Actualizado: 25/09/2018 8:54
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Autocracia, EEUU, Democracia

Democracia, autocracia y crisis

Las democracias nunca pueden escapar a la “trampa de la confianza”, pero su capacidad de adaptación les permite superar casi cualquier crisis, pese a no aprender de los errores anteriores

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¿Están fallando cada vez más los sistemas democráticos liberales, tanto en Europa como en Estados Unidos? La pregunta es pertinente cuando se contempla la fuerza que en ocasiones adquieren movimientos que hace apenas treinta años no existían, se consideraba imposible su resurgimiento o eran tratados como residuos marginales. Incluso cada vez es más frecuente que estos movimientos lleguen al poder o adquieran una suficiente cuota de este que les permita jugar un papel clave en un gobierno de coalición. ¿A dónde vamos a parar cuando el presidente de la democracia más poderosa del mundo dirige elogios a líderes autoritarios y declara su preferencia por ellos, mientras ignora o insulta a otros mandatarios de la democracia occidental?

Por mucho que nos preocupen en la actualidad, estas cuestiones tienen una vieja historia y abundan los ejemplos de triunfos y fracasos de los ideales democráticos.

Las sociedades democráticas parecen estar sometidas a una crónica inestabilidad, dominadas por la confusión. En ellas predominan el inmediatismo y las acciones precipitadas, mientras se vive una constante alternancia entre momentos críticos y de parálisis, entre la excitación y la inercia.

Un ejemplo cotidiano en este sentido lo encontramos en la prensa y los medios de comunicación en general —en los que ahora juegan un papel fundamental y muchas veces caótico las redes sociales—, donde el principio básico de la libertad de expresión ya resulta casi imposible de desligar de una manipulación dirigida a los objetivos políticos más diversos o simplemente al afán de satisfacer el placer de desorientar, como un ejercicio cínico y de un hedonismo primario. Las tecnologías más avanzadas cumplen de esta manera, y de forma paradójica, una función —más que primaria— primitiva.

Se explica así que la esperanza surgida con la caída de la URSS y la desaparición del campo socialista —expresión ejemplar aunque no única del totalitarismo— se ha visto en buena medida desplazada por un auge de un autoritarismo de signos diversos —que incluso no desprecia la vía electoral aunque en muchas ocasiones la tergiversa— y que siempre ofrece una creencia de eficiencia y estabilidad; que incluso trasciende el ya viejo apotegma del “miedo a la libertad” para situarse en un terreno más pragmático, propio de vendedores de baratijas: ofrece el bienestar económico y la seguridad ciudadana a la vuelta de la esquina, al tiempo que deja a un lado las definiciones ideológicas precisas y las considera entelequias —más en el sentido de cosa irreal que como fin u objetivo— fácilmente sustituibles por un discurso adaptado al momento. (Pese a mantener por décadas un discurso ideologizado al extremo, puede considerarse a la figura de Fidel Castro como precursora de esta vía, siempre que se establezca la diferencia entre retórica y acción política.)

Esta aparente incapacidad de la democracia se hizo patente en la crisis económica de 2008, cuando las naciones europeas y Estados Unidos se vieron a las puertas o inmersas en una nueva “Gran Recesión”, mientras China mantenía un fuerte crecimiento económico.

Luego se vio que dichos países contaban con recursos e instituciones para salir del atolladero, pero pese a la superación —en parte o totalmente— del hundimiento financiero, comercial y en general económico, los embates en lo social, cultural y político aún se sienten.

Frente a la calamidad económica, dio la impresión entonces que la propia democracia parecía fatalmente limitada, escasa de recursos, casi impotente o al menos retardada en las respuestas.

Si, por ejemplo, Pekín[1] o Moscú se vieran obligadas en cualquier momento a imponer medidas austeras —incluso peores a las que tuvo que someterse gran parte de Europa, con excepción de Alemania que no las necesitó no solo por su potencia y desarrollo sino por sus controles más estrictos—, simplemente lo harían por decreto, sin necesidad de un imposible o difícil consenso ciudadano. (En última instancia, y en cuanto a la preservación del poder, Cuba ha demostrado la capacidad de sobrevivir de una élite represora, pese a décadas no solo de austeridad sino de la escasez flagrante.)

