Actualizado: 17/12/2018 10:04
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López Miera, Cuba, Díaz-Canel

Díaz-Canel, pero con…

Aunque el actual vicepresidente primero aparece a diario en la prensa, no por ello hay que subestimar a figuras que lo superan en mérito para la élite político-militar, en especial al general Álvaro López Miera

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La gran incógnita para el próximo año en Cuba es quien sucederá a Raúl Castro como presidente del país. Al día de hoy, transitar por el tema encierra dos trampas evidentes: limitarse a repetir una que otra perogrullada o caer en la especulación. Ambas son casi imposibles de evitar, pero lo demás en el silencio.

Ante todo, hay que comenzar por lo evidente. Castro deja la administración cotidiana de los asuntos cubanos. Insistir en que ello no ocurrirá es pura fantasía exiliar. Nada lo obliga a ello —salvo la edad, el supuesto cansancio o sus conocidas características personales— y el anuncio repetido de su partida, hecho por él mismo, no ha sido por gusto. Limitarse a decir que es un simple cambio cosmético podrá alimentar emocionalmente a algunos en el exilio, pero la realidad de la partida de Castro se impone cada día que pasa. Por supuesto que eso no significa el abandono del cargo partidista y la salida absoluta del poder, pero insistir sobre que ello no ocurrirá, en lo que respecta a la presidencia, es llover sobre mojado, solo que sin aguacero. Tampoco se debe desechar por completo el factor cosmético, pero hay que situarlo en su justo valor.

Lo segundo a destacar es que no nombrará a su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín, como su sucesor en el cargo presidencial. La única “razón” para insistir en ello es el apasionamiento, también exiliar, de ver a Cuba como una Corea del Norte del Caribe. Cuba no lo es. Aunque tampoco será la China del trópico. Los cubanos, como siempre, y casi 60 años así lo indican, lo hacen a su manera.

Si se desestiman los motivos emocionales para afirmarse en tal creencia —que no es tal, sino pura irracionalidad— queda por contemplar la ausencia hasta el momento de los pasos necesarios hacia tal objetivo sucesorio, en la forma de gobernar pautada que ha caracterizado a Raúl Castro desde el momento en que —finalmente— pudo ocupar el lugar de su hermano. No ha sido precisamente por falta de ocasiones propicias; y en cada una de ellas se ha reafirmado la carencia de indicadores: el coronel Castro Espín no ha sido ascendido a general ni ha llegado al Buró Político del Partido Comunista de Cuba. Sin tales nombramientos, solo una situación excepcional “justificaría” su llegada a la presidencia.

La cúpula político-militar

La realidad cubana, a los fines del mantenimiento de la élite gobernante en el poder, hay que buscarla entonces por otros derroteros, que nada tienen que ver con una sucesión dinástica.

La clave entonces —y de acuerdo al punto de vista de quienes controlan la Plaza de la Revolución, no de quienes se oponen a dicho control— vendría dada tanto en la preservación del legado de Fidel Castro como en la renuencia de otros fundadores del proceso aún vigente en Cuba —no importa ahora señalar distorsiones o fracasos, sino simplemente decir que aún están en la cúpula del Gobierno— a entregar el mando a una figura ajena al movimiento fundacional.

En este sentido, si bien el Gobierno de Raúl Castro ha podido limitar las definiciones ideológicas al mantenimiento del statu quo, no ha sido capaz de dar el paso de ir más allá de la “legitimidad de origen” (el triunfo durante la insurrección del Movimiento 26 de Julio), para que su mandato comenzara a ser analizado de acuerdo con una “legitimidad de ejercicio”, la cual tendría que ser definida por alcanzar una relativa prosperidad, ya sea mediante la inversión extranjera adecuada y una cierta liberalización empresarial, o gracias al buen manejo de la enorme e ineficiente maquinaria económica.

Que el Gobierno se reafirma en su legitimidad de origen se ejemplifica incluso en la vieja y tediosa costumbre de poner nombre a los años. Para 2018: “Año 60 de la Revolución”. Como si hiciera falta recordárselo a cada momento a los cubanos. Y eso es lo que harán.

