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Populismo, Placebo, Cerebro

Efecto placebo y populismo

El populista, actuando como un placebo, elimina estentóreamente y de un plumazo el temor a no acertar que siempre subyace en lo más recóndito de nuestro cerebro

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Las capacidades de alivio, mejoría o atenuación de ciertos síntomas que padecen los seres humanos enfermos, capacidades que presentan algunos objetos, prácticas, palabras, rituales y “medicamentos” demostradamente ineficaces cuando se estudian a la luz de la ciencia, constituyen un misterio que médicos, filósofos y pensadores analizan, rascándose la cabeza, desde hace siglos.

A esas supuestas propiedades de aliviar, mejorar o atenuar, sin explicación científica, en las personas síntomas y malestares se les denomina “efecto placebo”. Lo contrario es el “efecto nocebo”. Es bueno repetir que el efecto placebo —y el nocebo— pueden ser producidos, no solo por medicamentos o drogas, sino también por objetos, prácticas rituales, palabras, melodías e incluso por personas con ciertos atributos carismáticos.

Pongamos un par de ejemplos para comprender mejor estos efectos:

Tener a mano, si es en el bolsillo o en la cartera mejor, el nebulizador con el medicamento para el asma, disminuye la frecuencia de los ataques de falta de aire en muchos pacientes asmáticos. El medicamento no se está administrando, y por tanto no ocurre ningún efecto farmacológico sobre los bronquios, pero su cercanía previene, hasta cierto punto, las crisis. Ese es un típico efecto placebo. La indefensión y ansiedad que sufrimos —casi todos— ante el olvido en la casa o pérdida del teléfono celular es una forma típica de efecto nocebo. Obsérvese que no es el teléfono el que produce los síntomas —la crisis de ansiedad en este caso— sino la falta de dicho adminículo, o sea, estamos ante un típico efecto nocebo por abstinencia.

El término placebo viene del latín complacere y aparece citado en diferentes versículos de la Biblia. Placebo se refería también a las plañideras contratadas para los funerales de la alta y baja Edad Media. Pero el primero que utilizó el término placebo en su acepción médica actual, moderna, fue el galeno, matemático y filósofo sirio Qusta ibn Luqa, en el siglo IX.

Resulta interesante que Qusta se apoya en algunas obras de Platón para defender la existencia de este efecto y más interesante aún que lo indica explícitamente —mediante conjuros, frotaciones y colgantes— para el tratamiento de la impotencia masculina. El razonamiento filosófico de Qusta acerca de este fenómeno es el siguiente: “Si los humores cambian también cambia el alma, por tanto, si hacemos cambiar el alma, de alguna manera cambiarán los humores”.

El efecto placebo ha sido estudiado modernamente por infinidad de escuelas médicas e investigadores de primer nivel. Sigmund Freud le dedicó importantes trabajos, pero ninguno concluyente. Hoy, con nuevas tecnologías de exploración neurológica (resonancias magnéticas funcionales, tomografías por emisión de positrones, etc.) se han observado activaciones evidentes en ciertas áreas del cerebro —amígdalas cerebrales, corteza prefrontal y/o orbitofrontal y corteza singular anterior— como respuesta a actitudes y eventos que se corresponden con el efecto placebo. También se ha invocado una cierta predisposición genética como facilitadora de la aparición del efecto placebo (y nocebo) pero los resultados obtenidos de esos estudios no son, hasta ahora, definitivos.

Las acciones médicas que pueden desencadenar en algunos pacientes el efecto placebo, o el nocebo, son casi infinitas. La sola presencia del facultativo que establece una buena relación con su paciente puede ya, por sí sola, mejorar los síntomas del enfermo, por el contrario, la presencia de otro médico que no establece una buena relación con su paciente puede empeorarlos o incluso disminuir o anular los efectos potencialmente beneficiosos de un buen tratamiento. Por eso no deben minimizarse, cuando de placebos se trata, factores tales como la empatía, el miedo, la incertidumbre, la confianza, la esperanza, la inquietud, la fe y otros sentimientos del mismo corte.

