Actualizado: 15/10/2019 9:25
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Como si no pasara nada

La muerte de Zapata y la huelga de hambre de Fariñas han elevado la apuesta. Veremos si, esta vez, podremos todos desafiar al régimen en lugar de ayudarlo.

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El régimen cubano no conoce la vergüenza. El 8 de marzo, Granma auguró la muerte de Guillermo Fariñas Hernández. En huelga de hambre desde el 24 de febrero, Fariñas está demandando la liberación de dos docenas de prisioneros políticos enfermos. Cuba no puede ser chantajeada ni presionada, señaló Granma, ni sería ético obligarlo a alimentarse mientras se encuentre consciente.

Incluso a pesar de que la Asociación Médica Mundial considera que alimentar por la fuerza constituye un “tratamiento inhumano y degradante”, resulta difícil tragarse a La Habana hablando de conductas éticas.

Hace apenas tres semanas, Orlando Zapata Tamayo, prisionero de conciencia, murió tras más de 80 días en huelga de hambre. Sólo después de que su estado empeorara irreversiblemente, las autoridades lo trasladaron a un hospital.

Como Fariñas, Zapata era negro. Mucho antes de alzar sus voces en la oposición, ambos habían sufrido discriminación racial. Mientras le propinaban palizas a Zapata, los guardias de la prisión le lanzaban con frecuencia epítetos racistas. Los disidentes negros provocan especialmente la ira del régimen: ¿cómo se atreven a desafiar a la revolución?

Las huelgas de hambre constituyen una táctica de resistencia no violenta. Mahatma Gandhi, sufragistas inglesas y estadounidenses, César Chávez, detenidos en Guantánamo y exiliados tibetanos, todos las han empleado con el fin de corregir males. Ya sea en prisión o en libertad, nadie que arriesga su vida de esa manera lo hace sin mantener profundas convicciones.

Por eso, los comentarios de Luiz Inácio Lula da Silva comparando los prisioneros políticos cubanos con los delincuentes comunes de las cárceles brasileñas resultan tan leoninos. ¿Cuántos ladrones y asesinos han muerto como consecuencia de una huelga de hambre? ¿Y qué hay de los diez prisioneros irlandeses republicanos que perecieron entre mayo y agosto de 1981? ¿Consideró Lula entonces sus huelgas de hambre “un pretexto por los derechos humanos”? ¿Acaso Bobby Sands y los demás sólo “fingían” desear el estatus de prisioneros políticos?

Los diez huelguistas irlandeses abrieron el camino para que el Sinn Fein entrara en la política. Tres semanas antes de morir, Sands ganó una elección local a la Cámara de los Comunes. El IRA procuraba máxima publicidad, lo que consiguió, pero muchos en sus filas percibieron al final el valor de los votos sobre las balas. El ganar elecciones desmintió las afirmaciones británicas de que el IRA carecía de apoyo popular.

A diferencia de los republicanos irlandeses, la oposición en Cuba es pacífica. Las víctimas cubanas, sin embargo, apenas llenan los titulares. El mundo vio a Zapata sólo después de su muerte, como seguramente sucederá con Fariñas si fallece. El régimen también se muestra reacio a llamar a las cosas por su nombre y tildan a los disidentes de “mercenarios”. Ni estos disidentes ni los cubanos de a pie disfrutan de las libertades de las que gozaban los republicanos irlandeses cuando se encontraban fuera de prisión. ¡Si Cuba celebrara elecciones libres en las que los disidentes pudieran presentarse sin miedo e incluso ganarlas!

Como algunos adolescentes, el régimen nunca acepta su responsabilidad de nada. Raúl Castro “lamentó” la muerte de Zapata, pero culpó a Estados Unidos. Ahora Granma lanza una campaña similar contra Fariñas. Se trata de un agente, un contrarrevolucionario, un “artista”, en el peor sentido de la palabra. Es culpa de Washington. Esa jeremiada hace mucho que resulta hueca.

Nos encontramos en un punto de inflexión. La muerte de Zapata y la huelga de hambre de Fariñas han elevado la apuesta del régimen. “Si Coco Fariñas muere, seguiré su ejemplo sin importarme las consecuencias”, ha expresado Félix Bonne Carcassés.

No sé si hay una sucesión de huelgas de hambre en Cuba, donde Bonne tomaría el lugar de Fariñas si éste muere y otro se sumaría después y así. Lo que sí sé es que el régimen continúa como si no pasara nada. Permitir que Zapata muriera lanza por la borda el deshielo Cuba-Estados Unidos y la total normalización de las relaciones con la Unión Europea.

A menos que La Habana haga algo dramático, como liberar a todos los prisioneros políticos, ningún acercamiento avanzará, lo que le viene muy bien a los de línea dura en el gobierno de La Habana. Veremos si, esta vez, podremos todos desafiar al régimen en lugar de ayudarlo.


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