Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, EEUU, Obama

Cuba/USA: después de la celebración

Hay muchas razones para saludar el reestablecimiento de relaciones

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El restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos abre un nuevo capítulo en ese retozo de Eros y Tánatos que ambos países han sostenido desde hace dos siglos.

Es el tipo de movida política en la que —según los politólogos— todo el mundo gana. En el corto plazo —ese plazo que alimenta los 15 minutos de las celebraciones la élite postrevolucionaria cubana ha ganado más que nadie mostrando músculos en una contienda en la que, se dice, no ha cedido en nada y ha obtenido todo.

Pero cuando se apaguen las luces y cese el jolgorio, los dirigentes cubanos seguirán cargando tanto el peso de sus propias incapacidades como el de una relación geopolítica muy desigual. Y tendrán que afrontar los desafíos que provienen de lo que fue indudablemente una victoria, pues en política cada triunfo trae nuevos desafíos debajo del brazo. En ocasiones más exigentes que el éxito que les precede.

No es el caso de Estados Unidos, para quien el tema del bloqueo/embargo es absolutamente secundario. Obama sabe que encontrará opositores y obstáculos para todo —hasta para nombrar un embajador potable— pero también sabe que tiene a su favor dirigir un país que tiene más clientes que amigos. Y Cuba puede llegar a ser un buen cliente para las inversiones y el comercio si se incrementaran las oportunidades de negocios en la Isla y si su gobierno explicitara en este nuevo contexto su buena disposición a satisfacer demandas legítimas en torno a las expropiaciones de los 60. Y mientras tanto Cuba continuaría cooperando con Estados Unidos en temas sensibles como la migración, el medio ambiente y el narcotráfico, tal y como ha estado haciendo con notable eficiencia hasta el momento. En ocasiones con mayor eficiencia que otros países aliados fronterizos.

Posiblemente de esta diferencia resultaron los contrastes de las dos comparecencias presidenciales que anunciaron el acuerdo. Obama se mostró relajado, carismático, argumentativo y proclive a reconocer errores pasados. Como se dice, suave, muy suave. A diferencia del General Presidente cubano, que apareció en traje militar de campaña, leyendo un documento con el mismo tono como se dirige a sus tropas en la plazoleta de El Cacahual y sin mostrar el menor asomo de querer rectificar nada. Parecía asustado y seguramente lo estaba pues para Cuba el cambio es transcendental. Como se dice, duro, muy duro, lo que remató en otro discurso reciente desempolvando la consigna insignia de una retórica fatigada: Patria-o-Muerte- Venceremos.

La historia es complicada. El gobierno cubano pudo reírse del bloqueo/embargo mientras gozó de transferencias externas que le garantizaban la sobrevivencia. Por eso Fidel Castro —cuya constitución mental solo reconoce el conflicto como recurso— pudo patear en la cara a Carter y luego obligar a Clinton a firmar la Ley Helms Burton. Y sencillamente seguir gobernando atando la economía a subsidios —soviéticos o venezolanos— y la vida cotidiana a la cartilla de racionamientos.

Pero si algo demostró el último medio siglo es que el desarrollo de Cuba no se puede conseguir en un marco de hostilidad con tan descomunal vecino y sin acceder a su mercado. Lo aprendieron, “en pellejo propio”, los cubanos comunes de todas las latitudes. Los militares cubanos y sus tecnócratas también lo han entendido. Y por eso los diseños de los principales planes económicos en los que debe descansar el despegue de la Isla han basado su viabilidad en esa relación. El complejo económico en torno al Mariel, y en general toda la habilitación turística de la franja costera Habana/Matanzas —los pivotes claves de la recuperación económica— se han hecho mirando al Norte, donde, de paso, reside la comunidad más activa económica y demográficamente de la sociedad transnacional cubana: los emigrados. A pesar de su declarado tercermundismo, La Habana mira insistentemente al Norte.

En resumen, el fin del embargo y la normalización de relaciones con Estados Unidos no resolverán per se ninguno de los muchos y acuciantes que hoy afronta la sociedad cubana, en la misma medida en que estos problemas no se originan —como es usual escuchar en los corrillos “solidarios”— en el bloqueo. Se originan en escenarios complejos en los que el diferendo con Estados Unidos tiene un lugar pero determinados ante todo en la incapacidad manifiesta de la actual élite política para crear un clima económico dinámico, una distribución social justa y un sistema político democrático. Pero el la normalización de relaciones sí creará un escenario más favorable para avanzar en la búsqueda de soluciones.

En el campo político —donde los dirigentes cubanos niegan todo tipo de cambios políticos en la creencia de que ellos protagonizan el sistema más democrático del mundo— la normalización de relaciones creará un contexto diferente a aquel de fortaleza sitiada en que cada disidente fue considerado un traidor. Y castigado como tal, con la cárcel o el destierro. El gobierno tendrá que moderar el uso de su último recurso retórico —el nacionalismo intransigente frente a una imaginada agresión imperialista— y según se relajen los impedimentos del bloqueo, también tendrá que buscar en otro lugar las excusas antimperialistas del descalabro económico. La sociedad cubana tendrá inevitablemente más acceso a información y contactos. Y el espectro crítico y oposicionista del sistema, pudiera ganar más oportunidades para opinar y actuar sin que pueda ser presentado como agente de un enemigo que se desvanece.

Hay muchas razones para saludar el reestablecimiento de relaciones. Es encomiable que el gobierno americano haya reconocido que la política de hostilidad fracasó en muchos sentidos y que son necesarios nuevos enfoques. Y es loable que el General Raúl Castro haya decidido dejar a un lado las políticas desastrosas de su hermano y haya entendido que la normalización de relaciones con Estados Unidos es necesaria para el futuro de la Isla. Vale imaginar —imaginar no cuesta nada— que en esta nueva coyuntura en que el “peligro imperialista” retrocede algunos palmos, la élite postrevolucionaria tome conciencia de que la patria es de todos, y a todos —no importa preferencias ideológicas o adscripciones políticas— nos toca decidir.


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