La utilización consciente del efecto placebo por parte de los profesionales de la medicina es un tema de continua discusión ética. Siempre se ha dicho que para que el efecto placebo ocurra, el paciente debe creer o por lo menos tener fe en que un medicamento, un proceder o una investigación aportarán beneficios a su salud. Hay que reconocer que si el médico emplea conscientemente el mecanismo —diciéndole al enfermo que, por ejemplo: “Esta vitamina o este mineral lo va a mejorar o curar” está, de hecho, engañando al paciente, aunque el resultado sea más o menos favorable.

Y algo más. Existen ciertos indicios, y esto contradice de cierto modo el párrafo anterior, de que puede presentarse el efecto placebo en personas que saben que el supuesto medicamento que se les administra es inactivo. De confirmarse esto, estaríamos ante el fenómeno de un simple ritual consciente como efecto placebo y/o el poder de la fe por encima de la lógica, un efecto que tiene mucho que ver con las creencias religiosas y con los fanatismos políticos e ideológicos. Para decirlo de manera científica, el ritual consciente y la fe en ese ritual hace que se liberen, a nivel del sistema nervioso central, sustancias activas como endorfinas, opioides endógenos y ciertos neurotransmisores de efectos benéficos comprobados.

Los placebos apuntan, y esta es la clave del concepto, a la mente consciente del paciente —un recién nacido, un demente o una persona en coma no se benefician para nada del efecto placebo—, por eso un placebo no puede reducir el tamaño o la letalidad de un tumor, pero si puede hacer que el doliente sienta menos fatiga, náuseas o dolor. No puede tampoco cambiar el curso de una hipertensión arterial, para eso hacen falta medicamentos específicos, pero sí puede mejorar la ansiedad, el estrés y otros factores que empeoran la susodicha hipertensión arterial, por lo menos por un tiempo.

Y obsérvese que siempre mencionamos la variable tiempo, pues las respuestas neurológicas, por muy manifiestas que sean, tienden siempre al agotamiento. Un placebo, por ejemplo, puede liberar una gran cantidad de endorfinas a la circulación sanguínea, haciendo que el dolor producido por un tumor canceroso desaparezca o disminuya, pero esas endorfinas terminan por agotarse, mientras que el tumor continúa su crecimiento y su marcha hacia la destrucción del organismo del enfermo.

¿Y el populismo?

Pues el efecto placebo no se manifiesta solo en la medicina. La creencia ciega en un político, y si es un político de corte populista más, que ofrece lo que sabemos no puede cumplir, es también una forma del efecto placebo, o sea, para hablar con propiedad, una forma social/cultural del efecto placebo.

Veamos el asunto con algo más de detenimiento.

Se ha definido el cerebro humano como una maquina predictiva orientada a disminuir en lo posible la incertidumbre que le rodea desde el momento mismo del nacimiento —quizás incluso desde un tiempo antes— hasta la muerte, entendiéndose por muerte la pérdida completa e irreversible de la actividad cerebral.

¿Qué quiere decir esto?

Entre las funciones del cerebro, una de las más importantes es prever, predecir, situaciones que pueden incomodar o dañar al organismo como un todo, o sea, eventos que producen incertidumbre. Hablamos de una gama inmensa de predicciones que van desde llorar por hambre en la etapa de neonato, con el fin de asegurar el alimento que la madre le ofrece, hasta preocuparnos por encontrar trabajo o por asegurarnos un retiro decoroso, pasando por los desajustes de la adolescencia, los amores, contrariados o no, la educación de los hijos, los variables intereses culturales, los ascensos laborales, las relaciones sociales, la competitividad, incluso la deportiva, y muchas, muchas otras.

Resumiendo: el cerebro trabaja incansablemente —incluso durante el sueño— para predecir (y por tanto poner en práctica) conductas que disminuyan o eviten la incertidumbre, una de las sensaciones más frustrantes para un ser humano cualquiera. El cerebro normal va a tratar de acertar con la predicción correcta que le permita disminuir en lo posible la incertidumbre que lo atenaza.

