Actualizado: 27/03/2020 12:23
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Contra el bloqueo

Pensar que el fin del embargo dejará sin coartada al castrismo y le obligará a hacer 'cambios', desvía la atención del problema fundamental.

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Casi todo el mundo está de acuerdo en que ha llegado la hora de levantar el bloqueo contra el pueblo de Cuba. La discrepancia ocurre al precisar de qué bloqueo estamos hablando.

Los que creen que la clave del problema está en la solución del diferendo con Estados Unidos —grupo que incluye, entre otros, a varios gobiernos latinoamericanos y europeos, la izquierda procastrista y la propia dictadura cubana—, demandan constantemente que Washington levante el embargo económico contra el gobierno de la Isla, como condición previa necesaria para que ocurran cambios políticos y económicos en La Habana.

Su argumento principal es que el llamado "bloqueo" estadounidense es una medida injerencista que impide el desarrollo normal de la sociedad y condena a sus ciudadanos a vivir con las penurias propias de una plaza sitiada. Dicha situación supuestamente fuerza al régimen a gobernar bajo un estado de crisis permanente, que le obliga a restringir las libertades individuales.

Los que pensamos que la clave del problema está en la solución del diferendo del régimen castrista con el pueblo, sabemos por el contrario que el embargo económico estadounidense es un fenómeno tangencial que no determina la condición material, ni mucho menos la condición política de los ciudadanos de la Isla, cuyo estado insatisfactorio obedece a las políticas equivocadas de la revolución y a la negativa de sus dirigentes a modificar sus posiciones por miedo a perder el poder.

¿Es posible el cambio sin voluntad de cambio?

No obstante, como la maquinaria de propaganda del régimen insiste en utilizar su confrontación artificial con Estados Unidos como cortina de humo para eludir su responsabilidad por el estado de cosas en el país, y como un amplio sector de la prensa extranjera le sirve de caja de resonancia en su campaña de desinformación, a la oposición no le queda otra alternativa que seguir señalando la falacia de su argumentación y la irresponsabilidad de su postura.

De ahí que haya que repetir, una y otra vez, que el embargo unilateral de Estados Unidos no es lo que impide al régimen cubano comerciar con el resto del mundo (de hecho, Estados Unidos el primer exportador de alimentos y medicinas a Cuba), sino la falta de divisas y el mal crédito del gobierno castrista. La deuda externa sobrepasa los $42.000 millones, si sumamos la llamada deuda pasiva, la activa y la deuda en rublos, a pesar de los subsidios recibidos, primero del bloque soviético y ahora de Venezuela.

Pero si alguien dudara de que las penurias de los cubanos se deben principalmente a la ineficiencia del modelo político y económico castrista, algo que atestiguan las constantes campañas de "rectificación" de errores del gobierno de la Isla, baste recordar entonces que el capital dilapidado por los líderes revolucionarios es mucho más del doble que los aproximadamente $13.000 millones del Plan Marshall, que sirvió para la reconstrucción de 16 países europeos después de la Segunda Guerra Mundial.

Paradójicamente, esta insistencia del régimen en escudarse tras el diferendo con Estados Unidos, ha hecho pensar a algunos en la oposición que el levantamiento del embargo dejaría al castrismo sin coartada, y obligaría al régimen, forzado por las circunstancias, a realizar los cambios que necesita el país.

Dicho razonamiento vuelve a desviar la atención del problema fundamental, porque pierde de vista, primero, que ningún régimen totalitario gobierna basado en la opinión pública, sino en la fuerza, la demagogia y el terror, aplicados con la precisión, la sutileza o la brutalidad que el momento requiera.

Segundo, que ningún régimen totalitario comunista se ha autotransformado en vida de sus líderes fundadores. Tercero, que los líderes castristas ya han rechazado la "rama de olivo" tendida por la nueva administración del presidente Barack Obama, cuando ésta levantó las restricciones de viajes y envíos de remesas a familiares en la Isla, diciendo que es el "imperialismo", no Cuba, quien tiene que cambiar.

En Cuba totalitaria no habrá cambios mientras no haya una voluntad en la cúpula dirigente del país, y, para la cúpula actual, el cambio hacia una sociedad más abierta significa la pérdida eventual de su poder absoluto.

¿De qué bloqueo estamos hablando?

Es necesario recordar, para exponer de nuevo la raíz del verdadero diferendo cubano, que el tesoro más preciado de un país es su población, porque son sus hombres y mujeres los que con su inventiva, capacidad de trabajo, espíritu emprendedor y aspiraciones a una vida mejor, hacen posible el desarrollo económico y social de la nación.

Pero, para que dichas cualidades surtan efecto, es necesario un clima de libertades individuales que permitan su ejercicio. Es por eso que la experiencia nos demuestra que allí donde las personas son más libres, las sociedades son más prósperas.

Para garantizar dicho ejercicio se constituyen los gobiernos, cuya responsabilidad no es determinar y planificar las metas que deben seguir los ciudadanos, sino velar por la seguridad nacional, el orden público y la paz social, precisamente para que los ciudadanos, haciendo uso de su libre albedrío y su sentido común, puedan dedicarse a estudiar, trabajar, seguir sus carreras, criar sus hijos y buscar la felicidad, según sus propios criterios, capacidades y aspiraciones, dentro de un marco civilizado de respeto a la ley.

Pero, cuando un gobierno se arroga el derecho de encauzar la vida de su país de acuerdo con los cánones de una ideología irrealizable, impuesta arbitrariamente, y para lograr sus objetivos se dedica sistemáticamente a violar los derechos individuales y la libertad política y económica de sus ciudadanos, aunque lo haga amparado en la legalidad espuria de una Constitución draconiana y en nombre de un experimento de ingeniería social supuestamente altruista, lejos de acelerar el progreso del país, lo único que hace es bloquear la evolución natural de la nación y sacrificar al pueblo en el altar inútil de su propia utopía.

Mientras los gobernantes no reconozcan que el futuro de Cuba no depende de ninguna ideología oficial, ni de la hostilidad o el apoyo de ninguna potencia extranjera, sino del potencial de sus hombres y mujeres para crear y producir, y que la única condición necesaria para lo hagan es que los dejen vivir en paz y libertad, seguirán bloqueando el desarrollo y la búsqueda de la felicidad del pueblo cubano, con o sin el embargo económico de Estados Unidos.


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