Actualizado: 13/12/2019 11:14
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“Del buen salvaje al buen revolucionario”

Los gobiernos latinoamericanos siguen arrastrando los males y la ceguera ya denunciados en una obra célebre, al tiempo que prevalece la falacia de que Washington es el culpable de todos los problemas que afectan a la región.

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La reciente cumbre de Cancún evidenció que nada cambió en América Latina desde que Carlos Rangel escribiera su famosísimo libro Del buen salvaje al buen revolucionario. Los presidentes reunidos repitieron las incongruencias y desafueros condenados otrora por Carlos Rangel, como si el tiempo, en vez de subsanar la ceguera del continente, la hubiese incrementado.

Nunca como en estos últimos días, la actuación de los mandatarios latinoamericanos ha parecido como una demostración in vivo de los certeros análisis contenidos en el brillante ensayo de Rangel. Fieles a la caracterización que en su tiempo hizo el ensayista venezolano de los mitos que alimentan el imaginario político latinoamericano, de los cuales el más rebelde es el resentimiento hacia Estados Unidos debido a su grado de desarrollo, en contraste tajante con el de América Latina, la reciente “Cumbre de la Unidad” del Grupo de Río, celebrada en febrero en Cancún, fue una demostración patente de los análisis de Rangel, como si éste hubiera escrito el guiónsegún el cual actuaron. Rangel demuestra que en lugar de darse los medios para desarrollarse, como fue el caso de Estados Unidos, el continente pasó del mito del “Buen Salvaje” al del “Buen Revolucionario, animado por la misión de dar a luz al “Hombre Nuevo”. De ahí que sea una región a la deriva, entre falsas revoluciones y dictaduras, entre corrupción y miseria, entre ineficacia e irritable nacionalismo, como lo expresa el conocido ensayista francés Jean François Revel en el prólogo a la primera edición de la obra de Rangel.

La ola de gobiernos de “izquierda” ha puesto en boga la creación de organismos de integración en los últimos diez años, tantos, que la memoria no alcanza para recordar sus imnumerables siglas. Con la “Cumbre de la Unidad”, una vez más, los países latinoamericanos y caribeños pretendieron demostrarle al mundo que esta vez sí daban un paso trascendental hacia la “integración” regional. Una vez más prevaleció el pensamiento mágico en que no cuenta el hecho real, sino la expresión verbal del deseo que se convierte en realidad imaginaria. La iniciativa de la Cumbre se expresó bajo el signo de lo “anti” y de la exclusión: en contra de la OEA y por la exclusión de Estados Unidos y de Canadá. Nada en pro, todo en contra, fieles a la dinámica de la confrontación permanente dictada desde La Habana y difundida por los principales voceros de Fidel Castro: Hugo Chávez y Evo Morales, y, Lula Da Silva, el verdadero ejecutor en la práctica.

Como es sabido, para los políticos latinoamericanos, el “imperialismo norteamericano” es la fuente de los males del continente, que, como apunta Rangel, quien no niega la influencia negativa de éste, pero que la considera una consecuencia, no la causa de la debilidad del continente y su incapacidad de construir Estados democráticos modernos y economías viables.

Excluir a Estados Unidos y a Canadá de la nueva estructura significa desconocer una realidad geográfica a la cual los jefes de Estado reunidos en Cancún no dieron una explicación válida. Pero, en realidad, los motivos parecen responder a un escenario diseñado de antemano y no recientemente.

Todo parece indicar que una vez más la línea castrista se impuso. El Secretario General de la OEA, José Manuel Insulza (cuya principal atribución es garantizar la democracia) ha manifestado su docilidad hacia la política del eje La Habana-Caracas, al luchar por la reintegración de la dictadura cubana en la OEA. A pesar de ello, el gobierno de la Isla declinó la oferta, puesto que no estaba dispuesto a cumplir con las normas de la democracia incluidas en su reglamento. De ahí que los gobiernos identificados con el castrismo hayan promovido un organismo endogámico que les permita desahogar su resentimiento, libres del cumplimiento de la Carta Democrática Interamericana: el respeto de las constituciones nacionales, los derechos humanos y las libertades públicas. “La OEA no sirve para nada y debe dejar de existir”, declaró el teniente coronel Hugo Chávez, manifestando de manera cristalina el propósito de la cumbre: acabar con una institución destinada a la defensa de la democracia.

Por su lado, Evo Morales, en tanto que presidente del sindicato de cocaleros, directamente relacionado con el mercado de la droga, manifestó claramente su deseo de liberarse de todo control, al expresar, en plena celebración de la cumbre, que "venimos a debatir una nueva organización sin Estados Unidos, pues los agentes de Estados Unidos vienen a tratar de empantanar y hacer fracasar este evento", en referencia al presidente Alvaro Uribe de Colombia. Mientras, su colega venezolano protagonizaba un altercado con el presidente colombiano, episodio que iba a dar repercusión a la reunión que, de otra manera, no hubiese tenido mayor transcendencia.

La cumbre anti-OEA dejó traslucir la improvisación, la falta de seriedad institucional de los dirigentes latinoamericanos y, como lo expresara recientemente Julio María Sanguinetti, ex presidente uruguayo, “no se necesita sumar más organismos de los ya existentes; el problema de fondo es la inmadurez política; para integrarse no se necesita una nueva OEA, sino la posibilidad de mantener un diálogo serio y maduro entre los latinoamericanos”.

Por suerte, en la Cumbre se hizo escuchar una voz que, pese al balance negativo que expresaba, constituye una nota de esperanza por su clarividencia y su rigor. Se trata del discurso de despedida del Dr. Oscar Arias, presidente saliente de Costa Rica, que significó un verdadero curso magistral de ética y de comportamiento político. Se extendió sobre las anomalías que sufre el continente, se refirió a quienes “quieren abordar un oxidado vagón del pasado”, a encerrarse en “trincheras ideológicas que dividieron al mundo durante la Guerra Fría”. Aludió al riesgo que corre el continente de aumentar su “insólita colección de generaciones perdidas”. Mencionó “la deuda que tenemos contraída con la democracia, con el desarrollo, con la paz”. Hizo hincapié en no confundir el “origen democrático de un régimen con el funcionamiento político del Estado”. Denunció quienes se “valen de los mecanismos democráticos, para subvertir las bases de la democracia”. Aludió al hecho de que la región está “cansada de promesas huecas y de palabras vacías”. Parafraseando a Carlos Rangel, añadió que “ni la hegemonía de EE. UU., ni ninguna otra teoría producto de la victimización eterna de América Latina” explican las fallas del desarrollo de la región.


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