Actualizado: 12/11/2019 10:35
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Exilio, Ley de Ajuste Cubano

Desajuste Cubano

La Ley de Ajuste tuvo sus razones y aun persisten muchas para mantenerla en pie, pero no soplan vientos propicios para mantener inflado ese globo

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Una conocida acaba de enviar sus tres hijos de vacaciones a Cuba. Me dice que sacó su matemática: un summer camp para tres por cuatro semanas en Miami no baja de trescientos dólares a la semana; al final, contando el voraz apetito que despierta el ocio infantil, dejarlos aquí le saldría en no menos de 1500 a 2000 dólares mensuales. Con un poquito menos, los ha mandado a casa de sus abuelos, quitándose de encima las angustias y las trastadas. Ahora ella puede trabajar en paz, salir de noche con su esposo y está segura de que sus hijos están divirtiéndose con lo poco y gozando lo mucho de una familia que los extraña y los quiere. Ella añade, en son de amenaza: “y cuidado no cambie los boletos y los deje otro mes más en Cuba… aquí se aburren mucho, solo juegan esas cosas electrónicas”.

Un vecino que no dejaba de quejarse de su mala salud ha hecho de nuevo sus maletas y ha ido a Cuba para, dice, chapistearse. Ya fue hace apenas un par de meses. En menos de una semana se hizo varios empastes, optometría, sonogramas y un chequeo cardiovascular completo. Números del aquejado: con lo que le costaría solo un root canal —todavía estoy averiguando por qué aquí no empastan los dientes con más frecuencia— pago el pasaje y algunos regalos para sus médicos amigos. Le han dicho que también tiene una hernia discal y debe operarse. Pero un médico cubano le dijo que no se dejara tocar por los galenos americanos: él conoce un especialista en medicina tradicional china que por unos dólares le deja la espalda como nueva.

Probablemente como estos casos hay cientos o miles en todos los rincones de Estados Unidos, y con más razón en el Sur de la Florida, donde se calcula habitan más de medio millón de cubanos y sus descendientes. Cubanos casi todos acogidos a la famosa Ley de Ajuste —The Cuban Adjustment Act”— aprobada el 2 de noviembre de 1966, la cual permitía al Fiscal General legalizar la condición migratoria de los cubanos en territorio norteamericano; antes de la Ley, los cubanos estaban en un limbo migratorio pues tenían los mismos derechos y deberes de otros emigrantes, pero con una definitoria excepción: no podían regresar a su país pues eran perseguidos, encarcelados, o sencillamente tratados como ciudadanos de inferior categoría solo a causa de sus ideas.

Es curioso porque regímenes totalitarios como el que empezaba a nacer en Cuba ya corrían en Corea del Norte, la Unión Soviética y China. Y ningún coreano, ruso o chino se ajustó a nada. Analistas serios dicen que fue una expiación de culpas por la fracasada operación de Bahía de Cochinos. Otros, que fue la única manera que tuvo el Gobierno norteamericano para evitar un nuevo éxodo masivo como el de Camarioca, en septiembre de 1965 —por supuesto, fue como botar el sofá: volvería a pasar en el 80, con el Mariel y en el 94, con la Crisis de los Balseros.

Como quiera que haya sucedido, para pasar la ley el argumento era que los cubanos se habían quedado sin Patria —la Patria, el Pater, jamás se pierde pues significa Padre, en donde se nace. A eso contribuyó, eficazmente, el Gobierno cubano. Hoy no podríamos saber si consciente o inconscientemente. Todos los que se iban eran enemigos, traidores, lumpen, apátridas. Mantener correspondencia o recibir llamadas telefónicas del Norte era marcarse con el CDR —especie de panóptico único en la Historia de la Humanidad: uno cada 100 metros por todo el país.

De niño recuerdo que la única paquetería que recibía mi abuelo de su familia eran cartas con un chicle y una cuchilla de afeitar. En fin, cada vez que alguien tomaba un avión o una balsa y se perdía rumbo al Norte —no se le daba tanta importancia al Este-España, o al Sur-Venezuela, a donde tantos cubanos se fueron— se podía tener la certeza de que esa persona no la volveríamos a ver.

La situación empezó a cambiar con los diálogos previos al Mariel, el desajuste de muchos muertos-vivientes cubanos que, convertidos de gusanos en mariposas, especie de zombis cruzados con Papa Noel, empezaron a llegar a Cuba sanitos, gorditos, llenos de prendas y aunque heridos por la nostalgia, casi ninguno arrepentido de haberse ajustado a las leyes norteamericanas. Eran ahora ciudadanos de Estados Unidos con los mismos derechos y deberes que cualquiera nacido en el medio de Kansas.

Desde entonces la Ley de Ajuste ha tenido ceñidores y debilitadores. Paradójicamente, son los cubanos quienes más daño le han hecho a las leyes que les permiten hacerse residentes, automáticamente, al año y un día, y aun optar por la ciudadanía a los cinco años y reclamar familiares. Pero como buenos latinos, a veces creemos que las reglas están hechas para romperse. Hasta hay un poco de feliz flirteo, de goce inmaduro en eso de infringir las leyes, burlarse del orden, retar a quien ha abierto los brazos para acogernos. Los ejemplos puestos al principio reciben seguro médico —Medicaid—, enseñanza gratuita para sus hijos, sellos de alimentos y hasta exenciones de impuestos. Y ese dinero sale del bolsillo de otros miles de cubanos que no van o no pueden entrar a Cuba.

El desajuste no es dejar de viajar a la Isla cuando se tiene un familiar enfermo, un hermano preso, un hijo que no lo dejan salir, una madre que ya no podría tomar un avión para venir de visita. El desajuste es cuando, habiendo vivido tantas humillaciones, tantas carencias inducidas, afrentas muchas solo por pensar diferente al régimen, se regresa y se fiestea, se gasta el dinero de quienes aquí lo contribuyen a la Seguridad Social. El desajuste es ser inclemente con el mexicano o el italiano emigrante porque no tiene papeles, y olvidarse de que en Cuba ese mismo mexicano e italiano es un ciudadano de primera, y el cubano apenas un compañero revolucionario, jineteando fulas para poder llevar algo de comer a sus hijos. Desajuste, en fin, es olvidarse de las razones por las cuales se tomó la crucial decisión de emigrar, sabiendo de antemano que en el pasaporte cubano imprimirían un sello espantoso: salida definitiva.

La Ley de Ajuste tuvo sus razones y aun persisten muchas para mantenerla en pie. Ha hecho dignos y felices a miles y miles de cubanos. Pero no soplan vientos propicios para mantener inflado ese globo. La Reforma Migratoria en discusión ahora mismo en el Congreso probablemente toque, tangencialmente, nuestro muy particular ajuste. Y por si esto fuera poco, en unos días iniciaran un nuevo ciclo de conversaciones migratorias autoridades cubanas y norteamericanas; la parte cubana sostiene todavía que la Ley es un estimulo a la emigración ilegal —argumento un tanto cínico pero real si los pies están secos.

Suele el Gobierno cubano tildar de asesina la misma ley que le permite ingresar más de 2000 millones de dólares anuales gracias, en parte, a que sus nacionales legalizan rápidamente la situación migratoria y reciben ayudas de todo tipo en Estados Unidos. Pero, como diría el poeta, la ley no es asesina, la estamos asesinando nosotros.


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