Actualizado: 24/06/2019 9:50
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Exilio, Inmigración, Diáspora

Diáspora, exilio y frontera

La nación no como fuente nutritiva, sino como campana bajo la cual respirar

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La diáspora cubana es un concepto que define, por hiperbólico, el carácter de un pueblo condenado a buscar una grandeza que desborde la Isla.

Es en La Habana que se empieza a hablar de diáspora, a finales de los años ochenta. Con la literatura adquiere el pasaporte a la fama: los escritores de la diáspora. Pero ya desde antes se había iniciado una búsqueda de neutralidad.

Hablar de la comunidad cubana en el exterior, al referirse a quienes viven en el sur de la Florida y no mantienen una supuesta beligerancia anticastrista.

La diáspora abarca toda la geografía. Hubo que inventarla para no mencionar al exilio y para no hablar de Miami, o al menos para restarle importancia.

A partir de entonces surge una terca batalla de ciegos y sordos. Muchos exiliados se niegan a verse incluidos bajo tal sombrilla. En Cuba la palabra forma parte del oficialismo, con una ignorancia contundente.

La diáspora nos es ajena, porque muchos no fuimos expulsados. Buscamos el destierro como una bendición y no como un castigo. Aunque también la diáspora nos pertenece, ya que en la partida hubo mucho de culpa y persiste el desarraigo.

Fue en Cuba donde se apropiaron de una palabra hebrea. Es en el exilio donde nace la identificación con el pueblo judío. Cuando La Habana comenzó a hablar de diáspora, tuvo el propósito de ignorar a Miami. Por eso aquí se rechaza el término, sin por ello dejar de insistir en la actitud de proclamar a esta ciudad como el sitio temporal de la nueva Jerusalén, la Tierra Prometida, el comienzo que algún día se trasladará a la Isla. Los inmigrantes errantes tienen en algún momento que volver la mirada hacia el centro vital, que es el punto de partida.

Diáspora y Aleph se complementan, comparten el mismo fundamento. Nada más irónico que la repetición de que el Aleph de la cultura cubana se encuentra en la Isla. La afirmación como un afán por establecer un lugar ideal, donde radica la totalidad de las posibilidades creadoras, las que confluyen sin confundirse y son vistas desde todos los ángulos. El sitio en que converge y se almacena íntegra la diversidad artística. El universo que contiene todos los bordes y fronteras y cuyo centro no es un punto sino una circunferencia infinita. Esa letra —que más que un alfabeto es una enciclopedia— está en una nación que siempre ha escapado a las definiciones. Una nebulosa en vez de una esfera; un país pequeño, y limitado por aguas profundas, en busca de la otra costa. Una imagen que aspira a ser un concepto y no termina de definirse. Apenas una idea.

El Aleph como un recurso de urgencia que encierra el universo en un sótano. Asombra ese reduccionismo, como una justificación de un proceso revolucionario que desde su nacimiento pretendió ir más allá de sus fronteras. Primero geográficamente. No bastaba hablar de la isla de Cuba, ya que lo correcto era referirse al Archipiélago Cubano. Luego en su vertiente guerrillera, con la conversión de La Habana en un foco de irradiación de la violencia. Después imperialista, con unas fuerzas armadas al servicio de guerras extraterritoriales. Globalizadora, por último, con la exportación de médicos, maestros y técnicos a diversas naciones.

Esta extensión del país tiene su contrapartida en una vieja idea colonialista: todo esfuerzo literario, gráfico y musical fuera de la metrópolis no es más que un apéndice —a veces válido, siempre secundario— condenado a girar de acuerdo al poder dominante. Este estrechamiento con el ropaje de un plan abarcador ha tratado de sortear el egocentrismo bajo el disfraz de la asimilación cultural: reconocer la existencia de una literatura del exilio, una plástica internacional y una música que trasciende las fronteras, pero que no dejan de ser limitadas en sus logros y dependientes de la raíz. La nación no como fuente nutritiva, sino como campana bajo la cual respirar. El concepto estereotipado de la patria como madre, agrandado al endiosamiento del Estado —padre para los residentes en la Isla, padrastro para quienes viven en el exterior— todopoderoso, vigilante y ceñudo.

El Miami cubano como el sustituto de la patria, la estación de tránsito, el baúl de los recuerdos y la avanzada del futuro.

El 1 de enero de 1959 nos sorprendió con apenas conocer el desarraigo. La Isla siempre fue un imán para la inmigración, desde antes de su descubrimiento por los europeos. Cuba es ahora una dinamo sin tregua de generaciones de inmigrantes. Circunstancias del momento. Razones políticas.

La diáspora no existe, es sólo un paréntesis. Llevamos siglos por el mundo, destacándonos en los empeños más diversos. Arte con pasaporte de avanzada. Cultura errante, llamativa y gritona.

Siempre ha existido la diáspora cubana. El exilio es una palabra dura para quienes viven fuera de la Isla. La diáspora es una palabra blanda para quienes residen dentro. Hablar del exilio encierra peligros en Cuba, hablar de diáspora no.

Sin embargo, la diáspora es un concepto subversivo: implica expulsión, tiranía, ocupación extranjera, despotismo cultural y religioso y la esperanza del regreso. El exilio es simplemente oposición política.

Los exilios son tristes. La diáspora es esperanza. El exilio es una idea fija. La diáspora, siempre movimiento. La patria o la falta de patria crean la diáspora. Esta implica el renacimiento de lo perdido.

El exilio es fácil de combatir, porque representa al enemigo en retirada. La diáspora se expande y no se logra abarcar nunca.

El exilio anticastrista desaparecerá algún día. La diáspora es eterna. Ave fénix, el cubano errante, viaje de ida y vuelta, el adiós que guarda la memoria.


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