Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Cuba, Independencia, Corrupción

Cuba corrupta

En Cuba la lucha contra la corrupción colonial va a confundirse y mezclarse en muchas ocasiones con los afanes independentistas

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Tres corrientes conforman el desarrollo de Cuba como nación, desde la colonia hasta nuestros días: una actitud intelectual y antidogmática, que de los primeros afanes independentistas a hoy siempre se ha propuesto la creación de un país libre de los males que afectan a las naciones vecinas; una capacidad empresarial y pragmática capaz de sacarle provecho a cualquier situación, que irremediablemente ha sabido vadear las situaciones de inestabilidad social y sacar provecho de ellas, asegurándose de tener colocadas sus fichas en ambos lados del tablero político; y una vocación emocional siempre dispuesta a la acción, que se guía por principios o prejuicios, y que ha producido las páginas más heroicas y los errores más costosos de nuestra historia.

Estas tres corrientes confluyen en dos de los elementos que con mayor fuerza van a caracterizar la marcha cotidiana de los acontecimientos en el país desde los años de su formación: la corrupción política y económica y el sacrificio del ciudadano promedio.

Desde la colonización de Cuba, la corrupción se expresa en dos formas determinantes que son los ejes sobre los que va a girar todo el conflicto independentista: corrupción económica dada por la necesidad de explotación de una fuerza de labor esclava que realice la tarea fundamental sobre la que se basa la vida económica —que a la vez se mantenga al margen de la escena nacional— y por otra parte corrupción administrativa derivada de una situación de rígido control económico y de una virtual bancarrota del país.

La lucha contra la corrupción colonial va a confundirse en muchas ocasiones con los afanes independentistas. El proceso de independencia cubano no es nunca una batalla contra los españoles al estilo de las guerras anticoloniales de América Central y del Sur, sino un combate por la purificación del país y la abolición de los frenos al desarrollo económico.

Los intelectuales cubanos del siglo XIX comprenden esta situación y se sienten impulsados por una fuerte necesidad de cambio, pero al principio no aprueban la vía armada. Realizan su labor en dos grandes frentes: el análisis social y la enseñanza. Su labor es admirable en ambos. Aspiran a una evolución no a una revolución. Al final son empujados al independentismo por la incapacidad de renovación de España, pero tendrán que arrastrar su propia culpa: la antigua incapacidad de asimilar en toda su plenitud el papel del negro en la formación de la nación. José Martí es en este sentido el paradigma y la excepción: el líder político que lanza la lucha independentista bajo una plataforma política de participación popular, con plena integración de los negros y mulatos; el patriota que logra organizar la insurrección en el exilio y que crea las bases de un cabildeo eficaz en Washington en favor de la causa cubana; el intelectual que abandona la labor literaria por la lucha armada para en esos momentos precisamente escribir su mejor libro, que es su Diario de campaña; el político que concibe la lucha con astucia y sagacidad para lanzarse al combate a morir con inocencia torpe; el intelectual que rompe el molde de la espera y la lucubración teórica para entregarse a una febril labor conspirativa; el héroe que desde su muerte nos entregan todos los días en forma de molde único y que en realidad es una figura escurridiza como pocas.

Frente a la agudeza de los intelectuales del siglo XIX cubano, y el heroísmo de los combatientes, los intereses comerciales, sobre todo los dueños de grandes plantaciones e ingenios azucareros, colocan con acierto sus fondos aquí y allá, impidiendo en la primera contienda que la guerra se extienda al occidente de la Isla, y consiguiendo que nunca la zafra azucarera se interrumpa por completo en la segunda.

Las apariencias son buenas para la literatura y el arte, pero no para la historia, la independencia de Cuba fue un largo proceso en que a la población le tocó la peor parte, sobre todo a partir del 24 de febrero de 1895, que sirvió para el enriquecimiento de la oligarquía peninsular por las emisiones de bonos de guerra, y que fue financiada en su mayor parte no por los sacrificios de los tabaqueros de Tampa —seducidos por la elocuencia de Martí—, sino por los grandes intereses azucareros, cuyo principal mercado no se encontraba en España sino en Estados Unidos. Una guerra en que las tropas españolas sufrieron enormes bajas por la capacidad de los generales cubanos —no para enfrentarlas sino para rehuirlas— y de lograr que el agotamiento y las enfermedades diezmaran al enemigo. Una contienda en que la heroicidad mayor fue el vulgar sacrificio cotidiano de seguir viviendo.

La corrupción no desaparece cuando desciende la bandera española del Morro, sino que florece con la segunda intervención estadounidense, y es en sí la verdadera expresión de frustración republicana que posibilita el surgimiento de las revoluciones del 30 y del 59, para adaptarse con nuevos rostros por encima de la ejemplar Constitución del 40, reinar a sus anchas en los gobiernos auténticos y la dictadura batistiana, y resurgir con más fuerza que nunca desde las primeras medidas revolucionarias, hasta regir el actual destino de Cuba. Es también la peor amenaza en su futuro.

En los años republicanos, la lucha contra la corrupción continúa expresándose en pensadores como Enrique José Varona, pero cristaliza en la figura histriónica de Eduardo Chibás. Su “último aldabonazo” fue un llamado a la conciencia cubana pero entre sus ecos tocó a la puerta de Palacio del general Fulgencio Batista. Una visión cínica permite postular que el daño mayor que Batista le hizo a Cuba no fue ser un tirano cruel sino un dictador a medias —en la inevitable comparación que desde hace décadas persigue a los cubanos—, pero tal afirmación elude los imprescindibles argumentos éticos y se remite a tergiversadas dicotomías —o tricotomías— entre lo malo, lo peor y lo pésimo: hasta dónde es permisible un daño. Entre la salida emocional del disparo de Chibás y la entrada calculada de Batista al poder media la tragedia de la Isla. A partir de entonces, los intelectuales se refugian tras sus obras, las hazañas heroicas (reales o míticas) se hacen cotidianas y los intereses económicos caen víctimas de su propio juego. El heroísmo es en muchos casos solo la salida desesperada ante la mediocridad y la estulticia, pero un gesto condenado a consumirse en su propio esplendor, incapaz de dejar huella duradera en la vida del país salvo en el reino de lo anhelado y ausente.

Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez —tanto económica como psicológica— tras la revolución el cubano vive presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza. De los primeros fusilamientos a la Causa No 1, la corrupción ha sido justificación y vía de escape; motivo de envidia y rencor. Como gemelos separados por el mar, se han visto iguales prácticas entre algunos funcionarios de origen cubano en Miami.

El régimen de La Habana ha logrado como ningún gobierno anterior explotar la dicotomía falsa entre sacrificio y corrupción. Nunca al cubano se le ha dado la posibilidad de no tener que sacrificarse para no ser corrupto. La historiografía cubana se reduce en la mayoría de los casos a un afán desmedido de relegar las vicisitudes cotidianas como necesarias y carentes de valor, al tiempo que se exaltan las virtudes del martirologio. La galería de héroes se traduce en un llamado a dejar a un lado la disciplina mediocre para justificar la indisciplina heroica. Cuba es una isla que vive —siempre ha vivido— bajo un cielo de mártires y héroes, cuya sombra oculta la ineficiencia e injusticia que crea y alimenta la corrupción. Cuando se abandona la mítica del héroe, solo queda abrazar el cinismo, la amoralidad y el oportunismo.

Luchar contra la corrupción no es solo un deber moral sino una razón de supervivencia. Rechazar el sacrificio —como valor social, político y económico— debe ser un principio fundamental para una nueva república.


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