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Consultorio sexual oficial

El llamado 'diario de la juventud' coquetea con un espacio de pretensiones sexo-democráticas que no supera el didactismo disciplinario gubernamental.

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Querido lector:

En epoquitas pacatas nuestra nación apela a nichos notorios para narrar sus noches. Juventud Rebelde, el subtitulado "diario de la juventud cubana", reserva una plana completa (diseñada dentro de un preservativo) para exorcizar los demonios falovaginales remanentes tras medio siglo de Revolución.

Una "máster en psicología y consejera en ITS y VIH/SIDA" se encarga de torear heroicamente las preguntas que la voz del pueblo remite a este órgano oficial. Y se le envía de todo: como para doctorarse con diploma de oro en el tema.

Sospecho que estamos ante aquella "revolución en la revolución" que en los años sesenta Regis Debray no leyó. Y no sólo se trata de la "voz de los sin voz", sino de una subpatriecita sexual que ha trascendido en silencio a todas las microfacciones, ofensivas revolucionarias, congresos de educación y cultura, quinquenios grises, marieles (y ahora Marielas), rectificaciones de errores, causas número uno, períodos especiales, dolarizaciones, opciones cero, mesas redondas y proclamas de nuestra no tan célebre como célibe historia reciente.

Como buen cubano ecléctico, lo menos que puedo hacer es sentirme orgulloso de esta Cuba profunda tan abierta de patas al mundo que hasta a Juan Pablo II contagió ("la venida del Papa", bautizamos con mañas de Mañach al tour cubano de Su Santidad en 1998).

"Pregunte sin pena", se llama la sección dentro del perseverante preservativo semanal (¿seminal?). La gente escribe desde el anonimato, por supuesto, como garantía de la verdad o por mero instinto de conservación: dado que la correspondencia es un derecho de todos, ninguna letra en Cuba es privada. Así, esta sección funciona entonces como un forum sexodemocrático que Juventud Rebelde se da el lujito de tolerar en tanto vanguardia ideoginecológica de la juventud cubana.

Para mí, la carta corta debería ser el género literario por antonomasia del siglo XXI. Es leve, visible y exacta desde su multiplicidad. Y, en la república barrueca del barroco berraco nacional, eso ya es algo agradecible. Cada vez que consulto las epístolas de "Pregunte sin pena", me topo con un clásico irrepetible que hace cortocircuito entre su pobreza estructural y su vehemencia de contenido. Acaso la ficción que nos hace falta para un nuevo canon podría plagiar muchísimo de esta sección. Ah, pero nuestros narradores profesionales, más elitistas que eclécticos, off-the-record consideran de muy mal gusto leer los periódicos cubanos remanentes tras medio siglo de Revolución.

Ellos se lo pierden (a cambio ganan premios locales en CUC) porque, en verdad hay de todo para todos en cada entrada interactiva de "Pregunte sin pena".

Hay adultos adúlteros arrepentidos o atragantados de culpa y de otras viscosidades. Hay hipocondríacos sin aceptar la naturaleza maligna de las verrugas que coronan sus genitales (se las pasan de mano en ano como en una carrera de cuatro por semen). Hay todo tipo de represión gay & lesbian detrás de un discurso aparentemente ya salido del closet. Hay tapujitos medievales que sobrevivieron a la Campaña de Alfabetización y a 1961, provincianos spots de salud pública Made in TVC. Hay generaciones de generaciones espiándose bajo un mismo techo, mientras oyen expresiones de violencia por el día y bufidos de violación por la noche. Hay una bobería machistoide sobrecogedora, que estadísticamente ubicaría a Cuba en la paleohistoria sexual de este planeta (al nivel de las gimnospermas).

También, hay hijitos regados por dondequiera y fetos reciclados como complot anticonceptivo: acto reflejo de nuestra catolicidad inercial. Hay prácticas sadomaso que sugieren ciertas moditas de neovanguardia entre las parejas proletarias del patio. Hay viejitos todavía "tan verdes como las palmas". Hay una falta de higiene que rebosa lo irresponsable para rebasar incluso lo criminal. Hay patéticos usos de juguetes cónsolopenetrantes que, a exceso de condones chinos y a falta de sex-shops, incluyen lo mismo pomos plásticos de desodorante, que botellines de cerveza Cristal, bombillos ahorradores de 15 watts, mandos universales de control remoto, memorias flash de uno a cuatro gigas, implementos de nuestro deporte olímpico triunfal, rollitos Photoservice de hasta 36 fotos por serpentina; así como los ya arquetípicos plátanos, pepinos, yucas, puntas de calabaza, nonis, uvas y demás "corpus alienum" (que sería el término técnico, según la propia sección).

