Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Cuba, Disidencia, Oposición

Crítica a la espectacularidad política, y su remedio

En un final, a quien iba destinada la tángana disidente era a algún futuro funcionario de la embajada americana, encargado de estudiar los pedidos de refugio político

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Si de algo no se puede quejar la Seguridad del Estado es de tener que esforzarse demasiado en la búsqueda y análisis de la información: en Cuba, dentro de cierto sector mayoritario de la oposición, casi no hay disidente que, tras repartir tres discos y par de proclamas, o dar un grito medio ininteligible en una esquina, se resista a la tentación de agarrar su teléfono móvil y dar pelos, detalles y señales de lo hecho, y hasta de lo imaginado. Incluidos los nombres y número de carnet de identidad de los casuales espectadores que alargaron la mano para tomar lo que él repartía, y hasta de sus planes futuros; los de él, el “protestante”. Planes por añadidura cada vez más y más rocambolescos. Todo se filma, todo se trepa para la nube o comunica por Radio Pepe, y a resultas de ello además de que a los segurosos poco les resta por hacer, salvo ir y reprimir, a los isleños nos queda de paso la certeza de que no éramos nosotros los destinatarios finales de la “acción de calle”, sino alguien de allende, frente a su sofisticada computadora o teléfono móvil. O en todo caso nos queda la dolorosa constatación de que a quien en un final iba destinada la tángana era a algún futuro funcionario de la embajada americana, encargado de estudiar los pedidos de refugio político en esa nación (gestión que por fortuna ahora hay que irse a hacerla en Colombia)[i].

Este (mal) hábito de la espectacularidad es la principal causa de la ineficacia de la oposición cubana. Al menos en cuanto a causas de esa ineficacia que dependan propiamente de ella. Por sobre todo porque desvaloriza la única actividad opositora en realidad efectiva en las condiciones del Estado post-totalitario castrista: la paciente y callada, aquella que consiste por sobre todo en una actitud, en las pequeñas y anónimas acciones diarias de la “vida en la verdad” que poco a poco van erosionando las mentalidades y el miedo en los que rodean al resistente ético. Para de ese modo preparar las condiciones para que el soluto social se acerque al punto de saturación en que cualquier pequeña acción pueda desencadenar el aleteo de un cisne negro y la subsiguiente caída del régimen.

Debe tenerse presente además que en la Cuba de hoy la policía política lleva adelante una especie de economía de la represión. Es decir, la Seguridad del Estado calcula constantemente la actividad del opositor y compara su efecto social con el precio en descredito internacional que al régimen le traería reprimir al resistente ético en cuestión. Pero a la Seguridad del Estado, por mil y una razones, entre ellas que muchas de las pequeñas acciones escapan necesariamente a su control en el post-totalitarismo presente, o incluso por la desidia que desde las demás instituciones del Estado se escurre ineluctable hacia sus filas, le resulta cada vez más difícil poder llevar adelante cálculos acumulativos eficaces. Esto crea un espacio de libertad, no muy ancho, es cierto, pero efectivo, en que el opositor puede moverse sin ser molestado, y sobre todo sin que los destinatarios de sus acciones, sus vecinos, sus compañeros de viaje… se espanten al ver a la represión aparecérseles de cuerpo presente. Al menos demasiado pronto, antes del momento justo en que el soluto, aquellos individuos que consideren en un momento determinado que se debe actuar de una u otra manera, haya superado el valor crítico en que ya son imposibles las vueltas atrás.

La espectacularidad aparta a la disidencia de las bases populares por tres razones muy claras: (primero) se lo pone demasiado fácil a la represión, y con ello reafirma la creencia popular en un control absoluto del Estado mediante unos supuestamente eficientísimos órganos represivos, a los que “no se les escapa nada”; (segundo) acarrea que el susto le llegue demasiado pronto a quien se acerca al disidente, antes de poder constituirse la necesaria masa crítica de soluto social; (tercero) y reafirma en la mente del ciudadano de a pie aquel añejo discurso del régimen, en lo esencial el que sirve para presentar a toda actividad contestataria como motivada no por otras razones que el interés del que protesta de señalarse hacia “el afuera”, para asegurarse medios de vida y no como motor de arranque del cambio social. O lo que es lo mismo, reafirma en el ciudadano de a pie la idea de que a los disidentes no les importan sus conciudadanos, los cubanos isleños, si no quedar a bien con “el afuera”.

