Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Cuba, EEUU, Venezuela

Cuba, Venezuela, la familia y la vía coreana

Algunos en el exilio de Miami apuestan al caos como una solución para la llegada de la democracia a la Isla, pero esta es sin duda una mala alternativa

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Como en un lance de muy reducidas alternativas, el régimen cubano siempre ha mostrado unos dados con apenas dos caras: aceptar una situación sin cambio político en la Isla o el peligro del caos. Es posible que ha llegado el fin de tal dicotomía, pero también cabe la duda si asistimos a un bluf por parte de Washington.

El presidente Donald Trump amenazó al gobierno cubano con un “embargo total y completo”, pero resulta difícil considerar la amenaza más allá de una fanfarronada.

El mandatario, por otra parte, no ha logrado siquiera cerrar las fronteras de Estados Unidos a la entrada de inmigrantes indocumentados, como es aparentemente su deseo y como prometió durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca.

¿Un embargo “completo”? Al parecer Trump ha cambiado de canal de televisión: ha dejado Fox por TCM y las películas de la II Guerra Mundial.

Aunque no hace falta ese “embargo completo” para complicarle la vida a los cubanos de a pie.

Hay un peligro real de una crisis económica profunda en Cuba —ocasionada por la desaparición del sostén económico que representa Venezuela— y de un caos consecuente a noventa millas de Estados Unidos.

Algunos en el exilio de Miami apuestan al caos como una solución para la llegada de la democracia a la Isla. Pero esta es sin duda una mala alternativa, por dos razones fundamentales.

Una es la capacidad demostrada —y no disminuida— con que cuenta el régimen para exportar las dificultades fuera de sus costas; no mediante un éxodo masivo sino a través de presiones emocionales y de todo tipo sobre una comunidad que ya no se caracteriza por la ruptura sino por la continuidad.

La segunda es que nada garantiza que la repuesta a un potencial tumulto sea un avance democrático, sino más bien un retroceso social y político. Además, ninguna nación apuesta por un desorden que indudablemente repercutirá en sus costas.

Hasta hace poco parecía que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la vida del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrecía una imagen de estabilidad a los ojos del mundo.

Castro fracasó en ese esfuerzo, si alguna vez realmente se lo propuso como objetivo serio, pero logró mantener la estabilidad mediante una hábil mezcla de apatía y represión. Las imágenes del desfile por el 1º de Mayo, ocurrido hace unos días, refuerzan el hecho. Por años también, optó por mantener la indecisión entre la permanencia y el cambio. Y ahora con Trump esa indecisión amenaza con convertirse en reproche por no aprovechar mejor la apertura brindada por Obama.

Pero lo cierto es que con una figura en la presidencia cubana que apenas se define por su transitoriedad, las posibilidades de un desastre se han multiplicado.

Mientras tanto, la situación venezolana se caracteriza por ser una especie de montaña rusa diaria —más que un ajedrez político—, con la inestabilidad como estrategia y la confusión convertida en táctica cotidiana.

En ese escenario, mientras Nicolás Maduro se aferra al poder cada vez más como un déspota tártaro, la esperanza de Washington transcurre entre presiones diplomáticas —mentiras y especulaciones bajo el disfraz de guerra psicológica— y una hasta ahora infructuosa espera —bolsa en mano— por la llegada de los generales chavistas que saquen del camino al payaso opresor.

Como en Venezuela no hay cohetes y sí mucho petróleo, no cabe aguardar por una vía coreana: esa de cumbres sin sentido, risas y gestos vacíos. El gobierno de Maduro carece de futuro. ¿Y qué le queda a los cubanos? ¿Sangre, sudor y lágrimas? No tan dramático: la llamada a Miami para más envíos. A no ser que Trump corte también la línea telefónica. Aunque alguien debe advertirle que cuando se trata de la familia cubana, no basta con amenazas.


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