Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Contra la liberación

Los cuerpos represivos siguen actuando. Nosotros continuamos trabajando hasta que Cuba sea libre.

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Era el 11 de julio de 1991. La turba que penetró en mi casa daba alaridos de odio y gritaba burlona: "Queremos firmar". Con mucha rabia, tiraron al piso la bandera cubana, un busto de José Martí y un ejemplar de la Constitución que había junto a los papeles donde firmaban los ciudadanos la solicitud de referendo.

Sacaron de la casa a empujones a Dagoberto Capote, que en ese momento recibía a quienes decidían firmar. Venciendo el miedo, muchas personas se acercaron para suscribir esa propuesta ciudadana. Ese día, sólo estaba Capote en la casa de la calle Santa Teresa, pues habíamos acordado que siempre estuviera uno "de guardia" para colectar las firmas. Mientras más coraje mostraba, más cobardía mostraban los abusadores.

Un grupo mayor —organizado por la Seguridad del Estado— vociferaba en la puerta de mi casa del Cerro.

Mientras tanto, un militante del Partido Comunista que lideraba la turba, delegado del Poder Popular y mi vecino, penetraba con otros en mi casa, volcando las camas, destrozando escaparates y todo lo que encontraban, mientras se apropiaban de muchas hojas con miles de firmas que nos proponíamos entregar a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

La operación ocurrió en muy pocos minutos. Se llevaron de inmediato a Capote Mesa en un carro de la policía. La turba retornó a los ómnibus. Apenas dos o tres vecinos se sumaron al acto de repudio. Antes de terminar, delante de la turba, del jefe del Partido Comunista del municipio, del presidente del Poder Popular Municipal y de altos oficiales de la Contrainteligencia, se completó el espectáculo de terror. Mi vecino y otros sicarios, en ceremonia macabra, escribieron con pintura negra grandes letreros en la fachada de mi casa, que permanecieron durante siete años: "Payá agente de la CIA", "Viva Fidel", "Payá gusano".

El padre Francisco Santana, con el apoyo del obispo Agustín Román, denunció estos hechos y el pueblo del exilio se solidarizó con nosotros. Cuando llegué a mi casa, con mi madre y con Ramón Antúnez, líder del Movimiento Cristiano Liberación ahora en el destierro, todo estaba destrozado.

Mi esposa, mis hijos y yo no pudimos permanecer allí, pues situaron una brigada de la policía a pocos metros para acosar durante años a todo el que se acercara. No quitamos los letreros hasta que nos mudamos a otra vivienda cercana. Mis hijos crecieron en una especie de exilio interno en la casa de mis suegros, en las afueras de la ciudad.

Estos hechos ocurrieron cuando convocamos a los ciudadanos a firmar una solicitud de referendo apoyado en la Constitución. El pueblo debía decidir soberanamente la realización de un "Diálogo Nacional", garantizando los derechos ciudadanos, para definir y realizar los cambios que Cuba necesitaba y necesita.

Mientras realizábamos esa campaña, después del asalto a mi casa, algunos con identidad de periodistas independientes y opositores con apoyo de grupos y figuras que no representan el sentir del exilio pero tienen muchos recursos y medios, nos boicotearon y atacaron, tergiversando, mintiendo y tratando de sembrar el desaliento y la confusión. Algunos se marcharon de la Isla o fueron reconocidos después como héroes de la Seguridad del Estado, otros continúan haciendo lo mismo. Esos son hechos. Apoyaron con esas actitudes al régimen que trató de liquidar con el terror el diálogo que podía y puede dar voz al pueblo.

Esa campaña de Diálogo Nacional no demandaba un beneficio ni espacio para la oposición. Fue la primera campaña de participación ciudadana para reclamar derechos. Los organizadores concluimos que, al igual que el Proyecto Varela, lo que desató la represión mayor fue el apoyo creciente de los ciudadanos. Un día, delante de la casa de Santa Teresa, fumigadores y otras personas hicieron cola para firmar la petición de referendo que propusimos en 1990. Después vino el acto de repudio.

Asedio permanente

Entre aquel julio y este julio, la casa de mis suegros, donde viví mucho tiempo junto a mi familia, y también la de mi madre, han sido asediadas permanentemente. Mi actual domicilio ha sido impactado por piedras en varias ocasiones, también han tirado pintura en la puerta, amén de otras modalidades de terror.

El 9 de julio de 2006, el gobierno ordenó otro acto de repudio. Dejaron letreros en los alrededores de mi casa que aún no han sido borrados. "En una plaza sitiada la disidencia es traición", rezaba uno, igual que el libro que Ignacio Ramonet, de Le Monde Diplomatique, dedicó a Fidel Castro por esa misma época. ¿Coincidencia? Era la respuesta al proceso de Diálogo realizado entre 2004 y 2006 para redactar el Programa Todos Cubanos.

El 29 de julio de ese mismo año tuvo lugar otro acto de repudio frente a mi casa, en la calle Peñón, en el Cerro.

Mis hijos tienen 17, 20 y 21 años y han vivido toda su vida en Cuba, soportando esta opresión, con fe, al igual que los hijos de muchos disidentes.

Decenas de defensores pacíficos de los derechos humanos y periodistas independientes fueron detenidos después de la primera etapa de lucha por el referendo del Proyecto Varela. Llevan más de seis años en prisión injustamente.

Los cuerpos represivos siguen actuando. Sus aliados, los que siempre nos han atacado y boicoteado, se reciclan en el oficio de la perturbación y la suplantación. Nuevos promovidos continúan haciendo lo mismo. También nosotros seguimos luchando por la liberación. En toda Cuba trabajamos por el Diálogo 2009 y crece el apoyo al Proyecto Varela. Continuaremos la lucha pacífica hasta que Cuba sea libre.


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