Un buen ejemplo de lo dicho es la llamada campaña “Todos Marchamos”. Esta formó parte de los rejuegos de la política internacional del anti-castrismo pro-reclamaciones, al servir, como era su único objetivo desde un inicio, para ayudar a quienes en Washington y Miami deseaban poner zancadillas al acercamiento Cuba-EEUU. En lo interno, sin embargo, solo sirvió para aislar un poco más al sector espectacularista de la disidencia: las marchas dominicales no condujeron a un nuevo Alexanderplatz, porque ni estaban claramente dadas las condiciones para ello (ni en las condiciones cubanas podrá nunca funcionar una insurrección planeada por la disidencia: la disidencia cubana no está para dirigir, solo para servir de catalizador ético; un instrumento de los cambios que es casi seguro no sobreviva a la atroz represión de un castrismo moribundo: habrá estatuas en el futuro para nosotros, no cargos públicos), y porque tampoco ese era el objetivo, sino solo “poner el lomo” los de adentro para provocar a Cheo Malanga Castro Ruz, que con sus tendencias de gallero-guapetón de barrio rural no podía dejar de responder, para así darle la oportunidad a los de afuera de que pudieran llenar titulares con la idea de que en Cuba la represión aumentaba en relación directa a las medidas aperturistas del presidente Barack Obama.

Las “marchas”, al interior, en un final solo contribuyeron a remachar en el cubano de a pie la idea de que “aquí no hay quien se mueva”, o sea, del estricto control por el régimen de la sociedad, lo que ya no es real en las condiciones de post-totalitarismo; y lo convencieron un poco más de que aquí cualquier forma de oposición no busca representarlos a ellos, sino al sector reclamacionista de Miami. El encabezado por Marco Rubio, representante máximo de los intereses capitalistas que, más que beneficios (loable propósito, bajo control democrático, claro está), persiguen en una Cuba futura recuperar bienes nacionalizados.

El espectacularismo tiene también otras malas consecuencias: las constantes denuncias cada vez toman más aires de sainete, y no es raro que alguien denuncie que un seguroso pasó por enfrente de su casa, jinete de su moto Suzuki, o que un policía, quizás medio bizco, “lo miró atravesado”. Con lo que poco a poco en la cabeza del que observa desde más allá de nuestras costas, bastante ajeno a nuestra realidad e historia, la sucesión continua de semejantes denuncias le hace surgir la duda de si Cuba será realmente ese Estado tiránico, sanguinario, tenebroso… en que acaba de leer que cuatro gatos se reunieron en una esquina para protestar por cualquier derecho, casi siempre abstracto, y no les pasó en un final nada. Muy a diferencia no ya de Corea del Norte, sino de China, Vietnam o Rusia, donde ejercer el periodismo no lo lleva de cuando en cuando a uno a pasar la noche en alguna celda insalubre, sino que a veces lo manda a uno para el Reparto Bocarriba.

No nos engañemos, la permisividad del régimen en los últimos años, además de estar provocada por su creciente incapacidad para ejercer el anterior control absoluto sobre la sociedad cubana[ii], ha sido en parte una inteligentísima jugada suya: sabedor de la poca elasticidad inherente a nuestra disidencia, por las circunstancias generales en que se mueve, ha retrocedido un poco, y al hacerlo ha dejado un espacio vacío frente al cual la insistencia de la disidencia en lo mismo de siempre crea un no muy explicable contraste, para el no cubano, entre el tremendismo evidentemente espectacularista de sus acciones, y una represión que por sobre todo trata de borrar las huellas.

¿Ahora, de dónde procede ese enfermizo deseo de espectacularidad?

