Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Doble trampa

Más turismo y comercio entre Cuba y EE UU no llevarán la democracia a la Isla, pero servirán para minar las bases de la confrontación.

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Un incremento del turismo en Cuba, especialmente si se autorizan las visitas de ciudadanos norteamericanos, no tendría el efecto de debilitar el modelo tradicional, fundamentado en la propiedad estatal, sino más bien de vigorizarlo. Pero, al mismo tiempo, también fortalecería el sector de inversiones mixtas, donde el capital extranjero necesita para desempeñarse de un complejo sistema de autorizaciones que lo atan de pies y manos.

En la práctica, el turismo estadounidense se convertiría en una doble trampa, que sin producir los supuestos beneficios a favor de la democracia (que algunos de los que buscan una nueva legislación en el Capitolio quieren atribuirle), tampoco resultaría fácil controlar sus consecuencias económicas y sociales, como pretende La Habana.

En la práctica —y más en la medida en que la situación se estabilice y se haga cotidiana—, los norteamericanos se acogerían a los beneficios de los paquetes ofrecidos por las agencias de viajes, al igual que hacen en cualquier lugar del mundo, y disfrutarían su estancia sin apenas tener contacto con la población. Nada hay de singular en esto. Es iluso pensar que Cuba sería una excepción al respecto, así como pedirle a cualquier turista que se convierta en un "embajador de la democracia".

Un paso más en este terreno: el sólo hecho de levantar el embargo no servirá de instrumento para llevar la democracia a Cuba. Afirmar lo contrario sería tener una fe ciega en las bendiciones del libre comercio y caer en la falacia de creer que la Coca Cola es algo más que la pausa que refresca. Curioso el hecho de que muchos que cuestionan las teorías neoliberales caigan en esa trampa, mientras que los abanderados del comercio prefieren hacer todo lo posible para cerrarle las puertas al gobierno de los hermanos Castro, y mantenerlo encerrado en la relación simbiótica con la Venezuela de Hugo Chávez.

Para estos últimos, el cubano del cuento —que quería bombardear la Isla con paquetes de chicle— era más consecuente, mientras que a los primeros basta recordarles que es una payasada asociar los McDonald's con la democracia.

Realidad y extremos

Como suele ocurrir, la realidad se encuentra a medio camino entre ambos extremos. Además de afectar principalmente a la población, el aislamiento económico trae como resultado el cerrar filas y atrincherarse ante una supuesta amenaza, que a veces es real y otras imaginadas, con fines políticos. A esto hay que agregar que, en lo que respecta a Cuba, el embargo ha resultado inútil en lograr un avance hacia la democracia.

De esta forma, un incremento en el turismo y las relaciones comerciales entre la Isla y Estados Unidos no son una senda hacia el cambio, pero sí constituye una plataforma más adecuada para explorar otras alternativas en la búsqueda de este objetivo. Más que de un nuevo camino, dirigido a conseguir la democratización del país, se debe hablar de hacer lo posible para lograr todo tipo de intercambios.

Los turistas y empresarios norteamericanos no van a llevar la democracia a Cuba. Sin embargo, el fin de las condiciones que han permitido a La Habana desarrollar un sentimiento de aislamiento, servirá para minar las bases en que se sustenta una confrontación, que a lo largo de los años ha resultado una farsa y de la cual el principal beneficiario ha sido el régimen cubano.

Si más turistas y un posible incremento del comercio actuarán, en buena medida, en favor de la táctica económica adoptada por Raúl Castro —buscar una mayor eficacia del sector estatal y una concentración de las empresas mixtas, al tiempo que limita y controla más al reducido sector de producción en manos privadas—, no por ello resuelve, sino más bien enfatiza, el hecho de que Cuba no ha salido del "Período Especial".

