Actualizado: 20/10/2017 18:43
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| Opinión

Exilio, Inmigrantes, EEUU

Con el agua al pecho

Yo tengo dos trabajos. Las piernas me duelen, pero me mantengo a flote

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Llegar como emigrante a Estados Unidos es lanzarse de cabeza en el agua negra que hay más allá del escalón continental.

Desnudo.

No importan estudios, títulos ni academias; de hecho, se disuelven en esa agua helada, y hay que comenzar de nuevo, otra vez. Eres nadie, en ese país extraño donde hablan una jerigonza que no se parece a lo que te enseñaron en escuelas y cursos; llegas a engrosar las filas de la etnia hispana, que comparte con los negros los índices más bajos de calificación, estudios, ingresos y participación en trabajos bien remunerados.

Eres nadie.

El agua te cubre por completo; no hay aire, solo la compulsión imperiosa del sobreviviente por salir a la superficie y volver a respirar. Arriba, nadie te espera.

Te habían dicho que los cubanos —ay, los cubanos...— llegan a cualquier parte con ventaja; vamos, que el sistema educacional cubano te ampara, a lo Caridad del Cobre; que implícitamente somos mejores, mejores educados, mejores equipados para nadar hacia la costa, que ahora mismo apenas se divisa; qué costa ni que cojones, si todo lo que hay es agua y oscuridad; pero te aseguran que la costa está ahí, ya verás, te dicen —uno se cree las cosas buenas—, aunque esta penumbra y los ojos ardiendo no sirvan ni para llorar.

Las cuentas no dan. ¿Usted sabe? Las cartas son de espanto:“We have received so many applications! Unfortunately, we have so few available positions. Thank you for applying and good luck!”. Las cuentas no dan; “Thank you for your interest in our company. We are pleased that you considered us at this stage of your career planning. However, we have selected another individual for the above-referenced position”; una tabla carcomida, hinchada por el agua, aparece; uno se aferra, patalea; amanece el día en que te vas de la casa a las seis de la mañana y regresas a las diez de la noche; “Thank you for your interest in the position. Although your experience and qualifications may match future opportunities, we do not currently have any openings for the position”; las cuentas no dan, ¿sabe?; no veo a mi hijo despierto los días entre semana; el peso te hunde, el agua cubre la nariz: cuesta respirar.

“En tres meses ya estamos trabajando y por nuestra cuenta”; era el optimismo ingenuo, ese que no palidece siquiera ante la media sonrisa, indiferente, del tipo que te observa explicar, citar, argumentar; te escucha, con impaciencia contenida con ejemplar cortesía; en realidad no le importa nada de lo que dices saber o de lo dices que fuiste; “¿Sabes HPLC? Pues ese es tu trabajo”, te dice, y se marcha a vadear sus propios abismos.

Nos tomó un par de años, y más; el agua ahora llegaba a la barbilla; del hombre, alguien te dice que lo despidieron de aquel lugar. Su hijo estudiaba en Stony Brook; unas decenas de miles de dólares al año, me contó el hombre alguna vez, pero Thanks God, he got an scholarship”, añadió aliviado. El hombre, que maneja un Mustang, dice en Linkedin que ya tiene trabajo.

Yo tengo dos trabajos. Las piernas me duelen, pero me mantengo a flote. Nos mantenemos a flote. Mi esposa nada junto conmigo: ni da ni pide treguas; que no hagan olas, oye, que el agua nos tapa la boca, no nos deja reír. Y sonreímos.

Un día sonó el teléfono; “We are ready to offer you the position, if you are still interested”; llego a la casa más temprano; el agua ya no es tan fría; el balbuceo de la mierda que hablan en este país se hace más firme; vamos aprendiendo a bracear con mejor ritmo, y decidimos dejar la tabla detrás, para otro que la necesite.

En 2015, por fin tocamos fondo.

Ahora caminamos; a veces, volvemos a nadar. Pero sobre todo ya vemos la costa, esa de la que hablaban los entendidos. Avanzamos atentos, pues nunca se sabe donde aguarda un bajío, o si habrá resaca esta tarde. Pero avanzamos.

De lo importante, pues hace ya tiempo que llego a tiempo a la casa para ver a mi hijo despierto; la arena se siente agradable entre los dedos; las olas son suaves en estos días.

Estamos felices, felizmente emigrados; 2016 espera, y va ser un año mejor; para allá vamos, sonriendo, con el agua al pecho.


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