Es indudable que, de la sensibilidad del siglo, de esta “civilización del espectáculo” en que nos hemos convertido, en que para reclamar sus derechos tanto los indios amazónicos como los manifestantes griegos, o los radicales islamistas de Gaza, empuñan pancartas escritas en inglés frente a las cámaras. Pero también y más que nada de la intersección entre el tipo de Estado creado por el castrismo, absolutamente inmiscuido en la economía, y los intereses de cierto sector de la emigración cubana.

El Estado castrista ha sido meticulosamente diseñado para no dejarle, a quien se atreva a cuestionar su legitimidad, ninguna posibilidad de obtener dentro de la Isla lo necesario para el sostenimiento y reproducción de su vida y la de los suyos: no obtendrá trabajo, no le darán licencia para laborar por “cuenta propia”, al campesino que se atreva a contratarlo para labores en su finca se lo presionará, y hasta amenazará con intervenirle la propiedad, y finalmente se establecerá alrededor suyo un férreo mecanismo de control policial y parapolicial, para a su vez evitar que pueda obtener lo necesario para vivir en la amplia, y tolerada, área de lo ilegal. Área en que únicamente se tolera la permanencia de todo aquel que de manera implícita o explícita admita al Estado Castrista como el supremo poder de interpretación o decisión en la Isla. Más claro: A Raúl como el “Gallo” del Gran Gallinero Nacional.

En esta posición al opositor solo le quedará una posibilidad, si es que no decide, como es lo más común, poner agua de por medio entre él y el castrismo: aprovechar la posibilidad que el régimen ha permitido de recibir ayudas desde afuera. Posibilidad que el castrismo tolera tanto por su necesidad de obtener remesas, tras perder los subsidios del CAME, como por la oportunidad que le brinda de acusar a quien deseé y le convenga, de ser un mercenario de poderes e intereses de más allá de nuestras heroicas fronteras. Pero además de esa providencial oportunidad de desacreditar la actividad disidente al calificarla de antinacional, sobre todo porque las únicas fuentes de ayuda que en realidad quedan accesibles al disidente cubano condicionan su propia actividad en un sentido espectacularista, lo que como hemos visto le resta efectividad a toda actividad opositora.

El detalle está en que como por una parte el castrismo se ha demostrado capaz de chantajear y amenazar incluso más allá de nuestras fronteras, y por la otra existe esa maravillosa herramienta para ayudar a sostener a quienes viven de la persistencia del castrismo a un lado y otro del Estrecho, llamada el embargo, incluso para el cubano isleño con capacidades para trabajar en una economía global en que cada día es más y más posible hacerlo desde la propia casa, aun sin conexión a tiempo completo de internet, tales oportunidades le están vedadas. A los posibles empleadores el miedo a chantajes cubanos, o las sanciones norteamericanas, los lleva a dejar a Cuba al margen de sus búsquedas de trabajadores contratados. O en caso de que lo hagan preferirán no molestar a un gobierno que ha demostrado contar con los medios necesarios para ya no solo requerir boicots de consumidores, sino algunas veces acciones más “determinadas”, por lo que simplemente contrataran a personal “neutral”; sin entrar a considerar que en un ordenamiento político como el cubano semejante posición es imposible.

En tal caso al disidente solo le queda virarse para la emigración. Mas la emigración cubana, la que está dispuesta a ayudar, prefiere lo espectacular. Ella estará dispuesta a ayudar a quien en Cuba se dedique a velar a la perseguidora de su barrio, para luego salir corriendo desde detrás de alguna columna, tirársele en frente y luego gritar que los dos policías que venían adentro, a quienes casi mata del susto, son unos asesinos… o se gastará varios miles de dólares en un viaje de Yeyita la Gamba, para que vaya a algún evento de los muchos en que cada tres o cuatro meses la disidencia interna intenta infructuosamente ponerse de acuerdo, y allí exponga sus ideas, que por lo general se reducen a poco más o menos lo mismo que gritó el día en que los esbirros siniestros de la dictadura la arrollaron con su lada marxista, o se gastará esa misma cantidad desorbitante de dinero para mandarla a estudiar a un tal Yin Chal, que es un bolao en eso de tumbar al comunismo, pero no pondrá ni un kilo prieto para ayudar a quien solo pretenda hacer los más eficiente en las condiciones de la Cuba actual, la paciente, callada y anónima labor, aquella que consiste por sobre todo en una actitud, la de la “vida en la verdad” que poco a poco erosiona irremediablemente las bases ideológicas del régimen y sobre todo el miedo de que ha saturado a la sociedad cubana.