Sin retroceso posible

La esperanza de una ampliación nacional del llamado Perfeccionamiento Empresarial tendría un mayor fundamento a partir del auge del sector turístico. Esto explica que Raúl Castro primero nombrara ministro de Economía y Planificación a Marino Alberto Murillo, y luego viceministro al coronel Armando Emilio Pérez, uno de los creadores de este sistema de gestión.

Murillo, quien también fue coronel de las FAR, tuvo a su cargo el Ministerio de Comercio Interior desde febrero de 2006, cuando ya era una prioridad la lucha contra la corrupción administrativa y las indisciplinas financieras en las empresas estatales.

En ambos nombramientos, más que señalar que los dos funcionarios proceden de las fuerzas armadas —algo poco novedoso, en un país que desde hace 50 años está gobernado por quienes llegaron al poder por la fuerza—, vale la pena apuntar la experiencia en un proyecto que busca una mayor eficiencia, mediante el control estricto de los costos y un amplio margen de autonomía en las entidades, pero que mantiene los medios productivos en manos del Estado.

Aunque La Habana intentará aprovechar el posible alivio financiero que representará un auge del turismo y la posibilidad de obtener facilidades de crédito para realizar compras a EE UU, los retos que enfrenta no son pocos. Esto la obliga al objetivo básico de desarrollar una esfera de servicios efectivos, que resultará imprescindible tener cuando se agote un auge inicial de visitantes curiosos por conocer lo hasta entonces prohibido, y a moverse en una economía mucho más expuesta a los vaivenes de la oferta y de la demanda.

Lo más importante a tener en cuenta, frente a esa situación que parece avecindarse, es que ésta cierra las puertas a cualquier retroceso hacia la situación imperante antes del derrumbamiento de la Unión Soviética y el campo socialista.

'Totalitarismo productivo'

Más allá de los aspectos relacionados con los derechos humanos, la liberación de los presos políticos y la posible "influencia ideológica" que implica cualquier acercamiento con Washington, el aumento del turismo y el posible auge del comercio entre los dos países conllevará el desarrollo de un conjunto de entidades comerciales, regidas bajo los principios de un capitalismo de Estado, donde al parecer ex militares-empresarios tendrán que caminar por la cuerda floja entre la fidelidad política y la eficiencia económica.

Esto también significará el incremento de la tensión por el deseo de una autonomía aún mayor y un aumento de las ganancias particulares de quienes laboran en cada empresa.

De forma paradójica para los que concentran en sus manos el poder en Cuba, con un fortalecido sector estatal y mixto, en especial en aquellas empresas dedicadas al turismo, hay que esperar que aumenten las posibilidades de corrupción y tráfico de influencias. Aunque el gobierno de Raúl Castro está enfrentando esta situación, el cambio cuantitativo que implica un considerable aumento en el volumen de este comercio, hace pensar que no será un problema fácil de resolver.

Más que el presidente norteamericano Barack Obama, el Congreso de EE UU parece dispuesto a brindarle la oportunidad a Raúl Castro de que lleve a la práctica lo que quizá es el sueño de toda su vida: la creación de un socialismo eficiente. Para ello, no es necesario un levantamiento total del embargo. Basta con la aprobación de una ley que permita a los norteamericanos viajar a la Isla.

En este sentido, Raúl Castro se encuentra ante el dilema de abrir las puertas hacia un socialismo reformado en lo económico —con el reto interno que ello implica—, o mantener el inmovilismo que trae aparejado el peligro de una explosión social impredecible.

Es la disyuntiva de continuar con el sistema de despilfarro implantado por Fidel Castro, quien encontró siempre un aliado generoso, desde los mandatarios soviéticos a Chávez, o inclinarse en favor de un "totalitarismo productivo". Un concepto de gobierno más acorde a los tiempos actuales —nos guste o no—, y libre del riesgo de la dependencia excesiva al factor externo, que representa apoyarse en una capital lejana como fue Moscú o cercana como es ahora Caracas.

Y, en última instancia, cualquier decisión en este sentido no va ser suya, sino de su hermano.


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