Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Obama, Visita, Cuba

De hoteles y derechos

Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses: mantener una estabilidad social y política, forzada en ambas costas

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La cadena hotelera Starwood es la primera compañía estadounidense que firma un acuerdo con las autoridades cubanas desde la revolución de 1959. Pero es muy posible que dentro de poco la firma deje de ser norteamericana, adquirida por un grupo inversor chino.

No se trata de un movimiento ordenado por el Partido Comunista Chino. La operación no aparece en plan quinquenal alguno. No obedece a patrones ideológicos. Es capitalismo en su definición más amplia.

El hecho puede servir como ejemplo de los tiempos que corren, y de enseñanza al que quiera comprender lo que sucede en la actual etapa de “deshielo” entre Washington y La Habana.

El Gobierno estadounidense no está buscando un cambio de régimen en Cuba. Quiere anticiparse para evitar un problema mutuo, que es una grave crisis económica en la Isla que degenere en caos, un éxodo más masivo que el que existe en estos momentos y una situación de inestabilidad a 90 millas de sus fronteras. Para ello la fórmula es simple: la estabilidad se antepone a la libertad. Puede gustarnos o no, cabe rechazar o admitir la noción, pero es la realidad.

Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses: mantener una estabilidad social y política, forzada en ambas costas.

Ver la visita del presidente Barack Obama en otros términos implica desconocer las reglas del juego. El problema para él no es que no se entienda así en Miami, sino lograr que quienes tienen el poder en Cuba adopten ese criterio. Viajó a convencerlos. Si estos comprenden que le deben la sobrevida, mejor. Si esta viene acompañada de un cambio político, perfecto. Aunque estas dos últimas no son condiciones indispensables.

Por supuesto que EEUU siempre va a pregonar las ventajas de un modo de vida democrático, pero ahí termina la cosa.

La clave radica entonces en analizar si la cúpula dirigente cubana es capaz de llevar a cabo ese proceso. Hasta ahora hay razones para el pesimismo, pero también hay presentes dos factores para la tentación: el tiempo y el dinero.

La conferencia de prensa con los mandatarios Barack Obama y Raúl Castro, tras la reunión a puertas cerradas que sostuvieron el martes, ofrece algunas pautas.

Más allá de la torpeza del gobernante cubano, hay varios indicadores que merecen comentarse.

Sea por la importancia del visitante, Castro no asumió una actitud de rechazo total, como la que habría sostenido su hermano mayor. Cierto que en su estilo de respuesta siguió un patrón idéntico al de su predecesor en el mando, pero iluso hubiera sido esperar otro comportamiento. Hubo mucho de cinismo en sus palabras, pero también ciertos guiños que no deben pasarse por alto. El simple hecho de admitir que Cuba no cumple con todos los requisitos sobre derechos humanos implica un deslinde.

Durante décadas La Habana ha utilizado la represión como otra forma más de distraer la atención sobre los graves problemas económicos que afectan al país. Uno de los retos fundamentales para La Habana es eliminar o limitar ese uso. No se sabe aún si la Plaza de la Revolución cuenta con la capacidad necesaria para llevar a cabo este cambio.

Mucho está en juego, tanto para quienes en Cuba se aferran a los ajados mecanismos —pero aún eficientes— de conservar el poder, como para quienes desde el exilio en Miami —y en su extensión en Washington— defienden el enfoque tradicional anticastrista.

No es simplemente una definición elemental del poder, sino algo más profundo: la capacidad de sobrevivir más allá de los esquema elementales.

Si en estos momentos La Habana no lleva a cabo una serie de medidas que permitan la ampliación de ciertos derechos, es por el temor a que el debate adquiriría entonces un carácter más comprometedor.

La ceremonia dominical de las Damas de Blanco —para citar un ejemplo socorrido y repetido a diario— es una clara evidencia de las limitaciones actuales del Gobierno cubano.

Poner fin a esta representación semanal de la forma más fácil —es decir permitirla sin estorbo alguno— no es un reto muy elevado para el Gobierno, por lo limitado del alcance del grupo opositor, pero indirectamente abriría la puerta a una confrontación más seria.

El régimen necesita a las Damas de Blanco, tanto como ellas necesitan ser víctimas como razón de existencia. Sin represión desaparece su esencia —de hecho es un movimiento de base muy limitada, que ya desde hace tiempo perdió su función original— y popularidad.

Cuando hay otros factores dentro de la oposición que pueden pasar entonces a recibir mayor reconocimiento internacional y de la prensa, resulta preferible para el Gobierno cubano el mantener un statu quo que dé beneficios compartidos.

Lo que busca el presidente Obama es promover un cambio en esa ecuación, no primordialmente en el ámbito político sino en lo social y económico.

Un cambio fundamentalmente cultural, donde nuevos esquemas sustituyan paradigmas gastados. Ese cambio, de producirse, dejaría atrás incluso la propia visión de Obama sobre Cuba.

Para que el acercamiento entre Washington y La Habana sea irreversible, se necesitan mayores avances en inversiones y comercio. En buena medida esto no se ha alcanzado aún no por la persistencia del embargo ni la represión contra los disidentes, sino por la falta de mecanismos mutuos que faciliten su desarrollo.

Ante todo, Cuba tiene que agilizar procesos y normas que traban las iniciativas, y todo ello implica una despolitización de la sociedad. Pero a tal efecto hay que contribuir también desde el exterior, centrando los objetivos en miras más amplias.

Mientras el debate sobre Cuba siga limitándose a los márgenes estrechos y contrarios de embargo-represión, el país continuará anclado en esquemas caducos. Procurar que los cubanos vivan mejor es un reclamo válido, que trasciende fronteras y no debe suscribirse a una agenda estrecha.


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