Actualizado: 15/07/2019 10:30
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Inmigración, Exilio, Haitianos

Desnacionalización y hemiplejía moral

Los cubanos emigrados siguen despojados de derechos ciudadanos en el país en que nacieron y siguen dependiendo de un permiso del gobierno para poder visitarlo

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La reciente disposición xenófoba y discriminatoria del Tribunal Constitucional que conmina a quitar la nacionalidad a miles de dominicanos de origen haitiano tuvo la virtud colateral de reunir a lo más valioso de la sociedad dominicana —intelectuales, activistas, personas comunes— en un solo frente de resistencia. Con valentía, estas personas y organizaciones han denunciado a los sectores nazionalistas de la derecha más retrógrada y han afrontado a fuerza de dignidad las amenazas filofascistas que han pedido para ellas la muerte y el ostracismo.

Todo ello es admirable. Pero confieso que cuando miro a mi otra condición nacional, de cubano, siento una gran tristeza. Pues la mayoría de esas personas —como también la mayoría del espectro democrático y de izquierda en el país— nunca ha considerado que la condenable expropiación de nacionalidades que planifica el gobierno dominicano es un juego de niños en comparación con la expropiación masiva de derechos ciudadanos que ha practicado el gobierno cubano contra sus emigrados.

En cinco décadas más de un millón de cubanos han salido del país. Sus salidas han sido traumáticas, muchas veces acompañadas de turbas agresivas, perdida de los trabajos, expropiación de sus modestas posesiones personales y separaciones familiares.

Han perdido sus derechos a residir en la Isla, a tener propiedades en ella e incluso a visitarla. A miles de cubanos les ha sido negado el derecho a visitar el lugar en que nacieron, aún en circunstancias familiares trágicas, de manera que muchos padres e hijos no han tenido otra oportunidad que imaginar sus despedidas finales en la lejanía. Los cubanos emigrados pagan los servicios consulares más caros del mundo, lo que, junto con las remesas con las que sostienen el consumo popular, son una fuente de ingreso importante de la burocracia rentista cubana.

Incluso la reciente reforma migratoria del gobierno cubano deja en pie la separación de la nación con su emigración, que es decir de la parte insular de la sociedad cubana con la otra que conforma una de las diásporas más exitosas del mundo. Los cubanos emigrados siguen despojados de derechos ciudadanos en el país en que nacieron y siguen dependiendo de un permiso del gobierno para poder visitarlo.

Ciertamente existe una diferencia entre los dominicanos expropiados y los cubanos. Los primeros, regularmente pobres, quedan encerrados en la media isla. Los cubanos, más capacitados, regularmente se ubican con ventajas en las sociedades receptoras y de alguna manera triunfan. Y particularmente en Estados Unidos tienen la posibilidad de obtener un status legal favorable debido a una ley que les favorece. Pero esta es una diferencia diría que circunstancial ante la monstruosidad que implica la desposesión de derechos y la desnaturalización legal y efectiva de los ciudadanos. Y en este sentido, el crimen cometido por ambos gobiernos es el mismo. Igualmente aberrante. Y por ende, igualmente condenable.

Las razones que modelan esta hemiplejía moral de los que condenan en un caso y apoyan —o simplemente guardan silencio— en el otro, es la complicidad.

En unos casos es complicidad desvergonzada y oportunista, de quienes quieren figurar en un espectro de la izquierda sencillamente porque figurar en él les provee réditos que —por falta de talento o por haraganería— no pudieran tener en otros lugares. Partidos munúsculos aliados al gobierno, fundaciones dependientes de fondos públicos o ripios izquierdistas que aun pululan en organismos estatales, son muestras elocuentes de este segmento insalvable de la fauna política dominicana. No hay remedio con ellos: el fango político es su hábitat natural.

En otros casos es una complicidad compasiva. Que nada busca excepto la tranquilidad espiritual y la convivencia con un dispositivo nostálgico que habla de una revolución y una resistencia antimperialista en la que en algún momento fijaron sus esperanzas. Cuando escuchan hablar de Cuba cruzan dedos, pero en realidad nunca hubieran podido resistir la idea de gastarse una vida en medio del régimen que toleran, e incluso elogian, a la distancia.

Y curiosamente tampoco hubieran estado dispuestos a tolerar en su país lo que ocurre en Cuba. Porque, y ya dejando atrás el tema de los emigrados, cuando vi en televisión el procaz mitin nazionalista del Parque Independencia no pude evitar la semejanza con las agresiones que todos los días sufren los opositores cubanos de manos de las turbas gubernamentales. Y cuyos métodos y arengas son tan filofascistas como los que oí aquel lunes, con el agregado de que la impunidad les permite ejercer la violencia física contra los contrarios. Y lo hacen.

Por todo ello es comprensible que, según el ministro de la presidencia Gustavo Montalvo durante una visita realizada a La Habana, los dirigentes cubanos “mostraron apertura hacia la posición expuesta por el Gobierno dominicano”. No podía ser de otra manera.

La confluencia de la compasión y el oportunismo ha sido la puerta que ha permitido pasear por los medios académicos y políticos dominicanos a figuras detestables que han protagonizado hechos vergonzosos de represión y coacción contra intelectuales en Cuba.

Creo que el movimiento democrático y progresista dominicano —sus personalidades y organizaciones— tienen ante si un dilema. Dejar a un lado la nostalgia y la hemiplejia moral y mirar a Cuba con los mismos principios democráticos y humanistas que les han permitido poner tan en alto la dignidad dominicana.

La sociedad cubana lo merece.


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