Se entiende: para quien no vive en Cuba, o no ha vivido alguna vez bajo un régimen totalitario el simplemente “vivir en la verdad” no parece algo que merezca ser ayudado, más si usted está intoxicado de cine hollywoodense y esa literatura de espías en que un americano corajudo derriba a todo un sistema comunista y asalta Lubianka él solito, como parece estarlo incluso casi todo “Luchador por la Libertad”, no bien han pasado solo tres meses de abandonar definitivamente la Isla. Ese dinero para la ayuda es necesario justificarlo, sea frente a uno mismo, o casi siempre frente a alguna institución o gobierno, y ello no se consigue en el caso de las pequeñas, anónimas y discretas acciones, sino con lo que “suene”.

De este modo, la actividad de la disidencia no tarda en tomar características de concierto de timba.

Mas no son esas las únicas, y quizás no sean tampoco las principales razones de esa preferencia por lo espectacular de la emigración dispuesta a ayudar. Como hemos visto, al comentar la campaña “Todos Marchamos”, quienes tienen dinero, o relaciones para conseguirlo, no son otros que los representantes del sector reclamacionista, o del gran capital monopolista interesado en hacer de Cuba un paraíso para sus depredaciones a solo 90 millas de las costas de la Unión. Y a estos señores lo que les interesa, más que una transición conseguida desde abajo, desde el acceso a la soberanía popular plena, es conseguir un pacto con un tardocastrismo que tan eficiente se muestra en controlar a la mano de obra potencial, para lo que se necesita por sobre todo presionar sobre las élites post-Castro con una campaña constante que limite la capacidad del régimen de conseguir inversión extranjera, a menos que entre por su aro y acepte compartir el pastel.

Así las cosas se encuentran en un punto muerto: a duras penas el régimen que pierde cada vez más su control totalitario sobre la sociedad se aferra a mantener el control sobre la actividad económica, y en general las posibilidades de subsistencia. Esto provoca que quienes se le enfrenten a la larga deban subordinarse al sector reclamacionista de la emigración, con lo que toda la actividad opositora se vuelve no más que jugadas en el ajedrez en que dos élites se disputan el más satisfactorio arreglo para el control sobre la nación cubana.

La solución a este atoro en la historia nacional está en un acercamiento de los de abajo de uno y otro lado del Estrecho; en la formación de un frente común entre nosotros. Un acercamiento que debe ir precedido por una concientización de la particular situación de cada uno de estos grupos en el panorama nacional, que los lleve a ambos a comprender que el sálvese quien pueda que ha estimulado el castrismo, por interés de su propia subsistencia[iii], y que tan apetecible le resulta al sector reclamacionista de la emigración para un futuro, no nos conduce a nada más que a repetir una vez más el ciclo de embullo y desaliento de nuestra historia.

Un esbozo de programa para esa aproximación posible y necesaria sería la prohibición de la reversión de las nacionalizaciones en cuanto a los bienes en manos de la ciudadanía, la proscripción del monopolio en cualquier actividad económica en la República (podrán prometernos internet gratis, pero no en base a un control absoluto sobre las conexiones de los cubanos, tipo el que ahora ejerce ETECSA), incluido el establecimiento de límites a la posesión de la tierra, que no podrán exceder nunca las 30 caballerías, conservación de los principales recursos en manos del estado, solo que sometidos a control popular por cuanta vía imaginable se nos ocurra, fomento de la mediana y pequeña empresa, y priorización de la empresa nacional, sobre todo de la pequeña, y con exenciones y ayudas de todo tipo a la de tales dimensiones que sea impulsada en cooperación por cubanos de adentro y de afuera.

