Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Otelo, Corrección Política, Racismo

Cuando la corrección política se convierte en un acto de incultura

Un ejemplo de lo pernicioso que resulta, para la academia estadounidense, el temor que causa el apartarse de los dictados de lo políticamente correcto

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En la transmisión del The Dick Cavett Show del 2 de noviembre de 1978, Anthony Hopkins contó lo que había aprendido con el estilo de actuar de Laurence Olivier y su producción teatral de Otelo. De ocurrir ese comentario artístico hoy, es probable que los participantes se sentirían obligados a mencionar —y criticar— el uso del maquillaje blackface por el célebre actor británico, en la versión cinematográfica de 1965 de la misma obra. Lamentable que una denuncia adecuada del racismo se esté convirtiendo en motivo de desasosiego, duda y error.

Le acaba de pasar al compositor y profesor Bright Sheng, de la Universidad de Michigan, que se le ocurrió presentar la película con Olivier en el papel de Otelo —por cierto “el moro”, no “el negro”— a sus estudiantes de un seminario para analizar “Otelo, de Shakespeare a Verdi”. Algunos de ellos protestaron, rechazaron el film y argumentaron de que no se les había informado al respecto antes de la presentación; de la incultura cinematográfica como argumento para la persecución bajo la bandera de la corrección política.

La consecuencia es que Sheng —dos veces finalista de los Premios Pulitzer de música— no perdió su cátedra de un cuarto de siglo, pero sí el seminario. No bastaron sus disculpas y el apelar con torpeza a sus relaciones y labores compartidas con músicos de la raza negra. Para agregar ironía a la injusticia, el profesor es un sobreviviente de la Revolución Cultural en China, informa el diario español El País.

Estamos ante un hecho que ejemplifica lo pernicioso que para la academia estadounidense está resultando el temor —casi podría decirse el terror— que causa el apartarse en alguna medida de los dictados de lo políticamente correcto; lo dañino que igual posición, de fidelidad absoluta a lo que se ha convertido en una especie de canon racial, provoca con resultados crecientes sobre la percepción de la población en general —y en especial de los electores y posibles electores— en cuanto a su visión del Partido Demócrata, sus ideales y su proyección política.

Blackface

El empleo del blackface —el pintarse un actor o cantante blanco la cara de negro para representar un personaje de esa raza— fue una práctica común, en teatro, cine y espectáculos populares en general, durante cerca de un siglo, que evidenciaba un racismo benevolente o mordaz —según el caso, bajo la forma de comedia, tragedia o melodrama—, pero siempre racismo. Es lógico que esta práctica —su recuerdo o su presentación cinematográfica— irrite y provoque el rechazo, no solo entre los miembros de la raza negra. Pero este rechazo no puede convertirse en un absoluto ni despreciar el contexto.

En Estados Unidos este tipo de maquillaje se asocia particularmente a los minstrel shows, una forma de entretenimiento racista que se desarrolló desde comienzos del siglo XIX. En Gran Bretaña, la BBC mantuvo por 20 años The Black and White Minstrel Show en horario estelar, de 1962 a 1972.

Es cierto que el estereotipo adquirió características hirientes en muchas ocasiones y la caricatura degeneró en sarcasmo, pero también lo es que si se tiran al cesto todas las cintas —por ejemplo— donde aparecen artistas usando ese maquillaje, nos privaríamos de algunas creaciones importantes, desde la película que inauguró el cine sonoro estadounidense hasta un baile de Fred Astaire.

Otelo

En el caso de la obra teatral de Shakespeare, el protagonista Otelo es un general moro del que nunca se aclara su lugar de nacimiento. Para la época en que se desarrolla la obra, su procedencia puede ser de África, aunque también del Oriente Medio o incluso de España. Por otra parte, cuando Shakespeare usa la palabra “negro” —lo que ocurrió antes de la “trata”— no está caracterizando una raza de forma exacta, sino describiendo a alguien con una piel más oscura que la mayoría de los ingleses, que en su tiempo la tenían muy pálida.

Sin embargo, en la película de Olivier el Otelo es negro —también en otras versiones, pero no en todas— y el maquillaje exagerado, así como la actuación estereotipada (vale la pena compararla con la representación del personaje que hace Orson Welles, donde este tiene la cara y la piel oscura pero no aparece como un negro). Así que la acusación de racismo es válida, aunque las conclusiones no.

Cultura e ideología

Los señalamientos anteriores buscan alertar sobre dos aspectos.

Uno es el de los valores y las distancias culturales. Otro es el sobredimensionar afectivamente una realidad ideológica.

Al hablar de racismo en un espectáculo no se le puede aislar. No es lo mismo una representación caricaturesca en un minstrel show que una obra de teatro de Shakespeare o una ópera de Verdi. Hay matices y esos matices no se deben obviar, porque existe el peligro entonces de caer en una actitud totalitaria.

El Metropolitan de Nueva York ha dejado de utilizar el blackface en las producciones de Otelo (la ópera de Verdi), y es una buena idea. Sin embargo, tampoco hay que olvidar que en la ópera es común el cross-casting (al elegir un artista no hay una dependencia estricta entre el género, la edad y la raza del interprete y las características del personaje que va a representar: Der Rosenkavalier, por ejemplo). Esta es una vieja práctica que se ha intensificado con los años y la diversificación racial en los espectáculos culturales se ha beneficiado de ello.

El segundo aspecto guarda una relación directa con la política. El justo rechazo no debe convertirse en intolerancia cultural, sobre todo a partir de un debilitamiento o disminución del basamento social y económico detrás de una ideología.

Censurar no es un buen instrumento de combate y puede desencadenar una reacción adversa. El apartar de un seminario a un profesor, por el simple hecho de poner una película, no es la mejor manera de enfrentar el racismo. Es más bien abrir el camino a la censura.


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