Es obvio que estos procesos, que señalamos aquí de una manera harto esquemática, van a depender de diversos factores condicionantes: experiencias previas, nivel de información, nivel de inteligencia(s), cultura, tradiciones, educación, capacidades y disponibilidades tecnológicas, medios de vida, relaciones sociales, facilidades de comunicación, salud mental, salud física, calidades del entorno y muchos otros.

Muy bien, pero, ¿qué tiene que ver el populismo —el populista— con todo eso?

El populista, actuando como un placebo, elimina estentóreamente y de un plumazo el temor a no acertar que siempre subyace en lo más recóndito de nuestro cerebro (en el cerebro de muchos que pasan a comportarse como una red social o sociopolítica) y por tanto la incertidumbre derivada de ello.

Todos los populistas que en el mundo han sido, y han sido muchos, convencieron a sus pueblos, a sus (a veces gigantescas) masas de que ÉL, y solo ÉL, asumía la dura, la agobiante tarea de predecir el futuro, un futuro que en sus manos sería invariablemente grande, luminoso, placentero, eliminando así, de paso la a veces desesperante incertidumbre que lo incierto del futuro real desencadena.

El populista asume la incertidumbre del grupo humano que le sigue y ese grupo humano le concede, a cambio, su total e incondicional apoyo. Así de sencillo funciona el mecanismo, pero al igual que en los procesos médicos, el placebo —en este caso el populista— no cura. Alivia, momentáneamente, los síntomas, pero no cura. Al liberar, por un tiempo, al grupo humano que le sigue, de la incertidumbre, crea adicción, una adicción que se manifiesta por la ausencia total de crítica. No olvidemos que el alcohol, u otras drogas, disminuye las penas —disminuye la incertidumbre— pero no elimina las penas, y claro, crea adicción.

Como decía el compositor mexicano José Alfredo Jiménez: “Bebo para ahogar las penas en alcohol, pero las muy cabronas aprenden a nadar”.

Y como todo efecto placebo, el populismo es también una forma de manipulación, pero una manipulación neurológicamente bienvenida, por lo menos por un tiempo. Igual que el efecto placebo tiene una base neurológica demostrable, el populismo también la tiene, y son idénticas.

Se requiere un enorme esfuerzo social, cultural y sobre todo de voluntad y sentido común para comprender que un populista, aunque utilice en su proyecto manipulatorio verdades evidentes —y no tanto— con las que nos bombardea, en el fondo no es más que un manipulador a la búsqueda de su gloria personal. Pero aun comprendiéndolo se necesita un enorme gasto de energía para rechazar al populista, y eso ocurre por la razón, explicable neurológicamente, de que tenemos que recurrir a la lógica y a la paciencia, y estas dos virtudes no se llevan bien con la necesidad de predicción rápida del entorno —en este caso el entorno político-social— y el alivio o eliminación, rápida también, de la incertidumbre.

La lógica y la paciencia son destrezas adquiridas por la corteza gris del cerebro, la más elevada, pero la incertidumbre es una respuesta del paleocerebro, o sea, del sistema más primitivo, y, por tanto, del que se impone con más fuerza.

La evolución ha dotado a nuestro cerebro de maravillosos sistemas de equilibrio y control, pero aún no hemos llegado a la fase evolutiva en que nuestro cerebro descarte de una vez el efecto placebo, y con él, el populismo.

Pero llegará… algún día.

Como coda. Un consuelo (¿de tontos?). El populista debe actuar velozmente y lograr el poder cuánto antes, pues el desgaste propio del tiempo y de la confrontación de ideas —el tiempo que dura la borrachera— termina por minar sus bases, haciendo que la razón se imponga, y que la incertidumbre existencial, fuente de su poder, disminuya por falta de resultados, o… permitiendo que aparezca en el horizonte otro populista dispuesto a repetir el ciclo.


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