Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Dictadura, Cuba, Democracia

Cuba y Democracia: ¿Antónimos?

En la Isla se ha producido una homogeneización apuntalada por la miseria económica que no hace al país proclive a la tolerancia

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Mucho se habla últimamente sobre el establecimiento de un gobierno democrático en Cuba como la solución a todos los problemas del país y la apertura hacia una mejoría económica, hacia una economía de mercado que fortalecería la institución de una democracia. Por supuesto, quienes más se lo plantean son los cubanos que han estado viviendo una gran parte de su vida en una democracia ajena.

Cuba es parte de mi pasado. Hace más de tres décadas que no la piso y es muy probable que jamás la vuelva a ver. Pero ello no me impide pensarla, estar al tanto de lo que allí sucede, mantenerme en contacto con los amigos que allá me quedan y conocer y establecer amistades con recién llegados. He vivido en un país democrático la mayor parte de mi vida y no le desearía menos que eso al futuro de lo que es, en definitiva, mi país.

Sin embargo, una somera revisión de su historia me lleva a cuestionarme la posibilidad de que un estado democrático sea la solución factible a corto plazo una vez que la biología aniquile al castrismo.

Entre 1902 y 1952 Cuba tuvo dieciséis presidentes (varios de ellos provisionales, algunos de los cuales duraron un día), dos gobernadores americanos y un gobierno provisional dirigido por un comité, lo cual no indica estabilidad. La mayoría de los gobiernos estaban contaminados de corrupción y las instituciones democráticas se manipulaban a conveniencia. De alguna manera y por diferentes razones que no cabria discutir aquí, el país se fue desarrollando a un nivel elevado con respecto a los estándares latinoamericanos.

En 1952, como todos sabemos, un golpe de estado llevó a Batista por segunda vez al poder. Estableció una suerte de dictadura constitucional, una dictablanda, como la llamaban, en la cual no faltaban la represión política violenta, el crimen ejercido por el gobierno y los nefastos oficios de grupos paramilitares. A pesar de ello, y sé muy bien que los estudios económicos y sociológicos y las estadísticas que arrojan pueden ser cuestionable por su propensión a la manipulación (y un recorrido por diversos estudios arroja resultados contradictorios), todo indica que durante este período el país progresó económicamente más que en ningún otro período, alcanzando, en algunas áreas, niveles cercanos a los países desarrollados (no debe olvidarse en las comparaciones que Europa acababa de salir de una guerra devastadora y España de un bloqueo atroz). Esto no implica necesariamente que los cubanos funcionan mejor bajo un gobierno dictatorial que bajo uno democrático.

A ello hay que añadir que no solo ningún cubano menor de 62 años ha nacido bajo un gobierno democrático, sino la destrucción de todo tipo de institución democrático-burguesa llevada a cabo por el gobierno castrista, que además implantó un totalitarismo asinino que ya lleva 55 años en el poder, así como el aislamiento del país con respecto a los modelos de desarrollo social y económico que se han llevado a cabo en otras partes del mundo. Todo esto se suma para cuestionar la viabilidad de la implantación efectiva de un sistema de participación democrática en un futuro cercano.

Si la constitución étnica y cultural de la población cubana se forjó a través de los siglos mediante el mestizaje de españoles, africanos, chinos, haitianos, jamaicanos, americanos, libaneses y judíos de Europa Central, el control migratorio de los últimos cincuenta años, así como la conversión del país en una nación de emigrantes, ha resultado en una homogeneización apuntalada por la miseria económica que no hace al país proclive a la tolerancia y a la aceptación de influencias extranjeras (que cuando no han coincidido con la política oficial, han sido demonizadas como diversionismo ideológico). El sistema inmune social es débil.

No es solamente el caso de la población gobernable, sino el de que no existen políticos acostumbrados a gobernar en un sistema en el cual la diversidad de opiniones y la civilidad sean la orden del día y los elementos a considerar en sus funciones.

Pudiera continuar presentando otros elementos, pero creo que con los anteriores basta no para eliminar la posibilidad de una democracia como futuro viable, como garante de prosperidad, pero sí para reflexionar al respecto y meditar sobre todo lo que sería necesario enmendar para poder emprender un camino correcto. Y por supuesto, nada que valga la pena puede hacerse por decreto.


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