Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Fidel Castro, Cuba, Exilio

Disolución

Lo cierto es que la noticia más interesante que puede generar el Fidel Castro contemporáneo es si aún sigue vivo

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Mi amigo habla.

A la vez mira hacia un costado; a la ventana, al vidrio salpicado con la llovizna que cae desde la madrugada. Quizá mira más allá, a la acera por donde corre un anciano en pantalones cortos y camiseta en calistenia sabatina. Pero no ve nada. Estoy seguro.

En realidad piensa en voz alta, que atrae las miradas de los parroquianos de una mesa cercana; observan, curiosos, a mi amigo; quizá se les antoja enojado; manosean los teléfonos, listos para inmortalizar en la red social de su preferencia el momento, que suponen inevitable, cuando mi interlocutor me pegue en la cara con el plato del desayuno a medio consumir y que ya se ha enfriado en medio de tanta buena charla; es que esos señores, los de la otra mesa, no conocen el tono cubano de la pasión con la que se discuten pelota, política y otras certidumbres que solo nosotros tenemos.

“Pero seguro has escuchado aquello que decían muchos, ‘Es que Fidel no sabe que estas cosas están sucediendo...’”, le clavo una banderilla a mi amigo, para verlo corcovear. Me mira, como preguntándose de qué hablo, los ojos dilatados por algo que parece asombro, atrincherados tras los lentes, la boca perpleja, entreabierta...

***

“Huele a talco, a colonia Bebito”, contaba el hombre, la emoción a rienda suelta.

Vestido de miliciano, la boina insertada bajo la hombrera de la camisa azulada, vociferaba su historia por enésima vez al coro de nosotros que, convocados, esperábamos que él, y un anciano ataviado de manera similar, nos hablaran, de nuevo, de cómo estuvieron en Girón; mítin relámpago —aquelarre de dogma—, mítin político, pausa política que no refresca, doctrina que aturde.

Había abrazado a Fidel, el hombre, y el olor le había gustado. A “Bola'e churre”, que le llamaba mi padrino —a Fidel—porque lo recordaba sudoroso, desaseado, barba y cabello hirsutos en 1959, mosca en la leche, labriego rampante en La Habana limpia, impureza entre damas de peinados impecables que se paseaban en vestidos floreados, del brazo de caballeros en guayaberas, trajes y bigotillos recortados. “Compañeros ni compañeros”, añadía gustoso mi padrino: “Compañeros son los bueyes”, terminaba con su risilla de guajiro chota.

No se le puede negar a Fidel Castro que de alguna manera siempre llamó la atención. Hediondo lider, oloroso personaje, orador incansable o, como ahora, en adocenada ropa deportiva, leyendo textos afortunadamente breves, recreando la incoherencia. Aun así, todavía despierta curiosidad, morbosa: ruina para turistas de izquierda.

Además, siempre tuvo sentido para el drama. En el congreso del Partido Comunista de Cuba, con malevolencia de anciano amargado, anunció que esa —tal vez— es, fue, su última aparición, en esa sala, advierte, y que a todos nos llegará nuestro turno, añade. Ustedes, dice lapidario, que también se van a morir, escuchen entonces, lo que les digo: el escrutinio de discursos, entrevistas, textos, las miles de palabras, las horas de arenga, el país demolido, esa es mi pirámide.

Porque los tipos como Fidel se mandan a construir tumbas piramidales.

***

En Cuba —señal inequívoca de que alguien ha muerto— estudian el pensamiento.

Así le dicen. Tienen instituciones dedicadas a examinar las ideas de Ernesto Guevara, Martí, Vilma Espín, Hugo Chávez y hasta de algún que otro intelectual; Cuba, tan ocupada en estudiar pensamientos e irrelevancias, mientras la realidad se le pudre entre los dedos.

La de Fidel va a ser monumental. Un instituto dedicado a hojear, citar e reinterpretar lo que ha dicho ese hombre durante setenta años, más o menos. Así de aburrido. Será la Pirámide de pirámides, y ya están echando los cimientos: van a imprimir veinticinco libros con toda esa disentería verbal.

“Y nada de eso vale la pena...”.

“Exacto”.

***

Da igual.

Lo cierto es que la noticia más interesante que puede generar el Fidel Castro contemporáneo es si aún sigue vivo; la comidilla, pues es apostar a cuánto le queda de vida, a quién más se va a morir primero que él. Hasta una mañana en que se lea de su muerte, en el Granma, única fuente confiable para esa noticia, y se terminará de olvidarlo en el minuto siguiente.

Yo quiero comenzar a olvidarlo ya. Yo no quiero seguir esperando la nota del órgano oficial. Yo no quiero volver a escribir sobre Fidel Castro.

***

Cuba también me asfixia. Me saca de quicio, me hace sentir como el cornudo que retorna, una y otra vez, a su mala mujer. Mala Cuba, que es puta, sucia, negligente, y por eso tampoco —tal vez— vuelva a escribir sobre ella —siempre me digo lo mismo, al terminar de teclear algo que se muere en el instante que le coloco el último punto final—; pero, también siempre, cabizbajo, regreso a su lado.

“Porque a falta de algo nuevo para decir —vamos: el tema Cuba está agotado— lo que resta es decirlo de otra manera”.

“Exacto”, dice mi amigo...

***

...la boca perpleja, entreabierta.

“Yo sé”, me responde. ”Lo dijeron; muchos lo dijeron. Y ni siquiera se detuvieron a pensar que, si Fidel no sabía lo que le estaba pasando a los cubanos, al país, entonces es peor gobernante de lo que demostró ser”, concluye mi amigo sin apostillar con un “lo que queda demostrado”, pues no hay lógica que sobreviva a la política cubana. Y vuelve a mirar a la ventana.

Llovizna otra vez.

***

Fidel. Condenable como es, condenado al olvido, ya hoy se puede permitir uno un lujo de sacerdote: Ego te absolvo, Fidel.

Al cabo, la Historia te disolverá.

“Exacto”. Y salimos la calle mojada.


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