Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Sociedad

De represiones y temores

La cacería contra la oposición, síntoma del miedo de los opresores a un despertar de la conciencia nacional.

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Los regímenes autoritarios tienen la prensa que se merecen, y en Cuba no podría encontrarse la excepción. Para colmo de males, el director del más importante diario oficialista tiene dotes de verdugo.

Sin embargo, Lázaro Barredo no fue atendido en la última sesión ordinaria de la Asamblea Nacional, del cual es miembro. Sus intenciones de reforzar la Ley Mordaza aún están en reposo, o quizás en el horno, para ser servidas cuando a Raúl Castro se le ocurra.

A finales de junio, el diputado Barredo propuso a la Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Nacional la revisión de la Ley 88 (de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, o del Código Penal). Curioso método resulta pedir "castigos" para quienes sólo intentan, desde posiciones alternativas, llenar el espacio vacío que Granma no puede ocupar.

Diría el escritor Heberto Padilla que es una curiosa simbiosis de poeta y sicario la misión que tiene que desempeñar Lázaro Barredo, pues es casi imposible encontrar en la historia de la prensa a un periodista que haya propuesto castigos tan crueles para otros comunicadores, por el solo delito de disentir con una política.

Algo se cocina

Pero la Asamblea Nacional no necesita pronunciarse abiertamente por intensificar los castigos, para eso están las violaciones constitucionales y de derechos humanos erigidas como estandartes por el régimen desde hace cincuenta años.

En los últimos tiempos se ha acrecentado la cacería contra la oposición: no hay acto, reunión, encuentro, conferencia, planificados, que no sean disueltos por la fuerza por parte de la policía política.

Más de 200 activistas de Derechos Humanos fueron detenidos entre el 2 y el 6 de julio pasados, según un informe hecho público por la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba (FDHC).

Uno de los objetivos más marcados fue impedir la celebración de la reunión de la Agenda para la Transición, programada para el 3 de julio.

Tampoco la Primera Convención Nacional y el Foro Progresista de La Habana, celebrado este fin de semana, pudo contar con la presencia de sus delegados de varias provincias, sobre todo las orientales.

Los ejemplos son infinitos, pero la idea es la misma: difamar, dispersar, confundir.

Son los síntomas del miedo visceral que recorre la sangre de los opresores. Para ello se ensañan, no sólo contra los que desde una posición abiertamente disidente cuestionan el régimen, también la emprenden contra un cantante de rock, que curiosamente hace mucho "ruido" en un país tan silencioso; contra estudiantes universitarios por intentar abordar el tema del suicidio, o contra poetas que en un remoto paraje de la Isla editan una revista incómoda.

El temor de (y por) los elegidos

También está el miedo a sus propias huestes, pues Fidel Castro se empeña en corregirle la plana a cuanto periodista oficialista comete el más mínimo desliz "estratégico".

Un día la emprendió contra quien le echó la culpa de los problemas económicos nacionales a la caída del Campo Socialista; en otra de sus reflexiones criticó a boxeadores furtivos; también la emprendió con los que cuestionaron la actuación del equipo de béisbol en Holanda, y así, hasta que, desde su posición de "francotirador", se burlará de todo razonamiento humano, pues él y sólo él tiene el derecho de pensar en Cuba.

En la recién finalizada bachata de los periodistas oficialistas se habló más de la Red Avispa y del ALBA (la chavista Alternativa Bolivariana para las Américas), que de los problemas reales que enfrenta la prensa nacional.

Los delegados al congreso de la UPEC fueron amaestrados como loros en qué cosa debían decir y sobre cuáles temas no bebía mencionarse ni una palabra. Con la docilidad que los caracteriza, y también con el miedo que le tienen a Machado Ventura (quien atisbaba desde lo alto en silencio), los sumisos también temen, pero en correspondencia, la sospecha es recíproca por parte del que todo lo controla: el Partido Comunista.

Desde su pusilanimidad, los periodistas castristas también critican en sordina los escasos salarios, la falta de medios para trabajar, las misiones a Venezuela, que sólo son repartidas entre quienes ofrecen más (dinero o especies). Pero también reprochan a los otros francotiradores: a los dirigentes corruptos que todo lo evaden y los convierten en meros pseudocríticos en una sociedad podrida en sus esencias.

Critican, pero en los pasillos, porque los medios de comunicación no pueden ser tocados, como no sea para mencionar los errores de los mandos intermedios, no de la alta política del país.

El saldo de la reunión de los resignados fue algunos kilogramos de más, gracias a las mesas suecas en el Hotel Tritón, o por los almuerzos ofrecidos por los sibaritas en el Palacio de las Convenciones; y una vana esperanza ya tantas veces repetida en ediciones anteriores: "no se preocupen que todo se resolverá…".

De ese evento de atrezzo y pirotécnica se puede inferir el desgaste ideológico y moral del régimen, sobre todo a través del discurso estalinista que Rolando Pérez Betancourt, de Granma, susurró a sus colegas: "Para quien quiere robarme la libertad, ninguna libertad". El murmullo lleva implícito una falta de prerrogativas también para ellos mismos.

Es la decadencia sin límites de un sistema político que sólo sirve para exacerbar el choteo. No hay un rincón en la Isla donde no esté presente el cuestionamiento a cada salida que ofrece el nuevo Castro a los ciudadanos.

Los mejores noticieros, dice el pueblo, son los programas humorísticos; en tanto, los otros, los que buscan la verdad y la luz al final del túnel, están en la blogosfera, maniatados, perseguidos, silenciados.


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