ventajas” de verse libres de dicha sospecha. Cabe afirmar que a esta visión han contribuido, en primer lugar, los miles de izquierdistas, latinoamericanos y estadounidenses, que han preferido mirar hacia otro lado frente a las injusticias y los abusos a los derechos humanos y ciudadanos llevados a cabos por el castrismo. Pero no solo ellos. No importan los miles de derechistas, reaccionarios y hasta dictadores de ultraderecha que en Latinoamérica, Europa y el resto del mundo se han manifestado partidarios del régimen de La Habana y colaborado con éste. Buen ejemplo esta situación ha sido la actitud asumida, por ciertos grupos exiliados, hacia los diversos gobiernos españoles. Mientras se multiplicaron las denuncias —justificadas o no— hacia los gobiernos socialistas, lo mismo no ha sucedido en el caso de una presidencia como la de Mariano Rajoy, y sus intentos de acercamiento comercial con La Habana, así como su falta de apoyo a cualquier manifestación de la oposición cubana.

El problema con estos patrones de pensamiento es lo limitado de su alcance. Se trata de dejar a un lado una belicosidad de retreta, sin barricadas a la vista, para avanzar hacia una mayor relación ciudadana entre quienes viven aquí y allá. El abandono, en resumidas cuentas, de un anticastrismo parlanchín.


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