Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Cuba, Castro, Marrero

Cuba y su primer ministro: la esperanza, el reto y el sueño

La clave radica en la selección de una figura cuya principal función ha sido administrativa y no ideológica

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La elección de un nuevo primer ministro en Cuba es un reto y una esperanza para el país. Arriesgarse a esta afirmación solo se justifica ante la ausencia de otras opciones, seguro más optimistas y deseables, pero imposibles en estos momentos. La terca realidad obliga: los sueños, sueños son.

Secundarias resultan las características personales del elegido. Inocente. No, mejor: estúpido esperar un salvador; tonto destacar que proviene del ejército, porque en un gobierno que llegó al poder por las armas —y durante más de seis décadas se ha mantenido y consolidado ese ejercicio— resulta imposible aguardar otra vía; superfluo catalogar el movimiento de “cosmético”, ya que tal categorización parte de un absolutismo ridículo; innecesario enfatizar el mecanismo de elección controlada—torcido, se puede añadir—, al impedir dicho énfasis el seguir adelante en el análisis, aunque se reconozca su validez.

La clave radica en la selección de una figura cuya principal función ha sido administrativa y no ideológica. Marrero no es miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y, por supuesto, tampoco de su Buró Político.

Se puede argumentar que la elección de alguien con dicho perfil obedece a una jugada política acorde al momento. Solo que limitarse a ello descarta la realidad de una estrategia de mayor alcance —puesta en práctica por Raúl Castro y desarrollada, para bien y para mal, sin interferencia exterior—, la cual ha resultado en la transformación del mando en Cuba.

Transformación que ha implicado no solo la desconcentración de los poderes de Estado y de gobierno, sino la división de responsabilidades mientras se mantiene, en última instancia, una autoridad única en la figura de Primer Secretario del Partido Comunista.

Si el análisis o el discurso se limita simplemente a ese ejercicio de autoridad, que restringe o elimina la voluntad democrática, poco importa la figura del primer ministro.

Es necesario hablar de la falta de democracia en Cuba, aunque no por ello se deben excluir otros aspectos de la discusión, entre ellos la necesidad de una adecuada administración económica; algo que, por otra parte, resulta vital en cualquier país con independencia del grado de democracia existente.

En un proceso iniciado desde la llegada a la presidencia de Miguel Díaz-Canel, la designación de Marrero como primer ministro da el puntillazo final a la “legitimidad de origen” como justificación y fundamento para el mando en Cuba —Ramiro Valdés de vice primer ministro convertido en excepción transitoria y no en regla de permanencia— a la que estuvo obligado a recurrir el propio Raúl Castro.

Cuando el 2 de diciembre de 2006, Castro pasó revista a las tropas del desfile militar junto a tres Comandantes de la Revolución, entonces sobrevivientes, no hizo más que repetir un gesto y un principio asumido muchos años antes por el dictador español Francisco Franco.

Franco recurrió por largos años a la “legitimidad de origen”: su victoria en la guerra civil le garantizaba la autarquía. Pero durante la dictadura franquista —y con el caudillo en la plenitud de sus poderes—, fue necesario superar esa etapa para dar paso a la “legitimidad de ejercicio”, marcada por la promesa de una prosperidad alcanzada mediante la inversión extranjera y una liberalización económica que en buena medida prescindió de sus equivalentes políticos, sociales y culturales.

Ahora en Cuba se intenta un proceso similar.

El reto principal que enfrenta dicho proceso es si realmente funcionará esa horizontalidad de poderes. De entrada, no hay la intención de que Marrero ejerza como el primer ministro típico de los sistemas parlamentarios, sino más bien como un “administrador en funciones”, cuya posible sustitución en un futuro no altere el equilibrio político.

Pero incluso dentro de esta difícil posición tendrá el poder para las necesarias —y hasta ahora pospuestas— reformas económicas. Claro que será una labor desempeñada desde y a favor de la clase militar cubana, sin por ello excluir algunos beneficios para la población. Y ello mejoraría la situación del cubano de a pie. ¿O es que de momento hay un plan mejor? ¿Desde el exilio? ¿Desde la llamada “oposición”? ¿O hay que repetir entonces lo dicho al inicio: los sueños, sueños son?


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