Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Compromiso o confrontación

¿Cuál de los dos caminos es la verdadera línea dura en las relaciones Washington-La Habana?

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El 20 de enero de 2009, Barack Obama asumirá la presidencia de Estados Unidos. Tiene programado viajar a Trinidad y Tobago, del 17 al 19 de abril, a la Cumbre de las Américas. Con toda certeza será recibido calurosamente, pero Obama pudiera enriquecer ese entusiasmo si antes de viajar pusiera fin a todas las restricciones impuestas a los viajes y las remesas de los cubanoamericanos. Sería una clara señal de que su gobierno saldría de la rutina política en relación con Cuba.

A no ser en un plano simbólico, en el mundo de hoy la Isla importa poco. Después de la Guerra Fría, Washington colocó el tema del cambio de régimen como centro de la política hacia La Habana. Veinte años más tarde, esa política es un fracaso total. El régimen sigue a flote mientras el pueblo lleva sobre sus hombros el lastre del embargo, aunque las políticas del gobierno sean las principales responsables de la penuria.

Los fugitivos de Estados Unidos en Cuba

Obama debería alzar la vista con luz larga. A mediados de la década de los noventa, estuve en un grupo que se reunió con funcionarios de Clinton para intercambiar ideas sobre (¿qué otra cosa podía ser?) la política hacia Cuba. En un momento dado de ese encuentro, Elliot Richardson (1920-1999), fiscal federal de EE UU hasta que Nixon lo despidiera por no destituir al fiscal especial designado para el caso Watergate, golpeó la mesa, exasperado, y preguntó: "¿Qué diablos es nuestra política hacia Cuba?".

Durante demasiado tiempo, Washington ha visto algunos árboles, pero no el bosque. Desde los gobiernos de Ford y Carter no se ha trazado una hoja de ruta para la normalización de relaciones con La Habana. ¿Podrá Obama definir una política hacia Cuba y ver el bosque y más allá? Nuestro presidente electo es, ciertamente, un visionario, pero lo que hay en el futuro inmediato es alarmante y Cuba no es una prioridad.

Por eso creo que es una suerte que la Cumbre de las Américas se celebre casi inmediatamente después de la toma de posesión. El cumplimiento de las promesas hechas en la campaña: permitir viajes familiares y eliminar las restricciones a las remesas, es fácil y, además, la pelota quedaría en el terreno de La Habana.

Cuba, por ejemplo, podría liberar a los restantes 55 prisioneros de conciencia de la Primavera Negra del año 2003, cuando 75 opositores pacíficos fueron encarcelados. Un intercambio de estos prisioneros por los llamados "Cinco Héroes", convictos por espionaje en Estados Unidos, es absolutamente imposible. Sin embargo, los cinco espías podrían ser intercambiados por los fugitivos norteamericanos que residen en Cuba.

Camino a la santidad

El 29 de noviembre, el religioso José Olallo Valdés fue beatificado en Camagüey. A la ceremonia asistió Raúl Castro. En la misa, el arzobispo de Camagüey, Juan García, mencionó la necesidad "de lograr gestos de compasión hacia los presos". Las conversaciones entre el gobierno y los funcionarios eclesiásticos se han desarrollado más desde los recientes y devastadores huracanes. Por cierto, el protocolo no requería la presencia de Castro, aunque el hecho de celebrarse la primera ceremonia de beatificación en la Isla, no es minucia.

"Podemos hacer exigencias, sin decirle al otro qué hacer dentro de nuestras fronteras", le dijo Castro a Sean Penn, en una entrevista antes de las elecciones en EE UU. No es una exigencia poco razonable. Mi planteamiento no es que Castro sea buena gente o negar la esencia dictatorial de su gobierno, sino, sencillamente, que siguiendo las políticas actuales no lograremos lo que casi todos anhelamos, que Cuba celebre elecciones libres y respete las libertades civiles.

Según todas las informaciones, los cubanos de a pie admiran mucho al presidente electo. No son, tampoco, ciegos: el "imperio racista" eligió a un presidente joven, afroamericano, mientras sobre Cuba, supuestamente libre de racismo, reina una gerontocracia casi totalmente blanca.

La mayoría se opone al embargo

Concluyo con la encuesta recién publicada sobre las relaciones entre La Habana y Washington. El que un 55% de los entrevistados —800 cubanoamericanos escogidos al azar en el condado de Miami-Dade— manifestaran su oposición al embargo, ha causado cierto revuelo. Curiosamente, nadie se mostró escéptico cuando la misma pregunta producía altos índices de apoyo al embargo.

Hoy, los encuestados en contra son mayoría, aunque desde el año 1991, alrededor de tres cuartas partes de ellos han considerado que la medida no funciona muy bien o que no funciona en lo absoluto. Factores demográficos como la edad y la fecha de salida de la Isla pueden ser influyentes. La victoria de Obama pudo haber pesado sobre las respuestas.

Sólo el 35% de los cubanoamericanos votaron por Obama, mientras que los tres representantes republicanos fueron reelegidos con holgura. Sin embargo, los republicanos, los independientes y los demócratas parecen estar listos para apoyar una nueva política hacia Cuba.

La confrontación siempre ha sido la carta fuerte de La Habana, mientras que la apertura pudiera mostrar cuán débiles son en realidad el resto de sus cartas. ¿Cuál de los dos caminos es la verdadera línea dura?


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