A pocos meses de la anunciada salida de la presidencia de Castro, no hay que esperar sorpresas o bonanzas, ni un aprovechamiento milagroso del poco tiempo que falta para entregar el país en una mejor situación económica, como festinadamente ha dicho algún que otro analista. Para decirlo más claro y con referencia a un proyecto foráneo en que se han botados miles y miles de dólares en el exterior, desde seminarios hasta tesis más o menos académicas, con gastos de hotel, comidas y postres incluidos: la supuesta transición en Cuba está aún a años luz de lo ocurrido en España tras la muerte de Francisco Franco.

Así que todo se resume en encontrar la vía donde los ancianos exguerrilleros —cada vez más incapacitados por sus años para el ejercicio de gobierno— puedan ceder, con absoluta confianza, el mando a los más jóvenes; y ello, por supuesto, tomando en consideración lo relativo de la edad a la hora de hablar del poder en una isla donde todo envejece, pero poco o nada se considera caduco; o al menos es lo que se aparenta.

El camino se reduce entonces en preservar lo viejo entre los menos viejos, no en avanzar hacia lo nuevo.

Generales de “mochila”

Esa elite gobernante, que se resume en los militares —algunos de los cuales ganaron grados tras el 1ro. de enero, pero que participaron todos en el proceso insurreccional— es lo que cuenta en esa especie de “cuadre de caja” que está llevando a cabo Raúl Castro.

Y aquí es donde comienzan los problemas para Miguel Díaz-Canel, el vicepresidente primero que se especula sería el sucesor.

A favor de Díaz-Canel en las quinielas se encuentra la promoción de su figura, de forma cotidiana, en la prensa oficial cubana. Pero todavía resulta muy difícil de aceptar que tenga el beneplácito de todos —y lo que es fundamental, de los más importantes— entre los llamados generales “con mochila”: aquellos que participaron en la lucha en las montañas.

Hay además dos factores decisivos en la elección del próximo gobernante. La situación internacional —que se resume en dos nombres, Trump, Maduro, y una situación política latinoamericana de desventaja— y el deterioro financiero externo, la falta de liquidez del Gobierno para pagar deudas contraídas, que se ha traducido incluso en una escasez reconocida de medicamentos.

Así que una figura que puede ser vista como “débil” por algunos, aunque personalmente haya intentado públicamente definirse como lo contrario, no es lo más apropiado para un “año difícil”, ¿cuándo no lo ha sido para Cuba?

Cabe entonces una solución clásica de Raúl Castro: la elección de ese presidente no sugerido ni anunciado, pero sí promocionado, pero junto a él alguien que realmente tome las decisiones, alguien que no mueva los hilos —para eso estará Raúl, garantizado— sino al muñeco.

Quizá al final Raúl Castro se decida —y cuente con el apoyo para ello— por un Díaz-Canel como figura presidencial de carácter protocolar, pero es muy posible que el nombramiento sea acompañado por otro: de alquilen que en realidad ejerza el mando real en la presidencia, siguiendo las pautas del actual mandatario sin que este tenga que repetirlas a diario: un seguidor no solo de fidelidad absoluta y demostrada, sino con un historial de muchos, muchos años, en esa función.

Como sería este acuerdo es difícil de imaginar en estos momentos, pero quienes llevan décadas mandando en el país se han caracterizado por su sagacidad al respecto. O también es posible que el futuro presidente sea otro que Díaz-Canel. Porque nada indica —salvo esa presencia en la prensa— que la salida de Castro no lleve aparejada una renovación del gabinete (aunque algunos cargos, como el del canciller, parecen seguros; si no es ascendido a un puesto más elevado).

Dentro de esos posibles “candidatos”, vale la pena apostar fuerte por el general de cuerpo de ejército Álvaro López Miera, miembro del Buró Político, viceministro primero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y jefe del Estado Mayor General.

López Miera

El nombre de López Miera sonó con fuerza con anterioridad, como posible sucesor de Raúl Castro al frente de las FAR. Se pensó en él de nuevo tras el fallecimiento de Julio Casas Regueiro.