En el logro de estos objetivos comunes tras la transición la emigración de abajo, por su mayor libertad de movimiento, juega el papel primordial (ella tiene menos control por la Seguridad del Estado, por lo que tiene mayor libertad de movimiento): en primer lugar deberá organizarse por sí misma para pedir un cambio de la actual Constitución y Ley Electoral que le permita participar activamente en la vida política de su país, y en segundo deberá apoyar a quienes al interior mantengan la línea política común de los de abajo de un lado y otro del Estrecho, sobre todo al promover en sus amigos y familiares al interior la “vida en la verdad”, y no abandonarlos luego.

No es algo imposible: ya Martí organizó una Revolución, la que nos independizó, en lo esencial con el apoyo de las emigraciones de abajo. Qué no se lograra ahora, cuando tan fácil es mantener contactos inmediatos entre individuos, y cuando una Cuba situada de nuevo en el centro de los caminos mundiales, como antes de 1820, promete la posibilidad de convertirnos en el Singapur entre Atlántico y Pacífico.

2

No se avanzará hasta que no cambiemos la mirada hacia otro sector de la emigración. Ese interesado en que sus parientes en Cuba conserven su propiedad inmobiliaria, producto en no pocos casos de las leyes de Reforma Agraria y Urbana, y que ya invierte sumas de dinero de sus ahorros en las posibilidades de esa pequeña propiedad. Estos son al presente los tabaqueros con los que Martí contó en su época para financiar la Guerra Necesaria. Un sector con más intereses nacionales que los de la élite cabildera, que si acaso lo único que le interesaría de la Cuba real del futuro, que no es esa imagen romántica antañona en la que viven, y de la que algunos viven, es la posibilidad de recuperar o hacer recuperar bienes nacionalizados al principio de la Revolución; la posibilidad de pactar con un régimen ideal para la explotación más absoluta de la masa trabajadora, ya que además posee los mecanismos para legitimar dicha explotación como en interés de los mismos explotados (no nos olvidemos de los vasitos de leche del Comandante).


[i] Las medidas actuales no han sido importantes porque conduzcan a más cubanos a la oposición con el objetivo de obtener el derecho a la única vía de escape que va quedando: el refugio político, sino porque por primera vez conducen a una no intromisión americana en nuestra política. Ya a los cubanos solo nos queda una vía: solucionar nuestros problemas por nosotros mismos, reclamar aquí el derecho a elegir a nuestros gobernantes que nos niega la actual Ley Electoral, o el derecho a ejercer el control popular sobre esas autoridades electas por nosotros, el pueblo cubano. Los americanos ya no interfieren a favor del régimen al sacar cubanos de la olla de presión que es en definitiva el castrismo de por sí.

[ii] Si algo ha demostrado la campaña Otro18 es esta verdad: Para parar la nominación de candidatos abiertamente opositores el régimen no pudo mantener la represión a un bajo nivel. Lo que antes se hubiera resuelto con una campaña de terror sumergido, en que se amenazara sutilmente a los vecinos, quizás con solo par de discretas visitas de algún mayor de la Seguridad del Estado, ahora solo pudo conseguirse mediante detenciones, secuestros o procesos amañados y resueltos sumariamente, mediante los cuales privar de los derechos electorales pasivos a algunos de los que iban a ser nominados por sus vecinos. Podrá sostenerse que Otro18 no consiguió sus objetivos, pero es irrefutable que ha servido como medida de la transformaciones dentro de la sociedad cubana, y signo claro de que ya no vivimos bajo un régimen totalitario, sino post-totalitario.

[iii] Hay que saber distinguir entre el discurso auto legitimador del castrismo, en que se presenta como un promotor nato de la solidaridad y fraternidad, y la realidad de sus políticas de todo tipo, en que el ciudadano es separado de sus conciudadanos y puesto a depender directamente del estado castrista, o sea, en que la solidaridad y la fraternidad son sacrificadas en pro de estimular la “virtud” más apreciada por el castrismo: el incondicional acatamiento por el ciudadano, convertido así en súbdito, de cuanta disposición dicte el supremo Mandante de turno a cargo del régimen.


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