Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Cuba, Exilio, Miami

Del discurso político mezquino, en Cuba y Miami

Inmovilidad en la cúpula gobernante cubana; influencia única del sector más recalcitrante del exilio en la política norteamericana hacia la Isla

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Ante la afirmación de que el reloj cubano tiene dos manecillas, una en La Habana y la otra en Miami, cabe cuestionarse si ambas continuarán empecinadas en el mismo recorrido: el avance en reversa con una tenacidad que amarga al más optimista.

Durante muchos años parece haberse impuesto en ambas orillas un acuerdo tácito en este retroceso, como si existiera una conspiración de los extremos, que ha impuesto la marcha más conveniente a sus intereses.

El poder absoluto de volver una y otra vez a remendar un modelo caduco y seguir retrocediendo. En la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución igual empeño: mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.

Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha conservado a lo largo de la historia: ese llegar último o primero para no estar nunca a tiempo.

Afirmación a medias. No se cae, no se levanta.

En lo personal, el éxito ha acompañado a quienes no se apartan de esa vieja senda. Inmovilidad en la cúpula gobernante cubana, influencia única del sector más recalcitrante del exilio en la política norteamericana hacia la Isla.

En Estados Unidos, con Donald Trump en la Casa Blanca, ha vuelto una línea de supuesta confrontación que se destaca solo por su falta de efectividad. Y una estrategia de aislar a Cuba que no rinde frutos más allá de complicarle la vida a quienes viven en la Isla o tienen familiares en ella.

También se han intensificado las manifestaciones de una intransigencia que, pese al cambio de signo político, no hacen más que reflejar el ideal totalitario: no se trata de rebatir una idea sino de suprimirla.

Bajo el argumento del respeto a la oposición y el exilio, y a la necesidad de no “hacerle el juego” a La Habana, ciertos personajes intentan imponer un supuesto código anticastrista.

Pese a declararse opositores al régimen cubano, quienes practican esa conducta manifiestan una actitud similar a la existente en la Plaza de la Revolución: “con nosotros o contra nosotros”.

Las opiniones e informaciones contrarias a sus puntos de vida son consideradas un ataque y no un criterio divergente. Actúan igual que los que en la Isla organizan y participan en actos de repudio. No admiten la opinión opuesta, pero dicen aspirar a la democracia en Cuba.

Se debe luchar por superar el dejarse amedrentar por quienes intentan imponer sus criterios apelando al insulto y los ataques personales.

Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye, de forma sustancial, al fin del totalitarismo imperante en la Isla o al mejoramiento de las condiciones de vida en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.

Las acciones intimidatorias, las amenazas y los actos coercitivos no deben tener cabida dentro de la comunidad exiliada, sea en Miami o cualquier otro lugar del mundo. Si el régimen de La Habana utiliza estos medios, debe ser condenado por ello, en ningún caso imitado.

En cualquier debate relacionado con Cuba, los recursos empleados se repiten una y otra vez: la vejación como arma; la divulgación de mentiras, que en ocasiones se apoyan en elementos aislados de verdad, pero que en su totalidad presentan un panorama falso; el enfoque demasiado estrecho, que impide una visión de conjunto y la demonización del enemigo.

Muchas discusiones, escritos, opiniones y comentarios aparecidos en el exilio tras el fallecimiento del historiador de la ciudad de La Habana, Eusebio Leal, evidenciaron una actitud mezquina, que trascendía el juicio favorable o negativo sobre el funcionario.

Además de la represión, el régimen cubano también se ha valido de otros medios para impedir que los ciudadanos se rebelen. Ante la falta de esperanza en un futuro mejor más o menos cercano, creció en la población el recurrir a la envidia y el resentimiento como prácticas cotidianas.

Desde hace décadas —con mayor o menor entusiasmo—, dichos hábitos han sido trasladados a Miami. Y nos resulta muy difícil librarnos de ellos, acostumbrados como estamos a tener un pie en el infierno y otro en el purgatorio.


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