El ministro a cargo de las fuerzas armadas —la posición más importante del gabinete cubano tras la presidencia— es en la actualidad Leopoldo Cintra Frías, pero se comenta que dicho nombramiento obedeció a razones de escalafón y a su preferencia por Fidel Castro (que lo había elogiado públicamente), al hecho de era el viceministro primero —a diferencia de su hermano, Raúl cree en los escalafones—. Pero se comenta que el poder militar está en gran medida en manos de López Miera, quien es relativamente joven a los estándares cubanos: tiene 74 años y al parecer un perfecto estado de salud.

De esta forma, López Miera continuaría ejerciendo esa función para la que parece ha estado destinado desde que se subió a la Sierra Maestra. Solo que ahora a nivel nacional.

El general de tres estrellas tiene la absoluta confianza de Raúl Castro —está a su lado desde los 14 o 15 años—, algo fundamental para alguien que, de ser escogido presidente, y según la Constitución del país, asumirá ese cargo de “comandante en jefe” que en Cuba tras la muerte de Fidel Castro no se menciona, pero existe, al igual que existe en Estados Unidos y le corresponde al presidente. Este detalle básico podría estar obrando en contra de Díaz-Canel: los militares no se van a poner bajo el mando de un civil, y pese a grados más o menos sacados a reducir cuando es necesario, Díaz-Canel es un civil: para ellos, y más allá de escuelas militares, que hasta Raúl cursó en su momento por circunstancias precisas (léase URSS), los militares que cuentan son los “de mochila”. Y mucho menos un gobierno que, si a algo se asemeja es a una junta militar, va a colocar al frente a uno de afuera. Y esto va más allá de Trump o de Obama o de la Madre Teresa si resucitara y la llamaran a la Casa Blanca. Es decir, todavía tienen que pasar algunos años, no muchos, pero no en 2018.

López Miera no solo forma parte de la élite político-militar, algo que no puede decirse de Díaz-Canel, sino que a su favor podría esgrimirse los deseos del fallecido exgobernante.

En una “Reflexión” del 28 de febrero de 2008, Fidel Castro escribió: “Fue igualmente decisión mía solicitar a la Comisión de Candidatura que en la lista de candidatos al Consejo de Estado se incluyera a Leopoldo Cintra Frías y Álvaro López Miera, los cuales se habían unido a los combatientes del Ejército Rebelde cuando apenas tenían 15 años”.

Cintra Frías no tiene posibilidades para la presidencia. No puede decirse lo mismo de López Miera.

Alguien como él contaría además con el apoyo de Ramiro Valdés y otros similares, que no es posible imaginar estén dispuestos al riesgo que implica una figura que hasta cierto punto les resulta ajena, y posiblemente no de entera confianza.

El próximo año, Raúl Castro podría argumentar que la propuesta de López Miera para la presidencia, vicepresidencia primera o algo similar, no es más que una confirmación de la voluntad de su hermano.

Una foto

Un argumento final, y tiene que ver con la imagen. Algo que en Cuba se cuida al extremo, tanto que es uno de los pocos indicadores más o menos confiable para especular —afirmar que saber es demasiado osado— sobre el rumbo de los acontecimientos.

Uno de los datos curiosos durante el funeral de Fidel Castro fue la foto de familia, donde junto a la viuda aparecieron los hijos del matrimonio. La ausencia de Raúl en dicha imagen es fácil de explicar. Fue él quien le rindió el último homenaje al fallecido líder antes de la salida del cortejo al recorrido por toda la Isla. También, y en igual sentido, la de los hijos de éste.

La imagen es una mezcla singular de la familia y el poder. Lo que cuenta ahora, por supuesto, es el poder.

De las figuras del Partido y del Gobierno, y miembros de los “históricos”, solo están en la foto José Ramón Machado Ventura, Guillermo García Frías, Valdés Menéndez, Bruno Rodríguez Parrilla y al fondo López Miera.

Díaz-Canel no aparece por parte alguna en la foto.


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