Al respecto, tendríamos que paladear menos literaria y más literalmente la alucinante carnavalia escrita por Reinaldo Arenas, quien en 1990 se suicidó acaso por no escuchar los consejos de nuestra "máster en psicología y consejera en ITS y VIH/SIDA".

Las respuestas especializadas que se imprimen en esta suerte de quintacolumnita caliente de Juventud Rebelde tienden a ser atroces delicadeces. Entre la hipocresía y la iatrogenia, se intenta siempre no alarmar a nadie (lo cual es mucho peor) y, al final, a todos se les sugiere que recurran a reclutarse con un perito en el tema, como si justo esa no fuera la misión social de esta página.

En consecuencia, por más que el periódico pose de liberal, aún pesa demasiado el didactismo disciplinario de su contexto. De manera que "Pregunte sin pena" no llega a ser una válvula de escape ni tampoco de resistencia editorial: aquí también el deber se impone al placer, y la respuesta rápida al remitente aborta a priori cualquier libertad de expresión (la pistola como moderadora del género epistolar).

En este punto, yo diría que el staff de Juventud Rebelde nos estafa al subestimar este fenomenito excritural por donde hace catarsis (en cuerpo y alma) una infrapoblación cubana que ninguna autoridad pre —o post— Mariela Castro sabe cómo narrar.

Si tú, por ejemplo, ya estás ahora y aquí en este párrafo prepóstumo, es porque tal vez seas parte de esta fauna florida toreada cada semana en "Pregunte sin pena". Y es muy injusta esta lidia. Los neolectores del siglo XXI no nos merecemos una lectura tan social-realista. Y en este punto creo que, sin ser máster ni consejero de nada, mi lectura pornopolítica te será siempre más útil como contraconsejo.

Querido lector: ábrete más (no sólo de patas o nalgas, sino de corteza cerebral) y escríbeme en todo caso a mí (orlandoluispardolazo@gmail.com). Yo sé, por experiencia y conducta impropias, que todo tu infantilismo histérico-incivil, entre otros dinosaurios falovaginales, bien pueden desaparecer de un plumazo.

Hay algo retruécano en la retórica de un "diario de la juventud cubana" que entre tú y yo a solas podríamos destrabar. Consúltame. Porque, en tanto pueblo no tan importante como impotente, tenemos que recuperar de inmediato el brillo demencialmente redentor de nuestras eyaculaciones de textos en transición.

No puedes seguir arrastrándote de cara al buen saber. Escríbeme mal a mí, para así hacernos cómplices de una gozosa analfabeticidad imposible de ser castrada. Primero hay que ser adultos antes de ser adúlteros, y tu hipocondriasis no se curará con ninguna monserga en condón leída gracias al cordón umbilical del Estado.

Al cabo, nuestra cura de caballos dependerá de cavar mano a mano cada uno su nicho sexual, económico, político, etcétera, y desde allí ficcionar en luneta propia en medio de esa sala oscura colectivizada llamada también país. Y, por favor, no te metas más pedacitos de Cuba dentro del cuerpo. La solución más hedonista es devenir tú mismo un intolerable corpus alienum posnacional, hasta hacernos impúdicamente impublicables (crear censura es el más vital síntoma clínico de resistencia).

Sospecho que habría que dejar de hacer piruetas patéticas entre la página y la pared, y usar las cartas cortas como un instrumento de corte, pues la política se inaugura en el cuerpo antes que en la cuadra desde donde leemos. Habría que cambiar de remitente y de narratario. Habría que ir mucho más allá del preguntar sin pena en una plana con preservativo de periódico oficial y, tal vez, no preservar ya nada de donde ya no queda nada que preservar.

Querido lector: mejor pregúntame sin pena a mí.


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