Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Egipto, Cuba, Cambios

Egipto y Cuba: las diferencias

Quienes pretender extrapolar mecánicamente la situación egipcia de estos días a la Cuba de hoy, harían bien en pensar con más calma algunas realidades

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Leemos que el pueblo egipcio, como antes el tunecino y tal vez pronto el yemenita, está luchando masivamente en las calles por la democracia y contra la corrupción, en una especie de “contagio” democrático, y sorprende la ingenuidad de tales afirmaciones.

Porque en seis mil años de civilización egipcia no ha habido no ya un día, sino ni siquiera un minuto con democracia o sin corrupción, para que de pronto esas sean las banderas que saquen a un millón de egipcios a la calle para pedir la renuncia de Hosni Mubarak, como antes sacaron a cientos de miles de tunecinos para derribar al dictador Ben Alí.

Tampoco en territorios cartagineses ni en las tierras de la Reina de Saba la democracia estuvo presente en su historia, ni la corrupción faltó a lo largo de los siglos, elemento consustancial a todos los gobiernos: alternativas democráticas como valores universales, y la lucha contra la corrupción como componente esencial del Estado de Derecho, son conceptos modernos de la civilización occidental en los últimos dos siglos, que han pugnado por imponerse con resultados muy diferentes.

Cuesta entender a un egipcio analfabeto dispuesto a jugarse la vida frente al ejército y los tanques, por el derecho a la libertad de asociación o contra la corrupción, cuando el hambre le atenaza a él y a su familia, y las posibilidades de encontrar un trabajo decoroso son cada vez más escasas.

Es de pensar que saldría a las calles más rápidamente, como ha sido, a exigir el derecho elemental a trabajar para alimentar a su familia, lo que cada vez puede hacer menos, que a reclamar el más abstracto derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica. Exige que el “rais” egipcio se vaya ahora no por fundamento político, sino por convicción de que tal vez con un nuevo iluminado su destino pueda mejorar.

Si una parte importante de los egipcios más pobres y con menos cultura tuvieran en estos momentos mejores oportunidades de trabajo, salubridad y alimentación decorosa, aun con una represión “benigna”, no verían demasiada diferencia entre Gamal Abdel Nasser, Anwar el Sadat, Hosni Mubarak, Ramsés II o Tut-Ank-Amon.

No porque los egipcios sean menos seres humanos que suecos o australianos, sino porque el nivel de los reclamos populares depende de las condiciones en cada lugar y momento, y los requerimientos más elementales de supervivencia primarán siempre sobre otros que, también justos, solo pasan a primer plano si los más elementales han sido satisfechos.

Lo dijeron Marx a su manera y Maslow a la suya; más importante, lo dice la vida cada día, en cualquier latitud. Quien lo dude, trate de explicar a un hotentote sudafricano o a un nivaclé paraguayo los conceptos de igualdad ante la ley o de derecho al descanso.

Si las cosas en Egipto han llegado hasta aquí, y quién sabe a dónde llegarán, ha dependido no solamente de todo lo anterior, sino del hecho incontestable de que las fuerzas armadas no han estado dispuestas a participar en la represión de la población, a pesar de que el señor Mubarak y los nuevos vicepresidente y primer ministro designados son generales veteranos, algo así como “históricos” del régimen egipcio.

Hambre y desempleo contribuyen mucho más a un levantamiento popular tercermundista que la Internet, Twitter, Facebook, y las redes sociales: son útiles para la comunicación horizontal entre ciudadanos y los llamados a la movilización, pero sin condiciones materiales concretas que golpean a la población, y promesas de cambiarlas, unido a una posición claramente anti-represiva de las fuerzas armadas, no se llega a ningún lado, por mucho escándalo que forme la prensa mundial.

No hacen falta ni líderes establecidos para una revuelta, si se dan las condiciones arriba mencionadas. Mohamed el-Baradei, de la OIEA, más conocido en el extranjero que en Egipto, alcanza mayor papel protagónico cada día como alternativa. Se pide que encabece un proceso de transición junto al secretario de la Liga Árabe, Amr Musa, el premio Nobel de Química 1999, Ahmed Zewail, residente en EEUU, y el general Sami Enam, Jefe del Estado Mayor.

Y otro factor no menos importante: ni tunecinos ni egipcios han tenido la oportunidad del éxodo masivo al extranjero, ni tampoco familiares a relativamente poca distancia que les puedan y quieran recibir, visitarlos, o enviarles remesas. No debe olvidarse.

Ni tampoco los intereses geopolíticos. Los líderes israelíes prefieren a Mubarak, un líder conocido que ha estado en paz con Israel más de tres décadas, que algo por conocer. Y la Unión Europea y Estados Unidos, a pesar de todo, no piensan igual que el periódico español El País y la izquierda romántica o carnicera.

Quienes pretender extrapolar mecánicamente la realidad egipcia de estos días a la Cuba de hoy, imaginando victoriosas revueltas populares de inmediato, harían bien en pensar con más calma algunas realidades.

Aunque las condiciones materiales de los cubanos son cada vez más difíciles, y 2011 ha comenzado con muchos augurios de tormentas, en la Isla no existen condiciones de ningún tipo para la comunicación horizontal entre los ciudadanos y una sociedad civil que prácticamente no existe. Y no por casualidad, sino porque siempre ha sido estrategia del régimen que las cosas funcionen de esta manera.

Por otra parte, nadie puede garantizar que las fuerzas armadas cubanas puedan pretender mantenerse neutrales durante una escalada represiva en que el primer golpe corresponde ejecutarlo al ministerio del Interior y las fuerzas de seguridad. Tampoco, sin embargo, se debería considerar que de seguro se sumarían masivamente a la represión. Incertidumbre más que suficiente para no colocar todos los huevos en la misma canasta.

Finalmente, la posibilidad del éxodo limitará a los cubanos, al menos por ahora. No de un éxodo masivo cuya materialización es irrealista en las condiciones actuales, sino de uno individual y selectivo, vía “bombo”, balsa, matrimonio, contrato, visa, “ley de abuelos”, deserción o cualquier otra variante. Y aunque no se produjera, la sola posibilidad de que pudiera producirse es factor disuasivo a la perspectiva de chocar de frente con los tanques T-72 o T-55 en las calles.

Una sublevación popular en Cuba no es necesariamente algo imposible, pero dejémonos de ilusiones, ya que se trata de simple realpolitik: los pueblos solo salen a la calle para enfrentar dictaduras cuando llegan a temerle más a la vida que a la muerte, como sucede ahora con tunecinos y egipcios, o sucedió con los rumanos en 1989, los venezolanos en 1958 o los polacos en el gueto de Varsovia.

Antes de jugar irresponsablemente con llamados a sublevaciones populares que pueden costar demasiado, hay que preguntarse si a pesar de más de medio siglo de totalitarismo, dificultades, limitaciones y desmanes del régimen totalitario, ya los cubanos le temen más a la vida que a la muerte.

Mientras no sea así, todo lo demás es paisaje.


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