Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Asesinatos, Terrorismo, Violencia

Demasiado pronto

La verdad detrás del horror nunca se revela. Pero todos nosotros, caperucitas indignadas por el espanto, llevamos también al lobo feroz dentro

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Jesucristo, Fanny Brice
Wolfie Mozart, Humphrey Bogart
Genghis Khan y H. G. Wells…
Ho Chi Minh, Gunga Din
Henry Luce y Wilkes Booth
Alejandro Magno y Graham Bell…
Ramakrishna, Mama Whistler
Patricio Lumumba y Russ Colombo
Karl y Chico Marx, Albert Camus…
Caryl Chessman
Alan Freed y Buster Keaton también.
…Todos ellos tuvieron algo en común,
sudaron bajo el mismo sol,
miraron maravillados hacia la misma luna,
y sollozaron cuando todo terminaba,
porque era demasiado pronto.
Neil Diamond
Done too soon[1]

Blancos matan a negros y negros matan a blancos. Todavía no es una guerra civil como Dios manda, difícilmente lo será. El poder de fuego se concentra en uno de los bandos y en el otro las milicias no saben ni marchar. Es una reyerta que transcurre como una lamprea por el agua fangosa del rio, a la que pocos distinguen en su verdadera oscuridad.

Evaden que hay un problema estructural en esta sociedad y dicen en la tele que son enfermos mentales quienes le disparan a la policía. América no encuentra para sus pecados explicación más racional que la luz de la locura. Dos balazos a quemarropa en el pecho de un hombre ya sometido en el suelo son signos de extrema racionalidad mientras es trastorno mental lo que permite al francotirador escoger cuidadosamente su nido de águila y apuntar serenamente hasta hacer blanco.

Y los terroristas islámicos “se radicalizan”. Espontáneamente. Como si fueran setas en el bosque, emergiendo de entre el musgo cuando llega la humedad. “Nadie había notado nada –– razona un analista militar–– pero al parecer, de alguna forma, en algún momento, ‘se radicalizó’ ”. No dicen por qué un ser humano “se radicaliza”, alguna causa discernible y eficiente, no; simplemente sucede. Como la célebre combustión espontánea en los humanos.

La verdad detrás del horror nunca se revela. Pero todos nosotros, caperucitas indignadas por el espanto, llevamos también al lobo feroz dentro. Una garra por aquí, un colmillo por allá, disimulados dentro, como adentro del fanático que algún día hará su ablución antes de volarse en pedazos. Demócratas y republicanos, goloseando entre sonrisas y oraciones la puñalada trapera, la cabeza rival desangrada, si pudieran. Ah, si no existieran las milicias gubernamentales para mantener la situación. Aunque quizá algún día entre nuestras libertades nos llegue la jornada anual para matar. Con licencia, como quiso Tamargo, como vimos en The Purge. Exiliados, chavistas, antichavistas, comunistas cubanos y anticomunistas miamenses, blancos, negros, chinos, coreanos, el gordito Kim Jung-un, los de Sanders y los de Trump, las banderas mexicanas; miles de franceses, belgas e ingleses, desinhibidos, saqueando los guetos musulmanes, cónyuges asesinando felizmente a su cónyuge, y así. El rencor al fin fuera del closet, ese delicioso elixir que nos alivia de tantas frustraciones. ¿Qué podrá más en el mundo, el odio o el amor?

La canción de Diamond intenta decírnoslo. Pone a Jesucristo junto a Genghis Kan, a Ho Chi Minh y Graham Bell; Ramakrishna y Caryl Chesman; a Carlos Marx y Buster Keaton. Nos indica algo grande y sereno. Que todos ellos ––al igual que todos los humanos–– fueran asesinos o fueran profetas, nacieron y crecieron bajo el mismo sol, soñaron con la misma luna y vivieron su afán hasta quedarse perplejos cuando la muerte les dijo “basta”. Y ella le confiere dignidad a cada uno de ellos ––tan lejanos a veces como un asesino de un santo–– tras el supremo drama que significa haber nacido. Diamond los empareja con amor ante la misteriosa realidad que los convoca y no los juzga[2]. Porque quien esté libre que tire la primera piedra. Y sugiere que no vale la pena gastarse en el rencor antes marcharse demasiado pronto. Aunque el odio siga alimentando ––junto al egoísmo–– a las bayonetas en todas partes y en todos los corrales.



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