Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Convivencia, Cuba, Represión

Cuba: reprimir como una forma de negación

Los represores del gobierno cubano son, al mismo tiempo, grandes reprimidos

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El gobierno cubano vigila y reprime cualquier opinión que considera contraria con un celo no solo excesivo en su función sino maniático en su forma. Ello hace del mecanismo de terror no solo un instrumento de control. También lo convierte en una dilapidación de recursos y energía propio de una neurosis maniaco compulsiva, donde el ritual canaliza la ansiedad mediante una configuración torcida.

La Seguridad del Estado cubana gastó esfuerzos y recursos en un interrogatorio a Yoandy Izquierdo y Dagoberto Valdés, miembros del Centro de Estudios Convivencia (CEC), a su regreso luego de participar en la Conferencia Anual de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana (ASCE) que se desarrolló aquí en Miami a finales de julio.

El encuentro anual de la ASCE es una reunión donde se discuten ponencias e intercambian criterios en un ámbito puramente académico, donde se comentan trabajos que abarcan los puntos de vista más amplios, incluso los cercanos al gobierno de La Habana, sin que medie censura alguna. No se trata de un acto político —nunca ha sido su objetivo—, de una reunión de disidentes u opositores y tampoco apuesta al enclave ideológico.

Quien conoce a Valdés e Izquierdo sabe también de la vocación de ambos por el intercambio en el sentido más amplio y el respeto a la opinión contraria. Dagoberto es un apasionado del diálogo.

Se debe enfatizar, además, que la conferencia a la que asistieron en esta ciudad se dedica al análisis del tema económico. No discute tácticas políticas, no propugna formas de oposición ni dicta estrategias de lucha pacífica.

¿Y entonces por qué ese derroche, de emplear a dos oficiales de la seguridad —un teniente coronel y un mayor— para tratar de averiguar lo que se discutió en un evento que, por lo demás, no es secreto?

Claro que la respuesta es simple: llevar a cabo un acto de intimidación, cumplir con el afán de reprimir.

El gobierno cubano comete un error, cuando confía en la eficiencia probada de su mecanismo de represión preventiva para dilatar la solución de los graves problemas que enfrenta el país.

En este sentido, la represión actúa no solo en su carácter más evidente de función política; al igual pone al descubierto ese otro concepto de represión, propio del psicoanálisis, que explica el proceso por el cual un impulso o una idea inaceptable se rehúye, posterga o relega al inconsciente. Los represores son, al mismo tiempo, grandes reprimidos.

Se evidencia así uno de los problemas más graves de la Cuba actual. Lo que es una victoria de la censura se traduce en una derrota de la creatividad, en el sentido más amplio de ambos términos.

Por décadas el gobierno viene alimentado la ausencia de futuro en la población como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable. Pero si estas actitudes influyen negativamente en las posibilidades de un cambio democrático, también afectan a la capacidad de la nación para resolver sus problemas por medios propios.

La realidad, por otra parte, golpea cada vez con más fuerza a Cuba.

El intercambio comercial entre la Isla y Venezuela ha sufrido un declive del 70 % en dos años. Las alianzas políticas ceden ante la cruel economía. Crece la dependencia en el turismo y las remesas como pilares de sostén, mientras las ansiadas inversiones extranjeras no terminan de materializarse.

Ante ello, la posición que asume la Plaza de la Revolución es limitar el sector de producción y servicios en manos privadas, o clausurar con ímpetu creciente algunos de sus desarrollos en crecimiento hasta ayer. Esta respuesta no es más que la negación de la negación. Cada vez más, el gobierno cubano necesita de un psicoanalista.


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