La repetición de la repetición

Sin embargo, lo que pasó en 2008 no fue algo nuevo. Antes, en 1918, 1933, 1947, 1962, 1974 y 1989 había ocurrido igual, con más o menos repercusiones.

En 1933, H.G. Wells predijo que la democracia pronto sería descartada como “demasiado lenta, totalmente, para los enigmas políticos y económicos urgentes, con la ruina y la muerte a la puerta”.

Si en lo económico la afirmación de las crisis periódicas del capitalismo no ha dejado de perder vigencia, una explicación más amplia es necesaria. Más cuando se conoce que capitalismo y democracia no son términos intercambiables —una falacia neoliberal— y que el totalitarismo o autoritarismo no se definen solo como consecuencia de una crisis económica. (Pese a los ejemplos notables de Alemania y Rusia, el caso cubano no fue simplemente una excepción de la regla sino una manifestación de un fenómeno más amplio.)

Para David Runciman[2], profesor de política de la Universidad de Cambridge, “ese patrón es en sí mismo parte de un fenómeno más grande. Las democracias desarrollan confianza en su elasticidad a largo plazo, basada en parte en su capacidad de adaptación (en contraste con la autocracia rígida). Esta confianza de que todo terminará bien conduce a los Estados democráticos a ser complacientes, permitiendo que los problemas se infiltren, seguros de que, cuando realmente importen, los resolverán”.

Según Runciman, dichos problemas “finalmente llegan a un punto crítico en forma de una crisis grave. Pero frente a una crisis de ese tipo, las democracias generalmente se adaptan lo suficiente para sobrevivir. La confianza vuelve, lo que finalmente se convierte en complacencia y comienza de nuevo”.

De ahí la parte principal del título de su libro publicado en 2013 —“esta es la trampa de la confianza”— y de una conclusión pesimista —“la democracia nunca puede escapar de ello”— y al mismo tiempo esperanzadora: “muchos pequeños fracasos se combinan para producir un éxito duradero”.

Pero el problema con dicha teoría —aunque Runciman aclara que su libro no es una obra de ciencia política, pese a que dicha ciencia es su especialidad— es que su creencia puede llevar a una confianza peligrosa. La fe en el futuro nos impide en ocasiones dar los pasos necesarios en el presente.

A primera vista, podría pensarse que la conclusión de Runciman es que la democracia —es decir, los líderes democráticos— no aprenden de los errores anteriores. Esta impresión, que parece confirmarse tras una mirada somera al desarrollo de la política estadounidense a partir de las últimas cuatro décadas del siglo pasado, vendría a ser la explicación de la persistencia, dentro de dicho sistema, del temor y el pesimismo. Pero ello es solo una cara del fenómeno. La otra, y más determinante, es el hecho innegable de que este ha logrado imponerse, en los últimos cien años, como la forma más avanzada, aunque imperfecta, de gobierno, y que resulta un ideal a imitar o seguir.[3]

Una y otra vez, la democracia ha demostrado ser el mejor modelo para superar las crisis, con la gran ventaja —y no es esta un resultado colateral, sino inherente a la forma de gobierno— del beneficio de la libertad individual, ciudadana y política.

“La lección clave para comprender la forma en que las democracias lidian con las crisis mejor que otros tipos de gobierno, argumenta Runciman, es que no enfrentan ‘momentos de verdad’; esta es la razón por la que son duraderas. Los esquivan, se mueven a través de ellos, dan sacudidas de un extremo al otro para evitarlos y, en última instancia, en ausencia de una gran estrategia o cualquier propensión a

aprender de sus errores, se las arreglan”, escribe Jack Corbett, de la Universidad de Griffith en Australia.[4]

Desafíos, adaptación e ira

Runciman identifica cuatro desafíos para la democracia: la guerra, el caos financiero, los peligros que amenazan la conservación del ambiente y la rivalidad internacional. Estados Unidos se ha enfrentado a todos ellos en las dos últimas décadas, desde las guerras de Irak y Afganistán, la Gran Recesión, la falta de respuesta al cambio climático y la amenaza del crecimiento de China.

