Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Doble moneda, reformas y congreso

Una de las paradojas del modelo cubano es que la falta de eficiencia productiva actúa muchas veces como carta de triunfo político

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Desde hace décadas en Cuba persiste una situación esquizofrénica: el Estado te vende pero no te paga lo suficiente para comprar. Lo curioso es que, con esta actitud parásita al extremo, el Gobierno logre mantener un control absoluto y sustente una retórica nacionalista.

En su discurso de inauguración del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, el gobernante Raúl Castro señaló que la dualidad monetaria y cambiaria es un asunto en el que no se ha dejado de trabajar y cuya solución “no quedará para las calendas griegas”, pero no ofreció más detalles. Con relación a los salarios, reconoció que “los salarios y pensiones siguen siendo insuficientes para satisfacer las necesidades básicas de la familia cubana”, pero no anunció ninguna aumento al respecto.

No hay esperanza alguna de que la discrepancia entre precios y salarios vaya a disminuir, sino todo lo contrario. Limitarse a ver el asunto como el resultado de la existencia de una dualidad monetaria es interpretar una consecuencia del problema como la esencia del mismo. La dualidad monetaria en Cuba es una “contrariedad” que se admite, pero cuya solución se alarga.

Este enfoque no solo parece estar cada vez más alejado de cualquier posibilidad de éxito, sino que en la práctica no cumple la función de plan de largo alcance, destinado a lograr un objetivo, aunque sí un fin más inmediato: dilatar el asunto y trasladarlo a una especie de limbo que intenta ocultar la falta de capacidad o de disposición para hallar una solución.

Una estrategia destinada al fracaso económico que es en realidad una táctica política, la cual hasta ahora ha logrado su meta: considerar transitorio un callejón sin salida.

Se repite así la paradoja del modelo cubano, donde la falta de eficiencia productiva actúa muchas veces como carta de triunfo político.

La brecha entre salarios y precios constituye una situación anómala con consecuencias que van desde el aumento de la corrupción y el robo hasta la amenaza potencial de disturbios y caos.

Lo peor en este caso es que el principal empleador del país —el Gobierno—, no enfrenta el problema con decisión y premura. Se limita a mirar hacia el exterior para los ingresos imprescindible para su subsistencia —remesas, turismo, servicios médicos y de profesionales en el exterior y exportaciones muy específicas, como la industria farmacéutica y algunos minerales— mientras se desentiende de la subsistencia de sus ciudadanos.

Hay una diferencia cada vez mayor entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba de permanencia, estabilidad y desarrollo: la visión que a los ojos del mundo intenta ofrecer el Gobierno cubano. De su ensanchamiento o disminución depende el fracaso o el triunfo de Raúl Castro.

Es un error confundir ese fracaso o triunfo con la caída de ese gobierno. No es la búsqueda de mayor democracia lo que está en juego en La Habana, sino el intento de encaminar al país en una estructura económica más eficiente dentro del autarquismo político. El mando en Cuba se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen supermercados, viviendas y empleos, y el miedo a que todo esto sea imposible de alcanzar sin una sacudida que ponga en peligro o disminuya notablemente el alcance de los centros de poder tradicionales.

Hasta el momento las respuestas en favor de transformaciones han sido descorazonadoras. El peligro del caos rodeando la indecisión entre la permanencia y el cambio.

Cuba ha logrado con éxito vender su estabilidad, por encima de cualquier esperanza de mayor libertad para sus ciudadanos.

Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar al Gobierno cubano que, en casi todas las naciones que han enfrentado una situación similar, lo que ha resultado determinante a la hora de definir el destino de un supuesto modelo socialista es la capacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de supermercados y tiendas.

De esta manera, hay dos opciones que no necesariamente toman en consideración el ideal democrático.

Una es el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y que en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de la voluntad individual. Otra es el desarrollo de una sociedad que avanza en lo económico y en la satisfacción de las necesidades materiales de la población —sobre la base de una discriminación económica y social creciente—, pero que a la vez conserva el monopolio político.

Esta última disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, no es ajena a la realidad cubana.

Se asiste entonces al desarrollo cada vez mayor de una deformidad económica, en que el “carácter socialista” viene determinado por el monopolio en el comercio de ventas al por mayor —y en buena medida también minoristas—, mientras se desentiende del incremento, o incluso el mantenimiento, de la creación de empleos bien remunerados.

El avance económico y las posibilidades de empleo sustituidas en buena medida por la promesa del avance del timbiriche.


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