Actualizado: 06/04/2020 20:21
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| Opinión

Izquierda, Pablo Milanés, Miami

Después del concierto

No se sale del juego de la dictadura mientras se continúe bordeando al castrismo

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El polémico concierto de Pablo Milanés en Miami y, sobre todo, sus declaraciones, han desatado todo un huracán de reacciones que, si las observamos con atención, pueden ilustrarnos mucho sobre uno de los hechos políticos más curiosos de nuestra época; a saber, la obstinada posición de la izquierda respecto del régimen cubano. Y, en general, la obstinada posición de la izquierda respecto de todo el altar de su ideología. Algo que, a mi modo de ver, tiene mucho de infantil y bastante de enfermizo.

El artículo del conductor y director del programa La Tarde Se Mueve en Miami, publicado en Progreso-semanal.com, a propósito de la entrevista que Pablo Milanés concedió a Sarah Moreno en el diario El Nuevo Herald, y que éste publicó con el título “Milanés critica falta de libertades y discriminación en Cuba”. Este artículo contiene los síntomas fundamentales de ese infantilismo y de esa enfermedad. También la carta abierta que el músico publicó para replicarle. Porque el mal, lamentablemente, no elige a sus víctimas.

El artículo del señor que “mueve la tarde en Miami”, titulado “Pablo reniega de la cruz de su parroquia”, comienza con un lamento. Lamenta que Pablo critique a “la Revolución cubana y sus dirigentes” pero no a “…Miami, desde donde tantos actos de terror se han fraguado y dirigido contra su patria y su pueblo”. Un lamento curioso por venir de alguien que ve la película desde el palco de ese Miami donde, por cierto, se puede permitir tales lamentos. Porque se trata de algo que, en su versión opuesta, podría costarle caro si lo hiciese en La Habana. Y porque es un lamento además que delata esa enfermedad y ese infantilismo que digo. Viene a significar, como diría en su defensa un niño que es cogido en falta y amonestado: ¿Por qué solo a mí?

A continuación incurre en otro de los lugares comunes de dicha patología: atribuir a la llamada Revolución el éxito del artista. Como si antes de 1959 un músico semejante hubiese sido imposible.

Y, para no salirse del guión “ideológico” corriente, va y le recrimina su posición crítica hacia la actual gerontocracia que gobierna Cuba y los atropellos que sufren las Damas de Blanco.

Y remata con una frase que rezuma arrogancia e indignación: “Para colmo —escribe—, después de todo, tengo que escucharle su insistencia en declararse revolucionario de izquierdas”.

Reconozco que esto de “revolucionario de izquierdas” me llamó curiosamente la atención. Hasta ahora creía que para este tipo de señores de izquierdas el término “revolucionario” no requería adjetivos; se lo habían apropiado sin más. Este señor, supongo que traicionado por el subconsciente, desmonta esa apropiación y reconoce un significado más rico, no necesariamente vinculado a las “izquierdas” que todavía dominan el espectro de las reivindicaciones sociales. Todo un progreso.

Pablo Milanés, por su parte, viene a ilustrar el mismo problema, solo que desde una óptica más cercana a, por así decirlo, la curación. Representa a quienes se resisten a quedarse sin sus referentes históricos pero que, pese a todo, vacilan apabullados por las evidencias. Su carta abierta, sin duda muy valiente, da todas las claves de la etapa final de la “enfermedad”. Si continuamos con la metáfora clínica podríamos decir que, felizmente, Pablo Milanés ya convalece.

La repulsa a los maltratos que sufren las Damas de Blanco; la reprobación a la prensa oficial cubana que no publica sus declaraciones críticas; el llamado a que se tome el camino del rescate de las libertades individuales; el mensaje “a la intelectualidad cubana, a los artistas, a los músicos y a los altos cargos del Estado”, para que no le susurren más al oído: “Estoy de acuerdo contigo pero… ¡imagínate!”; la calificación de triste y vergonzoso de ese “silencio cómplice”; y el llamado al señor que defiende el castrismo desde Miami a que regrese a Cuba y no se calle “como esos miles periodistas de allá, cómplices lamentables del silencio”… Todo eso son señales inequívocas de una evolución que debemos aplaudir.

Pero lamentablemente la enfermedad de ese infantilismo izquierdista rebrota, aunque sea en un par de líneas que, no por contradictorias, dejan de interesar. Dice que todo esto “no implica que esté en desacuerdo con Fidel y tampoco implica que esté de acuerdo con las Damas de Blanco”. ¿Y entonces? ¿Es que se puede estar en desacuerdo con lo que hace el régimen cuya alma es Fidel Castro, y no estar en desacuerdo con Fidel Castro? ¿Ese simple detalle no nos lleva a la crítica que el régimen alienta, consistente en señalar el mal pero ocultar o falsear la causa?

No obstante, si se compara con el artículo del señor que le ataca y, en general, con lo que suelen decir esas “izquierdas” infantilizadas y enfermizas, entonces en la carta de Pablo Milanés se puede apreciar un avance interesante. Si bien el problema que persiste es medular.

Mientras a la hora de señalar las causas del desastre cubano se continúe bordeando el castrismo, intentando sacarlo del barro que él mismo produce, no se puede decir que se haya salido del juego de la dictadura. Al contrario, crea un estado de ambigüedad que puede servirle de alimento.

¿Por qué? La respuesta podría extenderse demasiado y ésa no es mi intención. Antes de ese por qué prefiero destacar otra deriva que se desgaja de dicha polémica y que tiene que ver con el significado de “revolucionario” y de “izquierdas”. Pablo Milanés dijo: “…no tengo ningún compromiso a muerte con los dirigentes cubanos, a los que he admirado y respetado, pero no son Dioses, ni yo soy fanático, y cuando siento que puedo hacer un reproche y decir no, lo digo, sin miedo y sin reservas”. Claro que el problema cubano requiere de algo más que simples “reproches”; requiere de un enfrentamiento indudable, de una desautorización sin ambages, de una lucha abierta para cambiar las reglas del juego, el juego mismo y, de ser posible, los jugadores. Pero hay que reconocer el salto que supone bajar a los dirigentes cubanos del altar y, mirándolos a la cara, decirles no.

¿Y si Pablo nos está avisando sin proponérselo de una redefinición de esos conceptos (el de “revolucionario” y el de “izquierdas)? ¿Si nos está diciendo que el nuevo revolucionario o individuo de izquierdas debe comenzar por despojarse de los prejuicios, de los mitos, que lo vinculan con las atrocidades del llamado “socialismo real”, de Fidel Castro y de cualquier otra variante que intente avivar la llama de esas catástrofes? ¿O sea, que está surgiendo un nuevo “revolucionario de izquierdas”, curado de ese infantilismo enfermizo que consiste en no tocar de ningún modo los fetiches Fidel Castro, Cuba socialista o, incluso, ese llamado socialismo del siglo XXI que en realidad sigue siendo del XX?

Si es así, el artista estaría diciéndonos que el nuevo “revolucionario de izquierdas” podría ser, sencillamente, alguien dispuesto a luchar por mejorar las libertades de las sociedades democráticas. Por mejorar la democracia. Y hacerlo sin apoyarse en peligrosas utopías y extremismos que solo han servido de máscaras a no pocos dictadores para perpetrar sus crímenes.

Pero no basta con bajar del altar a esos ídolos, también hay que desprenderse —por reutilizar la imagen— de la cruz y de la parroquia.


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