Sobre el peligro que enfrenta una democracia cuando se produce una efervescencia de los sentimientos antiinmigrantes, Runciman respondió en una entrevista que le realizó el Boston Review, un foro político y literario, el 11 de noviembre de 2013:

“El aumento del sentimiento antiinmigrante refleja una sospecha generalizada hacia la política dominante por parte de muchos votantes, que han llegado a creer que ya no sirve a sus intereses. Este desencanto es peligroso, especialmente cuando conduce a la desconexión”.

Aunque sus palabras de 2013 se refieren a la situación entonces imperante en muchas naciones europeas, son perfectamente válidas para EEUU en la actualidad. El historiador añade:

“La frustración no siempre produce adaptación. A veces solo produce un resentimiento político sombrío y desagradable. Estas fuerzas no pueden ponerse en cuarentena: si pone en cuarentena la ira, a menudo empeora las cosas. La dificultad es saber cómo coaptar la ira sin dejar que envenene el sistema. En ninguna parte de Occidente se está llevando a cabo con mucho éxito en este momento”.

Peligros como los que acompañan a la explotación de este sentimiento anti inmigratorio, mientras al mismo tiempo se tergiversa y no se trabaja verdaderamente por resolverlo, son los que, por momentos, llevan a dudar de la confianza de Runciman en el sistema democrático. Confianza que, si bien se justifica en términos de fenómenos históricos de larga duración, para el ciudadano común tienen una repercusión inmediata, más allá de los ciclos o períodos considerados no a 40 o 50 años, sino hoy o en los próximos cinco años: “cuando las democracias, en su totalidad, se arriesgan y cometen errores, las personas son las que sufren”, señala Runciman.

Optimismo y expresión democrática

Para sustentar su optimismo, el historiador inglés se apoya en Alexis de Tocqueville y en el principio de considerar la democracia como una descripción de sociedades actuales, más bien que como un simple eslogan.

Cuando viajó a América, en 1831, Tocqueville quedó inmediatamente impresionado por la calidad frenética y sin sentido de la política democrática. Los ciudadanos siempre se quejaban, y sus políticos se lanzaban fanfarronadas interminablemente. El descontento quejumbroso era interrumpido con frecuencia por explosiones de pánico absoluto a medida que los resentimientos se extendían.

Sin embargo, Tocqueville notó algo más sobre la democracia estadounidense: que debajo de la superficie caótica, era bastante estable. El descontento de los ciudadanos coincidía con una fe subyacente de que la política democrática los vería al final.[5]

La política democrática, considera Runciman, implica la libertad de expresión, que debe incluir la libertad de decir que la democracia no funciona. La democracia es, como lo expresó Tocqueville, una forma de gobierno “intempestiva”. Sus fortalezas se revelan solo a largo plazo, una vez que su energía incansable produce la adaptabilidad que le permite corregir sus propios errores. En un momento dado, la democracia tiende a parecer un desastre: superficial, mezquina y vituperiosa. Las democracias son malas a la altura de la ocasión. Lo que hacen bien es cortar y cambiar de rumbo para que ninguna ocasión sea demasiado para ellas.

Más allá de sus valores intrínsecos, las descripciones de la democracia que hacen Runciman y Tocqueville son además una especie de bálsamo en los tiempos que corren. Esperemos entonces que la realidad continúe cumpliéndolas y respetándolas.


[1] Esa “capacidad”, con la que cuenta el Gobierno chino es el talón de Aquiles para Donald Trump en la guerra comercial de Estados Unidos con el país asiático.

[2] David Runciman. The Confidence Trap: A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present.

[3] Dos libros recientes de Mario Vargas Llosa tratan el tema: La llamada de la tribu y Conversación en Princeton con Rubén Gallo.

[4] “Book Review: The Confidence Trap: A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present”. Article. January 2015.

[5] David Runciman. “Democracy's Dual Dangers”, en The Chronicle of Higher Education.


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